Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

>>>Rayas en el agua
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Albañiles y enfermeras26 de febrero de 2012

Aún no se han apagado los ecos del Día de la Igualdad Salarial (22 de febrero) y ya se escuchan los rumores del Día de la Mujer Trabajadora (8 de marzo). En el fondo son la misma cosa: ganas de igualar con la política lo que hizo desigual la naturaleza.

Para entender esta cuestión, lo mejor es empezar por el principio. Y el principio es la Prehistoria. Aunque canse repetirlo, los hombres y las mujeres no hemos sido diseñados por ningún patriarcado malévolo, sino por varios cientos de miles de años de evolución. En ese proceso milenario, el criterio aplicado por la naturaleza no fue la opresión de un sexo por el otro, por más que rabien las feministas, sino la supervivencia de la especie.

Para lograr esa superviviencia, la naturaleza encomendó funciones específicas a hombres y mujeres. La mujer fue, sobre todo, madre y cuidadora. El hombre, protector y proveedor. Siempre a cara de perro. Luchando a muerte contra grupos y especies rivales en la competencia por unos recursos escasos. La mujer fue el sexo valioso que aseguraba la lenta y biológicamente costosa reproducción de la especie. El hombre fue el sexo barato y desechable que podía correr más riesgos. Las funciones de la mujer se acomodaban mejor con la prudencia; las del hombre, con la temeridad.

Esa pauta se reprodujo durante cientos de miles de años y, sin duda, ha dejado un poso genético. Es una diferencia que no puede borrarse de la noche a la mañana, por muy tercas que se pongan las feministas. Por ejemplo, los hombres siguen teniendo más apego al riesgo que las mujeres; y las mujeres siguen más interesadas en dispensar cuidados que los hombres. Tal vez por eso, el mundo de los andamios es básicamente masculino y la enfermería ha sido un ámbito tradicionalmente femenino.

En términos ecológicos, esas diferencias son una reserva de biodiversidad que, más que combatir, habría que preservar. La progresía no siempre es coherente.

Aunque la especie Homo sapiens haya cambiado el caballo por el AVE y las señales de humo por el smartphone, hombres y mujeres seguimos teniendo capacidades e intereses diferentes, y la uniformidad absoluta es una utopía. No una bella utopía, sino una utopía estúpida y empobrecedora.

Si, en el conjunto de la sociedad, hay más hombres que mujeres en la punta de la pirámide empresarial, posiblemente se deba a que los hombres han arriesgado más. En el otro extremo, también es mayor el número de varones socialmente excluidos. Y si las mujeres son mayoría en la carrera judicial o en las profesiones sanitarias, pero no en las ingenierías, quizá la verdadera razón haya que buscarla en un diseño genético ancestral, no en un techo de cristal imaginario.

Así que, menos política y más libertad. Menos cuotas y más igualdad de oportunidades. Menos victimismo y más igualdad ante la ley. Y que cada palo aguante su vela.


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Botones de pánico23 de febrero de 2012

Hace unos días, el filón DSK arrojaba otra pepita: los sindicatos de Nueva York han conseguido botones de pánico para que las camareras de los hoteles puedan pedir auxilio inmediato en caso de agresión.

¿Recordáis los antecedentes, verdad? En mayo de 2011, Nafissatou Diallo, camarera de un hotel neoyorquino, presentó una extraña denuncia por violación contra el famoso político francés, que se desestimó por la falta de pruebas materiales, lo inverosímil del relato (en particular, lo de la doble violación bucal), la autoconfesión de falsedad en la famosa llamada de la camarera a su amigo de Texas, las versiones contradictorias facilitadas por la susodicha al fiscal y, para remate del montaje, las imágenes de los presuntos cómplices dando saltos de alegría tras la consumación de la denuncia. A pesar de ello, la camarera ha solicitado resarcimiento económico en la jurisdicción civil.

Con tales antecedentes, ¿no sería más razonable que entregaran los botones de pánico, no a las camareras, sino a los clientes?

Pero el filón DSK no se agota. El político galo ha sido detenido nuevamente, esta vez por presunta complicidad en actividades de proxenetismo, entendiendo por tales la asistencia a “fiestas libertinas”. Al parecer, la culpabilidad de DSK depende de dos factores: que las chicas cobraran por acudir a la fiesta, y que DSK tuviera conocimiento de esos cobros. Si se dan esos dos supuestos, DSK habrá incurrido en delito de proxenetismo.

Sin embargo, en ningún momento se dice que esas chicas estuvieran allí bajo coacción. Ahí se ve que el nuevo puritanismo de género ha calado hondo: lo que molesta no es el posible cobro por unos servicios; lo que molesta es la naturaleza de esos servicios. ¿Habría intervenido la autoridad si, en vez de “mujeres libertinas”, las beneficiarias hubieran sido jugadoras de ajedrez o profesoras de tango?

En 1991, Anita Hill acusó a su antiguo jefe Clarence Thomas, candidato a ocupar un puesto en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, de haber ejercido acoso sexual sobre ella diez años antes. A pesar de que la supuesta acosada no tuvo inconveniente en seguir a su hipotético acosador en un nuevo destino laboral, esas acusaciones retrospectivas tuvieron hondas repercusiones políticas y crearon un precedente mundial. Desde entonces, no hay arma más eficaz contra un político que un escándalo por acoso sexual. Sobre todo si el político acude a fiestas libertinas, que ya son ganas de ponerse en el punto de mira.

Pero lo peor no es que las denuncias infundadas sean un arma políticamente letal. Lo peor es que, como lo malo se contagia, han pasado a ser una frecuente estrategia procesal y -si la prensa sigue enalteciendo a ciertas heroínas tan poco creíbles- acabarán siendo una rutina social. Por supuesto, las verdaderas víctimas no recibirán botones de pánico.


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Justicias injustificables18 de febrero de 2012

La lógica de los tribunales casi nunca coincide con la lógica de la calle. Tomemos, como primer ejemplo, el reciente caso de Miguel Montes Neiro (del que ya se habló en este blog hace exactamente un año): una serie de delitos menores han pesado mucho más en la balanza de la justicia (36 años) que el más atroz, alevoso y premeditado de los asesinatos (nunca más de 30 años, que bien pueden quedarse en la mitad). El propio Montes Neiro lo explica con total claridad: “La cárcel está llena de pobres”, ha dicho. “El que tiene dinero [para pagar abogados] sale pronto”. No lo ponemos en duda. Lo peor es que el caso de Montes no es único. Según cálculos de su abogado, hay otros 376 presos que llevan al menos 34 años en prisión sin delitos de sangre.

Otro ejemplo nos lo ofrece el juicio contra Francisco Camps (en cuya valoración no entro aquí), que nos ha vuelto a recordar que en España existe esa gran incoherencia profesional llamada “jurado popular”, donde los legos y los inexpertos, quiéranlo o no, deben ejercer uno de los oficios más calificados de nuestra sociedad (el de juez) al que normalmente sólo se accede tras superar pruebas y oposiciones de extrema dificultad. Por mucho que nos guste su apariencia democrática y participativa, la justicia esporádica y emocional del jurado está fuera de lugar en un ámbito donde deben prevalecer la racionalidad y la competencia técnica.

Por último, el caso de Robert Brian Waterhouse -ejecutado ayer en Florida tras haber pasado 31 años en el corredor de la muerte y, como si ese lapso de tiempo no bastara para poner fin a todas las incertidumbres procesales, haber tenido que esperar durante una angustiosa prórroga vital de dos horas la desestimación definitiva de los últimos recursos- nos ha arrastrado una vez más hacia ese vértigo terminal de falsas esperanzas, cábalas, desmentidos y, finalmente, un gran vacío irreparable e inútil.

En toda esa parafernalia de última hora hay algo que no encaja: el indulto in extremis. Por supuesto, es mejor que nada. Pero me resulta muy difícil entender que la vida de una persona, de la que el Estado se ha declarado acreedor legal después de treinta años de investigaciones, procesos y garantías judiciales, dependa en última instancia del pulgar del gobernador, que seguramente apuntará hacia arriba o hacia abajo en función de consideraciones políticas.Cuando todo ha sido medido y pesado una y cien veces, cuando la inexorable maquinaria del Estado ha determinado que no hay más desenlace posible que la muerte, de repente, ¡oh, magia!, sólo era un juego, el gobernador está de buen humor. O, peor aún, de mal humor.

Ya digo, es mejor que nada. Pero no es serio.


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Y Juana cogió su fusil16 de febrero de 2012

Al diseñar los mecanismos de supervivencia de la especie humana, la naturaleza hizo al macho más fuerte físicamente y más agresivo frente a los demás machos, y desarrolló los pertinentes inhibidores de esa agresividad frente a las hembras, los ancianos y los niños. Ese excedente de violencia masculina, volcado en la protección de los miembros más débiles del grupo, resultó indispensable para la superviviencia de la especie, primero, y de tribus, culturas y sociedades, después.

La naturaleza no podía saber que, varios cientos de miles de años más tarde, en el penúltimo recodo de la historia, las feministas aguardaban atrincheradas tras sus pancartas y su profunda ignorancia para recriminar al patriarcado -que es como ellas llaman a la naturaleza- el acierto de diseñar la especie más inteligente; y para reprochar a la historia -a la que también llaman patriarcado- su prodigioso avance hasta el actual modelo de sociedad del bienestar.

Pero ese momento del gran ajuste de cuentas llegó por fin, y el feminismo ha convencido a la humanidad de que el hombre es la mitad mala de la especie, un verdadero depósito de violencia y agresividad, y de que la mujer es la víctima indefensa de esa violencia.

Curiosamente, el feminismo no puede tolerar que la mujer camine un paso por detrás del hombre en ningún terreno, incluido el más específicamente masculino: la guerra. Así que, por un lado, nos describe a la mujer como un ser desvalido, incapaz de ofrecer resistencia a las agresiones masculinas. Y por otro, como un formidable combatiente de primera línea, perfectamente capaz de luchar en combate a muerte contra otros hombres en los campos de batalla. Hasta ahora, las feministas no han tenido problema para aceptar simultáneamente ambos postulados antagónicos. Las autoridades, tampoco.

Como una cosa y la contraria no pueden ser ciertas a la vez, feministas y autoridades deberían decantarse por una ellas, al menos por decoro deductivo.

Si optan por la teoría de la criatura indefensa, no tiene sentido seguir despilfarrando recursos en el mantenimiento de un personal militar femenino cuyas funciones serían desempeñadas más eficazmente por varones.

Si se decantan por la teoría de la igual capacidad en combate, que empiecen por revisar sus prejuicios sobre la violencia de género y actuar en consecuencia. Una vez resuelta esa incoherencia lógica, sólo tendrán que arreglar un problema menor: el atractivo sexual, que, según los informes oficiales, es el principal problema de los ejércitos mixtos. Efectivamente, meter a chicos y chicas en un submarino durante meses y pretender que las feromonas se estén quietas no es tarea fácil.

Pero la solución es elemental y se ofrece por sí sola. No habiendo ninguna duda sobre la similar capacidad militar de hombres y mujeres, nada impide que se creen unidades exclusivamente femeninas y se las mande al frente de batalla. Naturalmente, hablo de unidades autónomas, donde no haya contacto con chicos. Por ejemplo, brigadas de combate íntegramente femeninas.

Mientras eso no ocurra, siempre nos quedará la duda de si la presencia de mujeres en el ejército obedece a una necesidad militar o a una moda política.


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El mismo río con distinta agua9 de febrero de 2012

La ministra Ana Mato, a quien algunos empiezan a llamar “la nueva Aído”, ha anunciado medidas especiales para combatir el paro femenino (inferior al masculino), ha prometido eliminar una imaginaria “brecha salarial” entre hombres y mujeres (cuya existencia ha sido desmentida hasta por los sindicatos) y, por supuesto, ha demostrado que su nivel de ignorancia sobre el fenómeno de la violencia de pareja no desmerece del de sus antecesoras.

Todo esto lo ha expuesto ante la Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados, que, como su nombre indica, está integrada por 36 mujeres y 5 hombres.


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