Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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El sueño de la razón22 de marzo de 2012

Goya lo escribió al pie de su dibujo: “El sueño de la razón produce monstruos”. Y aclaró la idea en un manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional: “La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles”. Los cien últimos años de arte y attrezzo urbano le han dado plenamente la razón, pero la época actual se retrata mejor en esta variante de la frase: “La ideología abandonada de la razón produce monstruos imposibles”.

goyaMientras la razón duerme su profundo sueño, la ideología no deja de producir monstruosidades. Esto fue lo que me vino a la cabeza cuando, navegando sin rumbo, vine a parar a la web del programa “Documentos TV” y, para mi sorpresa, me encontré, entre la selección de hitos históricos del veterano programa, el reportaje “O mía o de nadie”, emitido en 1999. Un reportaje ideológico donde los hombres son seres sustancialmente malos y las mujeres víctimas indefensas de esa maldad. Hasta ahí, lo habitual. Pero el reportaje arranca con un dato escalofriante, que recita una voz fuera de plano y, por si alguien no lo ha oído bien, se transcribe simultáneamente en la línea de subtítulos. Ese dato escalofriante, del que la prensa coetánea se hizo amplio eco sin asomo de duda ni rubor, es el siguiente: : “Más de 60 millones de mujeres y niñas murieron en el mundo durante 1997 a causa de la violencia del hombre”.

Tremendo. Sobre todo si nos paramos a considerar que, en 1997, murieron en el mundo unos 54 millones de personas en total (56 millones en 2010), y de ellas ¡60 millones eran mujeres y niñas maltatadas por el hombre! En su día, el reportaje recibió parabienes y galardones, y hoy se expone como joya en vitrina. De nada sirvieron las cartas remitidas a la prensa y al propio programa advirtiendo del descomunal error. La razón colectiva dormía profundamente y, por lo que se ve, sigue sin despertar.

Por poner otro ejemplo, recordemos que las máximas autoridades europeas y, en su estela, las nacionales y municipales, con todo el cortejo mediático haciendo eco, repetían incansables por entonces: “la violencia doméstica causa más defunciones y casos de invalidez entre las mujeres de 15 a 44 años que el cáncer, el paludismo, los accidentes de tráfico y la guerra juntos.” Cualquier debutante en el periodismo puede comprobar con apenas algunos clics que, sólo el cáncer, causa 40 veces más muertes de mujeres que la violencia doméstica en ese tramo de edad. Salvo si su razón está sumida en la gran modorra ideológica.

Podríamos multiplicar los ejemplos. Carlos Marx, padre fundador de una ideología de ramificaciones infinitas que han llegado a todos los resquicios de nuestro entramado social, incluido el de género, no tenía razón, o no la tenía toda, al afirmar que “la religión es el opio del pueblo”. El axioma se ha quedado anticuado: ¡la ideología es el opio del pueblo!


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Albañiles y enfermeras26 de febrero de 2012

Aún no se han apagado los ecos del Día de la Igualdad Salarial (22 de febrero) y ya se escuchan los rumores del Día de la Mujer Trabajadora (8 de marzo). En el fondo son la misma cosa: ganas de igualar con la política lo que hizo desigual la naturaleza.

Para entender esta cuestión, lo mejor es empezar por el principio. Y el principio es la Prehistoria. Aunque canse repetirlo, los hombres y las mujeres no hemos sido diseñados por ningún patriarcado malévolo, sino por varios cientos de miles de años de evolución. En ese proceso milenario, el criterio aplicado por la naturaleza no fue la opresión de un sexo por el otro, por más que rabien las feministas, sino la supervivencia de la especie.

Para lograr esa superviviencia, la naturaleza encomendó funciones específicas a hombres y mujeres. La mujer fue, sobre todo, madre y cuidadora. El hombre, protector y proveedor. Siempre a cara de perro. Luchando a muerte contra grupos y especies rivales en la competencia por unos recursos escasos. La mujer fue el sexo valioso que aseguraba la lenta y biológicamente costosa reproducción de la especie. El hombre fue el sexo barato y desechable que podía correr más riesgos. Las funciones de la mujer se acomodaban mejor con la prudencia; las del hombre, con la temeridad.

Esa pauta se reprodujo durante cientos de miles de años y, sin duda, ha dejado un poso genético. Es una diferencia que no puede borrarse de la noche a la mañana, por muy tercas que se pongan las feministas. Por ejemplo, los hombres siguen teniendo más apego al riesgo que las mujeres; y las mujeres siguen más interesadas en dispensar cuidados que los hombres. Tal vez por eso, el mundo de los andamios es básicamente masculino y la enfermería ha sido un ámbito tradicionalmente femenino.

En términos ecológicos, esas diferencias son una reserva de biodiversidad que, más que combatir, habría que preservar. La progresía no siempre es coherente.

Aunque la especie Homo sapiens haya cambiado el caballo por el AVE y las señales de humo por el smartphone, hombres y mujeres seguimos teniendo capacidades e intereses diferentes, y la uniformidad absoluta es una utopía. No una bella utopía, sino una utopía estúpida y empobrecedora.

Si, en el conjunto de la sociedad, hay más hombres que mujeres en la punta de la pirámide empresarial, posiblemente se deba a que los hombres han arriesgado más. En el otro extremo, también es mayor el número de varones socialmente excluidos. Y si las mujeres son mayoría en la carrera judicial o en las profesiones sanitarias, pero no en las ingenierías, quizá la verdadera razón haya que buscarla en un diseño genético ancestral, no en un techo de cristal imaginario.

Así que, menos política y más libertad. Menos cuotas y más igualdad de oportunidades. Menos victimismo y más igualdad ante la ley. Y que cada palo aguante su vela.


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