Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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Ola de cambios, etc.11 de marzo de 2011

Cuando opinamos sobre el mundo islámico solemos olvidar que ellos son nuestras antípodas culturales, y que lo que aquí está boca arriba allí está boca abajo, y viceversa. La consecuencia lógica es que, al llegar cambios y revoluciones, nuestras utopías favoritas no se cumplen, y entonces todo son estupores y perplejidades.

Así pasó con el burqa en Afganistán, tan denostado que acabó sirviendo de salvoconducto para una guerra. Luego resultó que, tras la caída del régimen talibán, las afganas siguieron vistiendo esa supuesta cárcel de tela como venían haciendo desde mediados del siglo XIX, cuando el burqa se puso de moda entre las damas de las clases altas de allí. Así que, pasada la decepción inicial, el filón de victimismo por afgana interpuesta se agotó, y nuestras martirólogas hubieron de buscarse otros manás.

Ahora, la sorpresa para esta Europa incorregible viene de Túnez, donde las mujeres han aprovechado la caída del régimen anterior, que prohibía el uso de hiyabs y chadores en espacios públicos, para empezar a utilizar esas prendas. Las oenegés del ramo han tardado dos minutos en tomar partido: antes burqas y niqabs eran malísimos, un signo de sumisión al varón, una imposición del patriarcado, bla, bla, bla… Ahora son buenísimos, una opción personal de la mujer libre, etc.

El año pasado, el Gobierno sirio sancionó a 1.200 profesoras universitarias por empeñarse en llevar niqab. -Ah, pero, ¿en los países árabes hay profesoras universitarias, y además tantas? -se pregunta el europeo boquiabierto, que sabe de buena tinta feminista que en esos países todos los hombres son terribles barbazules y tienen colgadas en la despensa seis o siete mujeres descuartizadas. Pues sí, tantas y con las ideas tan claras.

El demócrata europeo, señorito anémico que vive de las rentas de una historia heredada, no cree posibles otros ideales distintos de sus principios buenistas y hedonistas, y se asombra cuando una realidad menos refinada y no tan democrática le enmienda la plana. Probablemente, en la presente ocasión ocurrirá como en las anteriores. Si el motor de las recientes algaradas del mundo árabe fuese el ansia de libertad, y las mujeres islámicas sustituyesen el burqa por minifaldas y escotes inverosímiles, y recurriesen a los anticonceptivos, al aborto y a la práctica sexual indiscriminada como cualquier mujer europea, la gran fortaleza ideológica y demográfica del Islam se desharía como un azucarillo y se fundiría en el inmenso magma de voluptuosidad occidental. Es decir, burqas y chadores siguen siendo, hoy por hoy, el principal signo de identidad cultural y religiosa del mundo islámico; por muy hipermasculina que sea su apariencia, la llave de la alcazaba musulmana está en manos de las mujeres.

A la vista de la evolución demográfica de autóctonos e inmigrantes, Gadaffi pronosticó en 2006 que Europa sería islámica en un lapso de varias décadas. Bumedián lo había anunciado mucho antes, en 1974: “el vientre de nuestras mujeres nos dará la victoria”, dijo en un discurso memorable ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Si les damos crédito -y por qué negárselo, si hablan de una realidad que conocen mejor que nosotros y sobre la que siempre hacemos predicciones equivocadas-, podríamos tomar burqas y niqabs como un indicador de la esperanza de vida europea: cuanto más proliferen esos atuendos, menos tiempo nos queda.


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Los olvidados8 de marzo de 2011

8 de marzo

Día de los 1.000 hombres
(y 30 mujeres) muertos cada año
en accidentes laborales en España

Oficialmente, Día de la Mujer Trabajadora

Ocho de marzo7 de marzo de 2011

Durante miles de años, hombres y mujeres se repartieron las tareas familiares y sociales en función de sus especializaciones evolutivas: los hombres desempeñaron los cometidos más arriesgados o de mayor exigencia física; y las mujeres se centraron, sobre todo, en los relacionados con la maternidad. Ninguno de los sexos renegó jamás de sus funciones ni codició las del otro, y ninguno se sintió desfavorecido frente al otro. Ambos sexos se complementaron, y cada uno de ellos cumplió la misión que el otro esperaba que cumpliese. Gracias a esa complementación, nuestros antepasados lograron sobrevivir, primero como especie y después como civilización; y nos condujeron hasta la presente época de prosperidad y bienestar sin precedentes.

Además, desde tiempos muy antiguos, hombres y mujeres compartieron numerosas tareas, por ejemplo en el medio rural o en los talleres artesanales o pequeños comercios urbanos. Finalmente, con la expansión del sector terciario y las oportunidades de la vida moderna (en particular, los anticonceptivos), la mujer pasó a incorporarse en masa a la vida laboral. Nadie se lo impidió, y menos que nadie los hombres. La lucha, si alguna hubo, fue más contra los prejuicios de generaciones anteriores, incluidas madres y abuelas, que contra reticencias masculinas.

En la actualidad, las mujeres no sólo gozan de igualdad de oportunidades, sino también de ventajas en forma de baremos especiales y cuotas, y su presencia es ya mayoritaria en algunos de los campos profesionales más prestigiosos e influyentes (por ejemplo, la medicina o el derecho). Por su parte, los hombres siguen, como en los viejos tiempos, desempeñando las funciones más penosas y arriesgadas. La siniestralidad laboral es casi exclusivamente masculina: entre 900 y 1.000 hombres (y unas 30 mujeres) mueren cada año en España en accidentes laborales.

Habida cuenta de todo lo cual, ¿qué razones justifican que se celebre con tanto bombo y platillo el Día de la Mujer Trabajadora?


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