Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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Palos de ciego8 de enero de 2012

Empieza 2012… Como viene siendo habitual en estas fechas, la prensa hace el recuento de mujeres que han muerto a lo largo del año anterior a manos de sus parejas, víctimas de violencia "machista" o de "género", que son los dos vocablos de curso legal utilizados para distinguir a esas víctimas de las demás, es decir, del número nunca mencionado ni recordado de hombres y mujeres asesinados a lo largo del año en otras situaciones.

Ni siquiera es fácil averiguar cuántos homicidios se producen cada año en nuestro país. Unos 500, calculo, utilizando antiguos datos del Anuario Estadístico del Ministerio del Interior e informes de la Unión Europea. En tres de cada cuatro casos, las víctimas son varones, aunque ese detalle pase desapercibido para la prensa. Sólo las muertas de "género" acaparan los titulares, el resto son muertos de segunda. Políticos y periodistas deberían explicarnos por qué el hombre asesinado por tratar de impedir un robo, el hombre asesinado por encargo de su ex mujer o el joven muerto a tiros en una discoteca (son casos de 2011 que saco al azar de Google) merecen menos atención que las víctimas femeninas.

El fenómeno de la violencia de "género" está profundamente politizado. La sociedad lo ve como a través de una lupa: enorme en relación con el contexto, distorsionado. Si retirásemos esa lupa política, veríamos que el resto de asesinatos también forman parte de la "lacra". No es moralmente lícito establecer un "apartheid" de víctimas: por un lado, las de primera o de "género"; por otro, las demás.

Una vez asumido ese principio de "igualdad de las víctimas ante la ley" y despolitizado el fenómeno de la violencia doméstica, convendría examinar más de cerca las causas de esa violencia y la forma de impedirla. Ninguna institución parece haber mostrado hasta ahora el menor interés por estudiar ese terreno. Sin embargo, la inmensa mayoría de los llamados asesinatos de "género" se producen en contextos de separación o divorcio, especialmente cuando hay hijos de corta edad por medio y el proceso es más complicado y traumático. En esos casos, la legislación vigente es el mejor caldo de cultivo para la violencia y el conflicto.

Invito a nuestros legisladores a imaginar una situación opuesta a la actual. Una situación hipotética en la que los hombres recibiesen automáticamente la custodia de sus hijos y las mujeres fuesen expulsadas del hogar familiar por el procedimiento expeditivo de la denuncia falsa seguida de orden de alejamiento; o si la cosa discurriese por cauces más normales, una situación en la que ellas sólo pudiesen ver a sus hijos cuatro o cinco días al mes y se viesen obligadas a pagar al ex marido una parte sustancial de sus ingresos, así como la hipoteca de la antigua vivienda común. Una situación en la que, de la noche a la mañana, esas mujeres pasasen de ser madres a ser "visitantes" de sus hijos ("visitantas", en jerga feminista). Que sus señorías parlamentarias recreen mentalmente esa situación y digan si les parecería justa o injusta, y si les parecería o no una fuente potencial de conflictos. Que juzguen si habría o no mujeres dispuestas a tomarse la justicia por su mano.

Vale, pues si ya lo han pensado, que apliquen sus conclusiones a la situación actual y saquen la mecha del polvorín. Que dejen de apagar el fuego con gasolina. Que traten a hombres y mujeres por igual. Que establezcan un régimen de divorcio sin vencedores ni vencidos, un régimen que no premie las denuncias falsas ni se asiente en la presunción de culpabilidad prevista en la Ley Orgánica 1/2004 y otras disposiciones y jurisprudencias similares.

¡Ah!, y por supuesto, que sus señorías bajen del limbo: no existe nada que pueda llamarse "violencia de género". Las mujeres pegan tanto o más que los hombres. Lo que sobran son razones para quitarse la venda y ver la realidad tal como es. Lean un poco, señorías. Entérense de lo que se repite hasta el aburrimiento en el ámbito universitario. A menos que prefieran seguir dando palos de ciego durante otros treinta años.

parlamentarios ciegos

(Parábola de los diputados ciegos: obra alegórica para un posible concurso de ornamentación del Parlamento por iniciativa popular.)


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