Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

>>>Rayas en el agua
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La guerra de los huesos9 de agosto de 2011

De niño, ejercí como monaguillo, y no había entierro en el pueblo que pudiera hacerse sin mi presencia. Si sabré yo de entierros y exhumaciones…

El cementerio tenía cuatro paredes de adobe, y dentro de ellas había que hacer sitio para todo el censo de difuntos del pueblo.

Pero el camposanto de mi pueblo era un recinto absolutamente democrático e igualitario. No sólo porque todas las fosas eran caballones de tierra idénticos, apenas jerarquizados por la madera o el hierro de las cruces clavadas en sus cabeceras, sino porque el descanso “eterno” de todos sus inquilinos, ricos o pobres, rojos o azules, se veía implacablemente interrumpido, por estricto turno rotatorio, cada nueve o diez años. En ese momento, la última morada se abría de nuevo para dejar sitio a otro recién llegado. La pala del enterrador topaba entonces con los huesos de los ocupantes anteriores, y los iba colocando en un montón de tibias y fémures anónimos, que brillaban al sol durante un rato antes de ser cubiertos por la tierra de nuevo.

De acuerdo con esa rutina ancestral, todos los huesos del cementerio pasaban al régimen de fosa común al cabo de diez años. Eso ocurría a finales de los años cincuenta. Vaya usted ahora a preguntar a los nietos de aquellos difuntos en qué fosa están los huesos de sus abuelos y pensarán que no está usted en sus cabales o que se trata de una broma de cámara oculta. Eso, si no le saltan con alguna respuesta a la altura de la pregunta, como le ocurrió a aquel turista que trató de hacerse el gracioso con un campesino de Palencia:

- Oiga, ¿no era en este pueblo donde solía cazar Chindasvinto?
- ¿Quién dice usted que venía a cazar?
- Chindasvinto, hombre, el rey visigodo…
- ¡Ah!, sí, no caía... Es que aquí le llamamos Chindas, por la confianza...

Prodigiosa memoria histórica. A lo que vamos. En todos los cementerios rurales de España, los huesos que llevan siete décadas bajo tierra son huesos anónimos, olvidados en fosas comunes. Nadie se acuerda de ellos, nadie sabe a quien pertenecieron y a nadie importa lo que se haga con ellos.

Pero, lo que son las cosas... En esta época de discretísimas honras fúnebres, expeditivos crematorios, esparcimiento apresurado de cenizas y olvido rápido, hete aquí que los hijos de la España negra e imperecedera de Goya, Solana y Berlanga vuelven a sacar los garrotes y armar una bronca telúrica por la exhumación municipal de unos antepasados a los que no conocieron.

Jóvenes valedores de la memoria histórica, pongan la osamenta de sus bisabuelos donde más les plazca. Pero, hagan el favor, acaben pronto y vuelvan a colocar los restos de las dos Españas donde los dejamos hace cuarenta años, bajo tierra para siempre.


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El paradigma DSK17 de julio de 2011

Con independencia de su desenlace, el caso DSK es paradigmático de la presunción de veracidad y superioridad moral que se otorga sistemáticamente a la mujer en sus conflictos con el otro sexo. Las feministas, que no se andan con medias tintas, suelen formularlo así de categóricas: las falsas denuncias no existen. No importa que veamos a diario ejemplos que contradicen esa afirmación. Ya se sabe que, en tales casos, es la realidad la que está equivocada.

Así lo entendió el fiscal Cyrus Vance, con el aplauso entusiasta de toda la prensa occidental. Si no hubiera dado tan por sentado que la realidad siempre se equivoca y las falsas denuncias no existen, si hubiera dejado un resquicio para la duda razonable en lugar de aceptar el dogma feminista con fe de carbonero, el fiscal Vance habría reparado en algunos elementos de la denuncia lo bastante sospechosos como para poner en cuarentena la versión de la presunta víctima, sobre todo, la inconcebible ocurrencia de que un hombre desarmado pueda meter en dos ocasiones por la fuerza su pene en una boca armada con 32 afilados dientes.

Lo fascinante ahora no será ver cómo sale el fiscal Vance de su atolladero y DSK de su purgatorio. Lo fascinante será ver cómo la camarera, sobre la que penden sólidos indicios de acusación en falso, no sólo se irá de rositas, sino que tendrá la posibilidad de entablar un proceso civil y obtener un sustancioso resarcimiento económico por la “agresión”. Apoyos no le han de faltar: ciertos sectores de la comunidad negra de Nueva York siguen organizando manifestaciones, encabezadas por senadores, para reparar la maltrecha credibilidad de la denunciante (o denuncianta, como decimos en el Absurdistán).

Pero el paradigma DSK no acaba ahí. En Francia ha entrado en escena una segunda mujer que, por el hecho de serlo, queda también fuera de toda sospecha de fraude. Tristane Banon denuncia un supuesto intento de violación perpetrado por DSK en febrero de 2003, ¡y su denuncia prospera en los tribunales! Quedamos advertidos: todos los hombres del mundo mundial podemos ser acusados de intentos de violación ocurridos hace más de nueve años: a ver quién demuestra (probatio diabolica) que algo tan perfectamente posible no ha ocurrido.

Es evidente que la denuncia de Banon llega muy tarde para la justicia y muy a tiempo para la prensa. Además, oculta un enigma psicológico: obsérvese la desenvoltura y autocomplacencia con que la interesada narra el incidente de la supuesta agresión en una tertulia televisiva en 2007.

También requiere algún tipo de descodificación psicológica o política la actuación de la madre de Banon (dirigente socialista y ex amante de DSK), que empezó por desaconsejar a su hija cualquier denuncia en el momento de los supuestos hechos, la empujó después a denunciar esos hechos con nueve años de retraso, y ha acabado describiendo a su antiguo compañero de cama como un ogro sexual.

Afortunadamente, por encima de tantas sombras e incertidumbres, nos queda el brillo de unos ojos incomparables y la entereza de un carácter de teatro clásico: Anne Sinclair, la esposa indefectible. No sé si los escándalos que han torcido el destino de DSK habrán privado a Francia de un buen presidente, pero estoy seguro de que le han robado una gran primera dama.


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La no-violencia de género12 de junio de 2011

Aunque sea más falso que un gato que ladra, el concepto de “violencia de género” es dogma de fe hasta en los parvularios: según la teoría feminista, el hombre ejerce la violencia sobre la mujer para mantenerla bajo su control, mientras que la mujer sólo ejerce la violencia contra el hombre como medio de defensa.

Un estudio publicado recientemente, del que es coautor Murray A. Straus, pionero y autoridad mundial en el estudio de la violencia familiar, llega a una conclusión bien distinta: las mujeres son más propensas que los hombres a redoblar la violencia de respuesta contra sus parejas. El estudio se basa en una muestra de 208 parejas de Israel (promedio de edades: 37,23 años para los hombres, y 34,71 años para las mujeres), y su objeto es determinar, en un marco hipotético, la escalada de violencia de hombres y mujeres en respuesta a agresiones de sus parejas o de terceros de ambos sexos.

Como suele ocurrir cuando los estudios se aplican por igual a hombres y mujeres, los resultados si sitúan en las antípodas de las tesis feministas. Tanto en caso de agresiones verbales como de agresiones físicas, la intensidad de la violencia de respuesta de los hombres es menor frente a sus parejas que frente a los demás hombres o frente a otras mujeres. En cambio, la respuesta de las mujeres tiene similar intensidad en los tres casos. Por lo tanto, comparativamente, la violencia de respuesta específica contra sus parejas es mucho más intensa en el caso de las mujeres que en el caso de los hombres.

Dicho en román paladino, si la bofetada inicial es de intensidad 1, la respuesta intencional del varón será de intensidad 1,6 frente a la pareja y de intensidad 3,1 frente a otros hombres. En el caso de la mujer, la respuesta será de intensidad 2,4 frente a sus parejas, de intensidad 2,2 frente a otros hombres y de intensidad 2,5 frente a otras mujeres. En forma de gráfico, esa violencia de respuesta a las agresiones físicas tendría el siguiente aspecto (reconstrucción hecha a partir de la figura 1 del estudio original):

escalada de violencia

Es decir, en las relaciones de pareja, el “género” proteje a las mujeres, pero no a los hombres. Por lo tanto, si hay una violencia que pueda llamarse “de género” es la violencia de la mujer contra su pareja masculina. Y si hay algo que pueda llamarse “no-violencia de género” es la violencia que el hombre no ejerce contra su pareja, precisamente porque es mujer.

Nota sobre las conclusiones de los autores:

Una de las tesis recurrentes de Murray A. Straus a lo largo de su carrera es que la violencia de pareja no podrá prevenirse mientras no se reconozca su carácter bidireccional, demostrado ya por cientos de estudios. En el caso particular del estudio que nos ocupa, los autores advierten de que las actuales normas sociales, que condenan rigurosamente la violencia masculina de pareja, y consideran secundaria o inexistente la femenina, constituyen un factor de riesgo para las propias mujeres, ya que muchas de ellas, amparadas en la benevolencia social que trivializa la violencia ejercida por la mujer, tal vez se retienen menos en el ejercicio de una violencia que consideran impune o socialmente justificada. Por desgracia, aunque en la mayoría de los casos esas normas sociales y la norma de caballerosidad sean eficaces para inhibir la violencia masculina, no siempre es así, y la violencia de respuesta masculina puede aumentar de escala. En tales condiciones, concluyen los autores, la violencia de las mujeres contra sus parejas es un factor de riesgo de victimización para las propias mujeres.

Y otra nota para escépticos:

Quienes no se conformen con con los resultados de este modelo teórico pueden consultar, en la publicación La violencia en la pareja: bidireccional y simétrica (págs. 45-48), varios estudios empíricos que confirman esa mayor intensidad de la violencia femenina contra sus parejas en comparación con la ejercida contra terceros, al revés de lo que ocurre con la violencia masculina.


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