Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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La invención del monoscopio

De cómo el feminismo fue, en su origen, simple efecto colateral de una teoría política; de cómo la formulación inicial del feminismo como lucha de clases no se hizo en respuesta a intereses o derechos de las mujeres, sino a la necesidad política de deslegitimar y suprimir la institución denominada familia; y de cómo esa formulación se basó en omisiones, distorsiones e interpretaciones erróneas de la prehistoria y la historia de la humanidad.

Del mismo modo que para ver lo que está muy lejos se necesita el telescopio y para distinguir lo muy pequeño hay que usar el microscopio, para percibir la realidad con pupila feminista es indispensable el monoscopio. Como su nombre indica, el monoscopio permite, al mirar la diversa y compleja realidad, ver sólo un elemento aislado de ella, y borrar del ángulo de visión el resto del plano. En general, ese único elemento percibido es, bajo todas las variantes imaginables, la mujer victimizada por el varón. Lo que nos puede dar una idea más aproximada del funcionamiento del monoscopio es un teatro a oscuras en el que un único foco proyectado sobre el escenario nos permite ver las evoluciones del personaje que se mueve dentro del haz de luz, dejando a los demás figurantes en la oscuridad total.  La realidad circundante está ahí, pero teóricamente –es decir, oficialmente- no existe. Al ser una especie de automatismo neurointegrado, el monoscopio permite la adaptación instantánea de su enfoque selectivo a todo tipo de realidades. En general, su implantación es irreversible, de forma que, con el paso del tiempo, el mapa intelectual del usuario acaba siendo un archipiélago de convenciones y dogmas. 

Es muy posible que se hayan utilizado artilugios similares o prototipos rudimentarios del monoscopio en otras épocas, pero sólo en las postrimerías del siglo XX y los albores del XXI el invento ha desarrollado sus plenas potencialidades. Del mismo modo que el ojo no puede verse a sí mismo, el monoscopio pasa desapercibido para sus usuarios, ya que, como digo, en los últimos decenios ha llegado a convertirse en un automatismo orgánico más, como la respiración o el parpadeo, de forma que cualquier naturalista poco familiarizado con las grandes predisposiciones alucinatorias de nuestra especie pensaría que ésta ha dado un nuevo salto evolutivo. 

En la telebasura es frecuente que las ex esposas, amantes o amigas de cualquier famoso lo acusen gratuitamente (quiero decir, cobrando, pero sin aportar pruebas) de malos tratos psicológicos ("me decía que era tonta, que no valía para nada"). En otros programas del inframundo televisivo abunda un recurso humorístico infalible: la mujer que abofetea al hombre o, preferiblemente, le arrea una patada en los testículos. Conocemos casos de mujeres que han dado muerte al marido mientras dormía y, pese a su condena en firme con abrumadores dictámenes forenses en contra, han sido puestas en libertad y aclamadas como heroínas por el pueblo y sus líderes. Otras han denunciado por acoso sexual al amante y han logrado su condena; o han acusado retroactivamente al ex marido de relaciones sexuales no deseadas y han logrado meterlo en la cárcel. Si todos estos ejemplos tomados de la más rigurosa realidad española no causan perplejidad ni valoraciones comparativas es por efecto del monoscopio, diseñado para ver exclusivamente a la víctima femenina de todas las situaciones. 

Los absurdistanos están convencidos de que la remuneración de las mujeres equivale sólo al 80 por ciento de la percibida por los hombres, y ello se debe igualmente a la borrosidad del segundo plano, que les impide percibir otros elementos, por ejemplo que, como promedio, las mujeres trabajan 400 horas menos al año que los hombres, realizan la décima parte de las horas extras, optan mucho más por los horarios a tiempo parcial y mucho menos por el pluriempleo, tienen menor antigüedad o especialización en muchos de los empleos mejor remunerados, sufren sólo el 2,6% de los accidentes laborales con resultado de muerte (ya que no realizan los trabajos más peligrosos y, en consecuencia, mejor pagados), y aceptan con mucha menor frecuencia que los hombres trabajos nocturnos o de fin de semana.  Cuando hablan de la violación –por poner otro ejemplo– los absurdistanos se escandalizan porque, entre todas las especies del reino animal, sólo el macho humano puede ser lo suficientemente desalmado como para violar a las hembras, aunque sin el dichoso filtro monoscópico descubrirían fácilmente que sólo los machos de la especie humana pueden llegar a arriesgar sus vidas para proteger a sus hembras, cederles el puesto en los botes salvavidas del Titánic o aprobar leyes que los ponen a merced de sus esposas, lo que debería ser excusa suficiente para dejar de clasificarlos como subespecie zoológica. 

Dios dio pruebas de su irreductible machismo cuando creó primero al hombre y, tras exclamar: "No es bueno que el hombre esté solo", creó a su vez a la mujer. Ahora bien, si hubiese creado primero a la mujer y, tras exclamar "No es bueno que la mujer esté sola", hubiese creado a su vez al hombre, Dios habría dado muestras de su contumaz paternalismo. Obrando de uno u otro modo, y debido a la indefectible distorsión monoscópica, Dios habría tenido siempre enfrente a las feministas. 

¿Quién inventó el monoscopio moderno, émulo de descubrimientos tan prodigiosos como El retablo de las maravillas cervantino, sólo perceptible para los cristianos viejos, o El traje nuevo del emperador, invisible para los tontos?  Las opiniones están divididas. Algunas se remontan hasta autores medievales como Christine de Pisan, o barrocos como Poulain de la Barre. Otras conceden ese insigne honor a la dieciochesca Mary Wollstonecraft o al decimonónico John Stuart Mill. Sin desestimar la valía de esos precedentes, y a reserva de investigaciones más autorizadas, las nuestras nos permiten afirmar que el monoscopio moderno, diseñado básicamente como instrumento para desvirtuar el concepto tradicional de familia y recuperado posteriormente para aplicaciones feministas por Simone de Beauvoir, fue inventado por Fiedrich Engels, solo o en compañía. 

En 1884, Engels publicó su libro "Los orígenes de la propiedad privada, la familia y el Estado", mosaico de contradicciones y autodesmentidos aparentemente destinado a deslegitimar históricamente, o más bien, prehistóricamente, las relaciones económicas basadas en la familia.  Aunque el paso del tiempo se ha encargado de reducir a calderilla los valores centrales del libro y su nostalgia latente de un comunismo primigenio más inventado que real, vale la pena mencionar –para dar un poco de luz a su lectura tras varios lustros de oscurecimiento y desinformación sistemáticos– ciertos conceptos que, a pesar de tener cimientos tan arenosos e inestables como el resto de la obra, han sobrevivido intactos a los derrumbamientos de regímenes, muros y telones.

Amparado en las penumbras científicas de su tiempo y en las vastas lagunas y hondas simas de una paleoantropología incipiente, Engels nos describe una humanidad paleolítica bastante parecida a una horda de monos, más interesada en la cópula indiscriminada y el apareamiento ocasional que en los lazos de paternidad y filiación –"un estadio primitivo en el cual imperaba en el seno de la tribu el comercio sexual promiscuo, de modo que cada mujer pertenecía igualmente a todos los hombres y cada hombre a todas las mujeres […] un estado de cosas en que los hombres practican la poligamia y sus mujeres la poliandria y en que, por consiguiente, los hijos de unos y otros se consideran comunes"– y en la que, por supuesto, no existían, ni siquiera como concepto, la propiedad privada o la herencia.  Ni que decir tiene que, siendo todos hijos del azar, las relaciones de parentesco se ajustaban al modelo matrilineal.  Sin discutirle a Engels su pericia para llevar agua a su molino ideológico, sí podemos considerarnos lo suficientemente respaldados por el estado actual de la ciencia como para afirmar que su primitivo paraíso comunista y matriarcal sólo han existido en su imaginación. 

En cierto modo, los avances científicos más sustanciales del último siglo y medio se los debemos a la paleoantropología.  Y subrayo la palabra sustanciales porque la paleoantropología ha cambiado, para bien o para mal, nuestra sustancia humana o, al menos, la forma en que la percibimos: hemos dejado de ser la imagen de Dios para convertirnos en primates evolucionados. Pues bien, la paleantropología que acababa de nacer en tiempos de Engels y cuyo desarrollo futuro era inimaginable para el pensador alemán, desautoriza sus teorías sobre la universal poligamia indiferenciada del hombre primitivo hasta el punto de hacer remontar nuestra monogamia ancestral a especies antecesoras de la humana.[1] Pero el estado embrionario de la paleoantropología coetánea de Engels no es excusa para sus desatinadas teorías, ya que, como veremos un poco más adelante, los conocimientos de su época bastaban y sobraban para desechar sus hipótesis sobre la promiscuidad sexual y el desconocimiento de la paternidad.  Que el desatino se repita por boca de sus herederas intelectuales en pleno siglo XXI es el efecto natural de vivir en el interior de un poliedro ideológico. 

Nos explica Engels que, con la llegada de las bonanzas neolíticas, los hombres dejaron de vagar por el ancho mundo en busca de caza y frutos silvestres y se hicieron agricultores y ganaderos.  Como es lógico, los que tenían más maña con el arado o mejor mano para el ganado no estaban muy conformes a la hora de repartir y socializar los frutos, ahora más abundantes, de su trabajo. Parece, en particular, que les entró –siempre según Engels– un repentino interés por diferenciar, en la pequeña horda infantil, sus hijos de los ajenos. Difícil hubo de ser la tarea, después de tanto "uno para todas y todos para una", o viceversa, pero al final acabó por recomponerse un nuevo orden social en que cada hombre logró la fidelidad (teórica, al menos) de una mujer y, con ello, la paternidad (siquiera putativa) de su prole.  Así, por motivos puramente económicos, surgió la monogamia, según nos explica Engels: 

"La monogamia nació de la concentración de grandes riquezas en las mismas manos ��las de un hombre– y del deseo de transmitir esas riquezas por herencia a los hijos de este hombre, excluyendo a los de cualquier otro". "El primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino. […]  El hombre es en la familia el burgués; la mujer representa en ella al proletario." (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, capítulo 2) 

Es decir, el hombre, interesado en disfrutar en exclusiva el fruto de su esfuerzo y transmitirlo a sus hijos, inventó la propiedad privada y la herencia, no sin antes instaurar una siempre dudosa fidelidad conyugal que preservase la verdad biológica de su paternidad. Entró, pues, en la escena de la historia el gran sojuzgador, el reyezuelo doméstico, el administrador de todos los despotismos y esclavitudes: el patriarca. 

En ese nuevo orden social siempre de acuerdo con la formulación de Engelstenemos, por un lado, al hombre, que es el instrumento de producción; y por otro, a la mujer, que es el instrumento de reproducción. Engels, interesado a toda costa en hacer prevalecer su modelo comunal y necesitado de una lucha de clases a escala doméstica,  en ningún momento sintió curiosidad por averiguar si los beneficios del nuevo orden familiar eran recíprocos para el hombre y la mujer, ni tampoco fue fiel a su propia lógica al determinar quién salía más beneficiado de ese nuevo orden familiar, si el hombre que producía las riquezas o la mujer que las disfrutaba sin haberlas producido.  

Con la publicación del libro de Engels, la interpretación marxista de la historia hallaba su paralelo en el ámbito doméstico: las relaciones familiares pasaron a explicarse en términos de lucha de clases.  Durante largos decenios, la teoría debió parecer suficientemente estrafalaria como para que nadie la tomara en serio.  Pero casi un siglo más tarde, cuando la casa madre del primer socialismo comenzó a tornarse inhóspita y sus moradores buscaron cobijo en los nichos ideológicos menores, la lucha entre maridos burgueses y esposas proletarias, el bolchevismo doméstico, se convirtió en un nuevo potosí electoral.  Los hijos de Marx iniciaron una intensa luna de miel con las hijas de Engels.  Éstas, con su instinto natural para "convertir lo personal en político", habían por entonces hecho tan profundas incursiones en los territorios de la izquierda y la derecha y cosechado tantas victorias en su dogmática "lucha de clases" que ya no las habría reconocido ni su decimonónico padre.  

La gran paradoja que el destino reservaba a las teorías de Engels sobre las relaciones familiares fue su profundo arraigo en los Estados Unidos y en la Europa capitalista. Mientras que los países occidentales, encabezados por los Estados Unidos, destinaban gran parte de sus recursos a una guerra fría en la que, finalmente, acabaron derrotando en toda regla al marxismo y a sus herederos más o menos legítimos, las formulaciones de Engels germinaban y echaban hondas raíces en los propios países vencedores. El terreno que la interpretación de la historia como lucha de clases perdía por el lado político y social, lo ganaba por el lado familiar y personal. Mientras la caída del muro de Berlín cerraba simbólicamente el capítulo histórico abierto por Marx y Engels, otro muro invisible se alzaba entre las dos grandes clases sociales descritas por ellos: el hombre "explotador" y la mujer "explotada".  El agonizante Absurdistán oriental renacía con vigor renovado en el Absurdistán occidental.  A un error sucedía una ofuscación.  Y del mismo modo que el observador bienintencionado podía haber discernido con facilidad -mucho antes de que la caída del comunismo convirtiera ese discernimiento en una certeza mecánicamente aceptada- que la interpretación de la historia como lucha de clases sólo era aplicable, y con grandes reservas, a épocas históricas posteriores a la revolución industrial, la interpretación del matrimonio como lucha de clases sólo puede entusiasmar a personas aquejadas de una aguda miopía histórica que les impida ver modelos de familia distintos de la moderna unidad familiar urbana de clase trabajadora en la que el hombre gana un salario ("posee los medios de producción") y la mujer realiza las tareas domésticas y cuida de la prole. Aún así, habría que mirar muy de cerca quien llevó la peor parte en esa forma de reparto y, sobre todo, hasta qué punto se trata de un modelo económico "impuesto" por el hombre. 

Engels, audaz propagandístico político, parecía tener en poco la verdad histórica. Cada página de su obra se consagra a demostrar la bondad de la sociedad sin clases, aunque para ello tenga que remontarse, literalmente, a la edad de la piedra, porque es en pleno paleolítico donde el autor alemán encuentra esa sociedad tribal en la que, al menos aparentemente, no existe división de clases. En cambio, la civilización se nos presenta como la pérdida de ese edén social, una degradación: 

"Los intereses más viles –la baja codicia, la brutal avidez por los goces, la sórdida avaricia, el robo egoísta de la propiedad común– inauguran la nueva sociedad civilizada, la sociedad de clases; los medios más vergonzosos –el robo, la violencia, la perfidia, la traición–, minan la antigua sociedad de las gens, sociedad sin clases, y la conducen a su perdición. Y la misma nueva sociedad, a través de los dos mil quinientos años de su existencia, no ha sido nunca más que el desarrollo de una ínfima minoría a expensas de una inmensa mayoría de explotados y oprimidos" (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, capítulo 3). 

La historia, y sobre todo la historia reciente, parecen haber quitado ya todo sentido a cualquier polémica sobre las ventajas de los viejos paraísos tribales donde todo es común –en particular la pobreza, el hambre, la enfermedad y la intemperie– o los inconvenientes de nuestra milenaria sociedad clasista de riquezas mal repartidas, pero cada vez menos visitada por los cuatro jinetes del Apocalipsis.  Sin embargo, aunque nadie mínimamente interesado por las lecciones del pasado o medianamente dotado de sentido común comparta la añoranza engelsiana por esas utópicas sociedades tribales en las que no existía la propiedad privada por la sencilla razón de que no había bienes que poseer, la obcecación se mantiene intacta en lo que respecta al planteamiento incidental y menor de la obra de Engels, es decir, la explicación de las relaciones familiares "postribales" como explotación de la mujer por el hombre, la interpretación de la historia como un proceso de sojuzgamiento ininterrumpido de un sexo por el otro. 

Para convencer a sus coetáneos –y a buena parte de los nuestros– de las excelencias de esa remota humanidad supuestamente matriarcal y comunista, Engels nos menciona testimonios variopintos de misioneros o viajeros que conocieron sociedades fósiles en islas apartadas y parajes ignotos, la experiencia de Morgan entre los iroqueses, las teorías del jurista Bachofen o incluso la referencia errónea de Estrabón a un supuesto derecho sucesorio matrilineal o ginecocracia entre nuestros cántabros del siglo I a. C., inapelablemente desmentida por hallazgos arqueológicos y epigráficos mucho más fiables. En cuanto al modelo iroqués, que constituye el eje de su obra, es preciso tener presente que la filiación matrilineal no está reñida con el reconocimiento de la familia nuclear ni con el ejercicio del poder oficial por los varones, tal como consta en la Constitución iroquesa.[2]. Bachofen, el otro gran inspirador de Engels, también parte en su análisis de premisas (la promiscuidad sexual y el desconocimiento de la paternidad "en los tiempos primitivos") que, al cabo de siglo y medio de avances en materia de paleoantropología, han perdido todo valor científico. 

Lo que Engels evitó concienzudamente fue cualquier referencia al ejemplo de primitivismo más visible y, con mucho, mejor conocido que tenía, por así decirlo, delante de sus narices: las sociedades paleolíticas de los indios de América del Norte (con excepción de su pertinaz recurrencia a su alter ego Morgan y sus teorías sobre la ya más diluida en el tiempo y menos conocida sociedad de los iroqueses).  Si, en lugar de atribuir a grupos humanos legendarios los comportamientos sociales que necesitaba para rellenar los entresijos de su mampostería ideológica, hubiese Engels acudido a esa fuente antropológica más inmediata, a la batalla desigual librada a lo largo del siglo XIX por los indios de las llanuras, con sus arcos y flechas, contra los regimientos de caballería, con sus rifles de repetición y sus howitzer, las conclusiones que se hubiera visto obligado a establecer hubieran sido bien distintas.  El paleolítico que  Engels nos escamotea es el descrito por los numerosos viajeros y periodistas que, a lo largo del siglo, publicaron el relato de sus experiencias en la "frontera", bien distintos del imaginario paleolítico "comunista" del teórico alemán.  No sólo los jefes apaches Cochise y Jerónimo o los siux Red Cloud y Spotted Tail conocían a su padre y a sus hijos y los amaban, hasta el punto de que ese amor determinó algunos comportamientos trascendentales para sus vidas y las de sus tribus, sino que tenían sendas familias monogámicas (más aún, "patriarcales", para los cánones de Engels).[3] Y todo ello en una etapa de su evolución que, de no haber sido truncada por la civilización invasora, habría requerido aún muchos milenios para llegar a ese neolítico amanecer del patriarcado concebido por Engels.  Mientras Engels armaba su estructura prefabricada contra la familia, la propiedad privada y la herencia, por toda América del Norte cundía el ejemplo de una sociedad que dejaba sin cimientos todo el edificio ideológico recién levantado. 

La vida económica del indio siux o comanche giraba íntegramente en torno al bisonte (los inmensos rebaños de más de 20.000 cabezas que alcanzó a ver la expedición oficial de Lewis y Clark en 1804), que proporcionaba a la tribu todos sus medios de subsistencia: el "tepee" en que se guarecía, la ropa y el calzado con que se abrigaba, la grasa con que se protegía contra el frío, y sobre todo, la carne con que se alimentaba durante todo el año, ya fuese fresca o transformada en "pemmican" seco para las temporadas bajas de caza.  "Hagamos que desaparezca el bisonte y desaparecerán los indios", era la estrategia predilecta del general Sheridan.  Ahora bien ¿quién poseía los "medios de producción" en esa sociedad cazadora, antecesora en muchos milenios a la sociedad neolítica anatematizada por Engels?  ¿No es absolutamente cierto e innegable que el verdadero "propietario" de esos medios de producción –de los que dependía la supervivencia física de todo el grupo, y en particular la de las mujeres, los niños y los ancianos– era el varón, el guerrero capaz de emprender extenuantes y peligrosas partidas de caza con sus rudimentarias armas, y defender al precio de su sangre y de su vida esa riqueza contra otros grupos que trataban también de sobrevivir en el mismo territorio?  ¿Acaso en esa sociedad cabe imaginar la supervivencia de la tribu, incluidas sus mujeres, sin la actividad especializada –guerrera y cazadora– del hombre?  ¿No equivale esa capacidad exclusiva de caza y defensa a poseer los medios de producción, más aún, de supervivencia?  ¿Cómo se puede, frente a esa realidad, sostener que la llegada del neolítico concentró los medios de producción en manos del varón y, con ello, se inició la etapa patriarcal de opresión de la mujer por el hombre?  

Paradójicamente, y al margen de las funciones esenciales de reproducción, crianza y supervivencia del grupo a largo plazo, donde menos capacidad de decisión social tiene la mujer es en ese paraíso perdido y soñado por el marxismo, esa sociedad paleolítica donde todo lo importante parecen decidirlo las asambleas de guerreros y cazadores (así al menos se desprende de los numerosos testimonios directos conservados de los indios de Norteamérica) y donde la supervivencia inmediata depende del guerrero y el cazador y la importancia de la mujer como recolectora estacional no basta para cubrir las necesidades del grupo.[4] La mujer de las largas marchas determinadas por las migraciones estacionales del bisonte, la mujer que no puede competir con el hombre en los terrenos cruciales de la caza y la guerra, la mujer paleolítica, en suma, está muy lejos del modelo de igualdad social diseñado por Engels a la medida de sus necesidades propagandísticas.  En cambio, la preponderancia y el protagonismo de la mujer cobran relieve con la llegada del denostado "capitalismo" neolítico y la importancia creciente del hogar nuclear, es decir, de la familia "patriarcal".  Es en ese hogar nuclear donde la mujer tiene verdadero poder, organiza el pequeño mundo familiar en que están ahora concentrados todos los intereses del marido, y participa en las decisiones y en la administración de los bienes.  El hogar neolítico y la nueva economía familiar son para la mujer espacios de mayor independencia personal y capacidad decisoria que la tribu trashumante donde la trayectoria de su vida está predeterminada por los avatares de la caza y la guerra, en los que ella no participa y de cuyo resultado depende su vida. Decirle a una mujer sumeria que abandonase su casa y sus tierras, donde vivía como clase explotada por  su marido, para volver a errar por desiertos y estepas, confundida con el pelotón amorfo de mujeres y niños que sigue al grupo de cazadores y guerreros, hubiese sido como mentarle el paraíso estalinista a la burguesa lituana de nuestros días que empieza a habituarse a las opresiones del liberalismo.

Durante milenios, el poder se adquirió y conservó por la fuerza de la espada y el caudillaje. Sin embargo, fueron muchas las mujeres que llegaron al poder supremo sin necesidad de abrirse paso hasta él o conservarlo por la fuerza de la espada. Otras muchas fueron alzadas sin esfuerzo de las clases más humildes a las más altas jerarquías sociales. ¿Qué pacto social o institucional permitió a esas mujeres ocupar la cúspide de la jerarquía social? La familia, la condición de esposas, madres o hijas de los caudillos. Exactamente la misma institución considerada fuente de opresión femenina por Engels y herederas. La familia, no sólo no es la fuente de tal opresión, sino que permite a la mujer ocupar el mismo rango que el marido y da legitimidad a su poder, y esto ha sido así en todas las civilizaciones y culturas.

En las miniaturas de los antifonarios medievales vemos a las mujeres trabajando en el campo exactamente igual que las vimos de niños en los años cincuenta en la España rural. En esa España ancestral del noroeste peninsular, que sólo en los años sesenta salió de la rutina secular descrita en los textos de Gonzalo de Berceo o del Arcipreste de Hita, las decisiones colectivas se tomaban en "concejo", órgano supremo de una democracia minimalista en el que, generalmente los hombres, pero también las mujeres, podían exponer las posiciones previamente adoptadas en el seno de cada familia. Sería difícil ver en esas comunidades rurales, aún tan próximas a las economías agrícolas de susbsistencia del neolítico, el marco de explotación de la mujer proletaria por el hombre burgués, tal como lo inventó Engels.  Al revolverse contra la familia, tanto Engels como sus discípulas, parecen olvidar que, para la inmensa mayoría de los seres humanos, la familia ha sido el marco primario de decisión que ha regido sus vidas, y que la capacidad de decisión en ese ámbito no se basa en principios establecidos e inmutables, sino en la personalidad y la capacidad de convicción (incluidas las artes de seducción) de sus miembros. Engels, que ensalza a las mujeres iroquesas que elegían a los jefes de clan  y los mandaban a la guerra con los demás hombres, no debería banalizar esa otra forma de poder privado, que es como una réplica a pequeña escala del modelo de autoridad adoptado por los políticos más sagaces: el que permite ejercer todas las prerrogativas del mando y, sin embargo, eludir el desgaste y el peligro de sus responsabilidades. 

A lo largo de su obra, Engels nos da la impresión de mantener un ojo tapado mientras escribe, es decir, de centrar toda la potencia de su análisis en el trozo de paisaje (real o inventado) que conviene a sus tesis, por minúsculo e insignificante que sea, y dejar deliberadamente fuera del encuadre accidentes del relieve circundante mucho más notorios. Esa forma "monoscópica" de presentar la realidad tiene el mismo efecto, ya mencionado, del foco que se proyecta sobre el escenario del teatro y exalta ante los ojos de los espectadores la figura envuelta por el haz de luz, pero deja en la oscuridad al resto de los personajes. Cuando la realidad estorba demasiado, es indispensable recurrir a la luminotecnia y los trucos de linterna china para empequeñecer unas cosas y agigantar otras. Como tendremos ocasión de ver más adelante, el enfoque monoscópico adoptado por Engels será también la fórmula mágica que sus herederas intelectuales aplicarán invariablemente en sus estudios y construcciones ideológicas y pondrán al servicio de la teoría más absurda de nuestro tiempo: la interpretación de las relaciones familiares como una lucha de clases entre los sexos. Los ecos del primer feminismo -el sufragismo- se habían extinguido hacía varios decenios y la mujer se incorporaba paulatina y pacíficamente al sistema laboral y profesional de un sector de servicios en continua expansión, cuando Simone de Beauvoir -la heredera de Engels que volvía de sus viajes a Rusia cantando las bienaventuranzas del régimen estalinista- retomó, en El segundo sexo (1949), biblia del feminismo posterior, las formulaciones de su maestro sobre la lucha de clases intrafamiliar. En esencia, el feminismo que ha atronado nuestros oídos a partir de los años 60 es la vieja monserga engelsiana sobre la explotación milenaria de la mujer a manos del hombre. Engels formuló su teoría sin ningún propósito feminista, ya que su único objetivo era sacrificar la institución familiar al ideal comunista. Beauvoir, que tenía un pie en cada charco, hizo un matrimonio de conveniencia entre el comunismo, hoy relegado por derecho propio a la tinieblas de la historia, y el feminismo, reedición del comunismo a nivel doméstico y émulo de un fallo histórico igualmente tenebroso. 

 [2006]


NOTAS

[1] Incluso las leyes de la selección natural refuerzan la teoría de la monogamia ancestral de la especie humana. Según una constatación generalmente admitida por los primatólogos, en todas las especies de primates (incluida la humana) existe una clara correlación entre el tamaño de los testículos y los hábitos reproductivos. En las especies que tienen los testículos comparativamente pequeños para su tamaño corporal, como por ejemplo los gorilas, la competencia reproductiva se establece al nivel de la cópula, según dos modalidades básicas: o bien el macho más poderoso impide que cualquiera de los restantes machos se aparee con las hembras del grupo (caso de los gorilas); o bien se establecen relaciones de monogamia (caso de los gibones). En cambio, otras especies, como los chimpancés, establecen la competencia reproductiva al nivel de la fecundación: las hembras copulan indistintamente con todos los machos del grupo, por lo que estos compiten genéticamente entre sí mediante la emisión de mayores cantidades de espermatozoides. Según parece, el mayor tamaño de los testículos favorece en estas especies la producción de espermatozoides en mayores cantidades, de cola más larga y con mayor movilidad. Pues bien, teniendo en cuenta esas consideraciones, así como el escaso dimorfismo sexual de nuestra especie en lo que respecta a peso corporal –que indica que no existía un alto nivel de competencia entre los machos por las hembras-, los primatólogos incluyen a los humanos en el grupo de especies monógamas. (J.L. Arsuaga, La especie elegida, Temas de Hoy, 1998, págs. 205-207; Sarah Blaffer Hrdy, Mother nature, Ballantine Books, Nueva York, 2000, págs. 217-219).


[2] En el artículo 46 de la célebre Constitución iroquesa transmitida por la tradición oral (versión ofrecida por el University of Oklahoma Law Center) se establece, al describir la ceremonia de presentación de un recién nacido, que uno de los parientes, designado como portavoz, proclamará "los nombres del padre y de la madre de niño, junto con el clan de la madre…" El artículo 66 de esa Constitución comienza con una alusión al padre: "El padre de un niño dotado de especial talento, capacidad para aprender o especialmente amado por alguna circunstancia…" Por otra parte, y a juzgar por esa misma Constitución, la sociedad iroquesa es matrilineal -a efectos de herencias de bienes y títulos-, pero no matriarcal en sentido estricto, ya que el poder, básicamente militar, lo ejercen los varones.


[3] En todos los relatos históricos sobre los indios "paleolíticos" de Norteamérica están presentes los lazos de la familia nuclear. Jerónimo, por ejemplo, dejó de ser el alegre y despreocupado indio Goyathlay para convertirse en el vengador implacable rebautizado con ese legendario nombre por los mexicanos después de que su madre, su mujer y sus dos hijos fueran asesinados por una partida de soldados. Cuando murió el gran jefe Cochise, su hijo Taza y, muerto éste, su segundo hijo Naiche le sucedieron a la cabeza de los apaches chiricahuas. En 1865, el jefe siux Spotted Tail logró hacer realidad el deseo de su hija, recién fallecida, de ser enterrada en el cementerio de los "blancos" en Fort Laramie, en una solemne ceremonia que determinó a su vez al jefe indio a enterrar el hacha de guerra para siempre. El tenaz esfuerzo del más brillante de todos los líderes indios, el oglala Red Cloud, por preservar los territorios de caza y los modos de vida ancestrales de los siux se debió, en buena medida, a la temprana experiencia de la muerte de su padre, fulminado por el "agua de fuego" utilizada por los colonos blancos para doblegar la resistencia de los nativos. Tras el asesinato de su hijo por unos colonos tejanos en 1873, el jefe kiowa Lone Wolf rompió el tratado de Medicine Lodge (Kansas), firmado en 1867, y reanudó una guerra que duraría dos años más. El jefe de guerra Gall, lugarteniente del célebre Sitting Bull (hijo a su vez de un jefe siux menor llamado como él Sitting Bull y apodado Four Horns), se había criado como huérfano en la tribu siux de los Hunkpapas; años después, los soldados mataron a su mujer y sus hijos en la jornada de Little Big Horn, en la que Gall fue el principal artífice del contrataque que culminó en la derrota del general Custer. Quana Parker, el principal jefe comanche, era hijo de Nokoni, otro jefe de guerra, y de Cynthia Ann Parker, mujer blanca capturada por la tribu en 1835. Los ejemplos de esta omnipresencia de la familia nuclear serían infinitos.

 
[4] La importancia de las mujeres recolectoras en la economía de los grupos paleolíticos ha querido apuntalarse con la "teoría de las abuelas prehistóricas", formulada por los paleoantropólogos Hawkes, O'Connell y Blurton en 1989, y según la cual nuestra especie sería la única cuya longevidad sobrepasa con creces la edad de menopausia de la mujer -longevidad también transmitida al hombre por herencia genética- con la única finalidad de que las abuelas del pleistoceno pudiesen ayudar a sus hijas en la crianza de la generación siguiente, es decir, la de sus nietos. Las conclusiones de estos antropólogos se basan en el estudio de un grupo de unos 600 individuos cazadores y recolectores de Tanzanía, los Hazda, que, según parece, siguen fieles a sus comportamientos paleolíticos en nuestros días. La contribución de las abuelas recolectoras habría sido esencial para la supervivencia de los niños en los primeros años de vida, al garantizar un suministro regular de frutos, como alternativa segura a los azares de la caza. Con arreglo a esa teoría, cara al feminismo, la mujer habría aportado las funciones básicas de maternidad y crianza y garantizado la supervivencia de los más débiles, relegando al hombre a funciones muy secundarias para la supervivencia de la especie.

En su obra "El collar del Neanderthal", Juan Luis Arsuaga nos muestra los puntos débiles de esa teoría. En primer lugar, la economía de los grupos prehistóricos (incluidos los hazda) es una economía de grupo, no de familia nuclear, por lo que tanto las aportaciones de frutos como las piezas de caza obtenidas por los hombres (abuelos incluidos) se comparten. Esto deja sin sentido la teoría de que las abuelas renunciaban a transmitir la mitad de sus propios genes a su descendencia inmediata para asegurar la supervivencia de los genes ya transmitidos (es decir, de la cuarta parte de ellos) en la generación de sus nietos. Por otro lado, es frecuente que las hijas emigren a otro grupo al llegar a la edad fértil, por lo que el sacrificio evolutivo de la menopausia sería muy poco rentable para la mayoría de las abuelas. En tercer lugar, la hipótesis de la abuela se basa en la existencia de un fruto local de gran importancia en la economía de los hazda (el tubérculo de la especie Vigna frutescens, denominado ekwa en el lenguaje nativo), pero no es en modo alguno extrapolable a otras economías de otras latitudes basadas en otro tipo de alimentación (por ejemplo, los inuit, cuya dieta vegetal es casi inexistente).

Aparte de que la generalización de los hábitos de supervivencia de un pequeño grupo en un ecosistema concreto (Hazda) a toda la especie no parece justificada, es preciso tener presente que la irregularidad de la caza -que supuestamente habría hecho necesaria la intervención de las abuelas para proporcionar el sustento básico-, siempre será menos arriesgada que la "regularidad" estacional de los frutos vegetales, sobre todo en las regiones templadas o frías, donde los frutos son prácticamente inexistentes durante meses (no olvidemos que en el pleistoceno no se había inventado la agricultura ni los cultivos de invierno).

Al igual que Engels, los autores de la "teoría de las abuelas" optan por prescindir del inmenso y bien documentado escenario paleolítico que contemplaron sus abuelos en las Grandes Llanuras para circunscribirse al estudio de una cultura de plató prehistórico y tratar de generalizar sus conclusiones a la evolución de toda la especie humana.

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