Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

>>>Rayas en el agua
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Justicias injustificables18 de febrero de 2012

La lógica de los tribunales casi nunca coincide con la lógica de la calle. Tomemos, como primer ejemplo, el reciente caso de Miguel Montes Neiro (del que ya se habló en este blog hace exactamente un año): una serie de delitos menores han pesado mucho más en la balanza de la justicia (36 años) que el más atroz, alevoso y premeditado de los asesinatos (nunca más de 30 años, que bien pueden quedarse en la mitad). El propio Montes Neiro lo explica con total claridad: “La cárcel está llena de pobres”, ha dicho. “El que tiene dinero [para pagar abogados] sale pronto”. No lo ponemos en duda. Lo peor es que el caso de Montes no es único. Según cálculos de su abogado, hay otros 376 presos que llevan al menos 34 años en prisión sin delitos de sangre.

Otro ejemplo nos lo ofrece el juicio contra Francisco Camps (en cuya valoración no entro aquí), que nos ha vuelto a recordar que en España existe esa gran incoherencia profesional llamada “jurado popular”, donde los legos y los inexpertos, quiéranlo o no, deben ejercer uno de los oficios más calificados de nuestra sociedad (el de juez) al que normalmente sólo se accede tras superar pruebas y oposiciones de extrema dificultad. Por mucho que nos guste su apariencia democrática y participativa, la justicia esporádica y emocional del jurado está fuera de lugar en un ámbito donde deben prevalecer la racionalidad y la competencia técnica.

Por último, el caso de Robert Brian Waterhouse -ejecutado ayer en Florida tras haber pasado 31 años en el corredor de la muerte y, como si ese lapso de tiempo no bastara para poner fin a todas las incertidumbres procesales, haber tenido que esperar durante una angustiosa prórroga vital de dos horas la desestimación definitiva de los últimos recursos- nos ha arrastrado una vez más hacia ese vértigo terminal de falsas esperanzas, cábalas, desmentidos y, finalmente, un gran vacío irreparable e inútil.

En toda esa parafernalia de última hora hay algo que no encaja: el indulto in extremis. Por supuesto, es mejor que nada. Pero me resulta muy difícil entender que la vida de una persona, de la que el Estado se ha declarado acreedor legal después de treinta años de investigaciones, procesos y garantías judiciales, dependa en última instancia del pulgar del gobernador, que seguramente apuntará hacia arriba o hacia abajo en función de consideraciones políticas.Cuando todo ha sido medido y pesado una y cien veces, cuando la inexorable maquinaria del Estado ha determinado que no hay más desenlace posible que la muerte, de repente, ¡oh, magia!, sólo era un juego, el gobernador está de buen humor. O, peor aún, de mal humor.

Ya digo, es mejor que nada. Pero no es serio.


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Y Juana cogió su fusil16 de febrero de 2012

Al diseñar los mecanismos de supervivencia de la especie humana, la naturaleza hizo al macho más fuerte físicamente y más agresivo frente a los demás machos, y desarrolló los pertinentes inhibidores de esa agresividad frente a las hembras, los ancianos y los niños. Ese excedente de violencia masculina, volcado en la protección de los miembros más débiles del grupo, resultó indispensable para la superviviencia de la especie, primero, y de tribus, culturas y sociedades, después.

La naturaleza no podía saber que, varios cientos de miles de años más tarde, en el penúltimo recodo de la historia, las feministas aguardaban atrincheradas tras sus pancartas y su profunda ignorancia para recriminar al patriarcado -que es como ellas llaman a la naturaleza- el acierto de diseñar la especie más inteligente; y para reprochar a la historia -a la que también llaman patriarcado- su prodigioso avance hasta el actual modelo de sociedad del bienestar.

Pero ese momento del gran ajuste de cuentas llegó por fin, y el feminismo ha convencido a la humanidad de que el hombre es la mitad mala de la especie, un verdadero depósito de violencia y agresividad, y de que la mujer es la víctima indefensa de esa violencia.

Curiosamente, el feminismo no puede tolerar que la mujer camine un paso por detrás del hombre en ningún terreno, incluido el más específicamente masculino: la guerra. Así que, por un lado, nos describe a la mujer como un ser desvalido, incapaz de ofrecer resistencia a las agresiones masculinas. Y por otro, como un formidable combatiente de primera línea, perfectamente capaz de luchar en combate a muerte contra otros hombres en los campos de batalla. Hasta ahora, las feministas no han tenido problema para aceptar simultáneamente ambos postulados antagónicos. Las autoridades, tampoco.

Como una cosa y la contraria no pueden ser ciertas a la vez, feministas y autoridades deberían decantarse por una ellas, al menos por decoro deductivo.

Si optan por la teoría de la criatura indefensa, no tiene sentido seguir despilfarrando recursos en el mantenimiento de un personal militar femenino cuyas funciones serían desempeñadas más eficazmente por varones.

Si se decantan por la teoría de la igual capacidad en combate, que empiecen por revisar sus prejuicios sobre la violencia de género y actuar en consecuencia. Una vez resuelta esa incoherencia lógica, sólo tendrán que arreglar un problema menor: el atractivo sexual, que, según los informes oficiales, es el principal problema de los ejércitos mixtos. Efectivamente, meter a chicos y chicas en un submarino durante meses y pretender que las feromonas se estén quietas no es tarea fácil.

Pero la solución es elemental y se ofrece por sí sola. No habiendo ninguna duda sobre la similar capacidad militar de hombres y mujeres, nada impide que se creen unidades exclusivamente femeninas y se las mande al frente de batalla. Naturalmente, hablo de unidades autónomas, donde no haya contacto con chicos. Por ejemplo, brigadas de combate íntegramente femeninas.

Mientras eso no ocurra, siempre nos quedará la duda de si la presencia de mujeres en el ejército obedece a una necesidad militar o a una moda política.


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El mismo río con distinta agua9 de febrero de 2012

La ministra Ana Mato, a quien algunos empiezan a llamar “la nueva Aído”, ha anunciado medidas especiales para combatir el paro femenino (inferior al masculino), ha prometido eliminar una imaginaria “brecha salarial” entre hombres y mujeres (cuya existencia ha sido desmentida hasta por los sindicatos) y, por supuesto, ha demostrado que su nivel de ignorancia sobre el fenómeno de la violencia de pareja no desmerece del de sus antecesoras.

Todo esto lo ha expuesto ante la Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados, que, como su nombre indica, está integrada por 36 mujeres y 5 hombres.


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Palos de ciego8 de enero de 2012

Empieza 2012… Como viene siendo habitual en estas fechas, la prensa hace el recuento de mujeres que han muerto a lo largo del año anterior a manos de sus parejas, víctimas de violencia "machista" o de "género", que son los dos vocablos de curso legal utilizados para distinguir a esas víctimas de las demás, es decir, del número nunca mencionado ni recordado de hombres y mujeres asesinados a lo largo del año en otras situaciones.

Ni siquiera es fácil averiguar cuántos homicidios se producen cada año en nuestro país. Unos 500, calculo, utilizando antiguos datos del Anuario Estadístico del Ministerio del Interior e informes de la Unión Europea. En tres de cada cuatro casos, las víctimas son varones, aunque ese detalle pase desapercibido para la prensa. Sólo las muertas de "género" acaparan los titulares, el resto son muertos de segunda. Políticos y periodistas deberían explicarnos por qué el hombre asesinado por tratar de impedir un robo, el hombre asesinado por encargo de su ex mujer o el joven muerto a tiros en una discoteca (son casos de 2011 que saco al azar de Google) merecen menos atención que las víctimas femeninas.

El fenómeno de la violencia de "género" está profundamente politizado. La sociedad lo ve como a través de una lupa: enorme en relación con el contexto, distorsionado. Si retirásemos esa lupa política, veríamos que el resto de asesinatos también forman parte de la "lacra". No es moralmente lícito establecer un "apartheid" de víctimas: por un lado, las de primera o de "género"; por otro, las demás.

Una vez asumido ese principio de "igualdad de las víctimas ante la ley" y despolitizado el fenómeno de la violencia doméstica, convendría examinar más de cerca las causas de esa violencia y la forma de impedirla. Ninguna institución parece haber mostrado hasta ahora el menor interés por estudiar ese terreno. Sin embargo, la inmensa mayoría de los llamados asesinatos de "género" se producen en contextos de separación o divorcio, especialmente cuando hay hijos de corta edad por medio y el proceso es más complicado y traumático. En esos casos, la legislación vigente es el mejor caldo de cultivo para la violencia y el conflicto.

Invito a nuestros legisladores a imaginar una situación opuesta a la actual. Una situación hipotética en la que los hombres recibiesen automáticamente la custodia de sus hijos y las mujeres fuesen expulsadas del hogar familiar por el procedimiento expeditivo de la denuncia falsa seguida de orden de alejamiento; o si la cosa discurriese por cauces más normales, una situación en la que ellas sólo pudiesen ver a sus hijos cuatro o cinco días al mes y se viesen obligadas a pagar al ex marido una parte sustancial de sus ingresos, así como la hipoteca de la antigua vivienda común. Una situación en la que, de la noche a la mañana, esas mujeres pasasen de ser madres a ser "visitantes" de sus hijos ("visitantas", en jerga feminista). Que sus señorías parlamentarias recreen mentalmente esa situación y digan si les parecería justa o injusta, y si les parecería o no una fuente potencial de conflictos. Que juzguen si habría o no mujeres dispuestas a tomarse la justicia por su mano.

Vale, pues si ya lo han pensado, que apliquen sus conclusiones a la situación actual y saquen la mecha del polvorín. Que dejen de apagar el fuego con gasolina. Que traten a hombres y mujeres por igual. Que establezcan un régimen de divorcio sin vencedores ni vencidos, un régimen que no premie las denuncias falsas ni se asiente en la presunción de culpabilidad prevista en la Ley Orgánica 1/2004 y otras disposiciones y jurisprudencias similares.

¡Ah!, y por supuesto, que sus señorías bajen del limbo: no existe nada que pueda llamarse "violencia de género". Las mujeres pegan tanto o más que los hombres. Lo que sobran son razones para quitarse la venda y ver la realidad tal como es. Lean un poco, señorías. Entérense de lo que se repite hasta el aburrimiento en el ámbito universitario. A menos que prefieran seguir dando palos de ciego durante otros treinta años.

parlamentarios ciegos

(Parábola de los diputados ciegos: obra alegórica para un posible concurso de ornamentación del Parlamento por iniciativa popular.)


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