Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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Luna de enero

Los Malvares, 15 de enero de 2010

Creo que poseo en razonable medida las tres potencias del alma –memoria, entendimiento y voluntad- y utilizo a mi antojo las dos primeras. Pero pocas veces me está permitido ejercer la tercera, y esta limitación es la que me ha metido de bruces en la experiencia que paso a contar.

La cosa empezó una tarde de diciembre. Manolo, el presidente de la asociación de vecinos, había estado considerándome un buen rato desde el otro lado de la verja, algo que no me extrañó, pues todos los transeúntes que pasean o hacen footing por los alrededores suelen quedarse embobados mirándome, como si nunca hubieran visto un filósofo entregado a sus reflexiones.

Luego llamó al timbre e interrumpió la siesta de Pacífico, que asomó a la ventana con aspecto contrariado. "Qué querrá ese tocapelotas", le oí mascullar con voz imperceptible –aunque no tanto como para burlar el radar de mis grandes orejas-, mientras hacía un saludo perfectamente hipócrita con la mano.

Hablaron sobre el tiempo:

- Pues sí que tiene esto toda la pinta de que va nevar...

- Sí que la tiene, sí. 

Hablaron sobre el clima:

- Pero lo que es como antes… como antes ya no nieva, eso sí que no.

- ¡Qué va, ni de lejos! ¡Aquélla inminente glaciación de los 70, cuando eramos chavales! ¡Eso sí que era nevar!

Y, por fin, pasaron a la cuestión de fondo:

- Verás, Pacífico. En el club social queremos montar un belén viviente y hemos pensado, ejem, hemos pensado en Lucio. Para el papel de asno, claro.

Claro. No iba a ser para ponerme en la cuna. Pero Pacífico no lo vio tan claro:

- Mira, Manolo. Es que yo no soy creyente, sabes, y no me gusta que se haga uso público de los símbolos religiosos.

- ¡Por Dios, digo, por favor, Pacífico! ¿De dónde sacas que Lucio sea un símbolo religioso? ¿Acaso va a misa o reza el padrenuestro?

- El belén, Manolo, el belén es el símbolo religioso, y como todos los símbolos religiosos, significa ignorancia, fanatismo, intolerancia y discriminación. Y no quiero contribuir…

- ¡Hombre, Pacífico! Que se trata de una tradición secular y es parte de nuestra cultura. ¿Cómo quieres que los niños entiendan a Lope de Vega, o se interesen por Rubens, si no conocen la historia del Nacimiento o la Adoración de los Magos, que es la materia prima de sus obras? No se trata de ser o no religioso. Se trata de nuestra tradición, nuestra cultura… Más aún, se trata de nuestra mitología: en vez de ninfas y faunos, aquí tenemos ángeles y pastores.

Creo que esta degradación de lo religioso al rango de mitológico fue del agrado de Pacífico. Visto desde esa perspectiva, el cristianismo también tenía su lado laico, exclusivamente artístico y literario, como el paganismo, vamos. Bien mirado, si un ateo con cierta sensibilidad podía emocionarse con la historia de Eros y Psique -el mito más bello de la Antigüedad, y lo digo sin considerarme parte interesada-, por qué habría de menospreciar el relato del Diluvio Universal o la terrible historia del Ángel Exterminador. De acuerdo, las segundas eran narraciones algo más pesimistas y tenebrosas, pero al fin y al cabo todo era buena literatura.

- Bueno, visto así... -empezó a titubear Pacífico.

- ¡Claro, hombre! Si sólo se trata de preservar las viejas costumbres.

Pero no siempre las buenas intenciones acaban en buenas acciones. Violeta, que debía llevar todo el rato con la oreja pegada a la puerta, irrumpió en la conversación. Sólo que ella tocaba en un registro más agudo. Su perspectiva era la perspectiva por antonomasia, o sea, la inevitable perspectiva de género.

- Esto de poner belenes –recitó con su vehemencia habitual- es una tradición patriarcal que hay que erradicar. San José, Herodes, los Reyes Magos, los pastores, los ángeles… Todo un universo de varones que invisibilizan a la única mujer de la historia, María, y encima la reducen a la condición de virgen y vaso de pureza, banalizándola, cosificándola... Machismo ancestral, eso son los belenes.

Bueno -pensé para mis adentros-, por lo menos, la polémica del sexo de los ángeles está, por fin, resuelta.

- Pero esto lo arreglo yo como me llamo Violeta  -zanjó decidida-, ya lo creo que sí. Lo que haremos será el belén más moderno, progresista e igualitario que se haya visto nunca.

El buen Manolo se quedó boquiabierto y, conociendo como conocía a Violeta, comprendió que, en ese momento, el asunto acababa de írsele de las manos. "Donde bala este toro, no bala ningún ternero", debió de reconocer el gaucho Manolo, o al menos ésa era la idea que se leía en su semblante.

Y así fue como pasé a formar parte del belén viviente más raro y novedoso que se ha haya hecho nunca. Como es natural, por compañera me pusieron una vaca, que es la compañía más aburrida del mundo. ¡Qué puede tener de interesante una criatura capaz de pasarse una tarde entera sin hacer otra cosa que mirar al infinito y mover las mandíbulas con inalterable parsimonia! Sin embargo, a pesar de su insipidez, las vacas han seducido a la especie humana, que las ha sacralizado. ¡Oh, tiempos de materialismo! Siendo la especie asnal la que más lustre y brillo ha dado a la literatura, desde Apuleyo y Luciano hasta Cervantes y Samaniego, e incluso ganado el premio Nobel con Platero, se ve abocada a la extinción, mientras prosperan y son objeto de veneración especies cuyo único mérito es producir leche o jamón ibérico. Esto me hace caer en la cuenta de que la naturaleza ofrece extraños modelos. Con frecuencia, los prohombres más admirados suelen tener también algo de rumiantes sagrados, parapetados siempre tras su fachada de hieratismo y triturando incansablemente unas cuantas -siempre las mismas- frases prestadas.

Bueno, pues como iba diciendo, la vaca se colocó con toda su vulgaridad a un lado, y yo al otro -cuidadoso de no mostrar mis enormes dientes ni incurrir en otras ordinarieces propias mi especie, como rebuznos, priapismos o excreciones orgánicas- y moviendo graciosamente la cabeza y las pezuñas para atraer la simpatía de los visitantes. Ya se sabe que para los humanos no hay nada más enternecedor que un animal que haga cosas de niño.

Por un momento, y en aplicación de su designio igualitario, Violeta quiso intercambiar los papeles de San José y la Virgen, ella de pie con el gran cayado bíblico y él sentadico con el niño en el regazo, y también consideró la posibilidad de sustituir el báculo "patriarcal" de San José por instrumentos de tradición menos viril, como la fregona o la escoba, pero algún santo le alumbró una idea mejor y más atrevida. Así que colocó en el portal a dos mujeres: Josefa y María, y bajo ellas, sendos rótulos que decían "El amor es ciego" y "Concebí sin varón", forzada alusión al lesbianismo que, probablemente, nadie entendió.

También se debatieron las opciones Niño Jesús/Niña Jesusa, por aquello de la paridad. Pero cavilando, cavilando, Violeta recordó que Gloria Steinem, uno de los apóstoles mayores del feminismo, afirma que el diseño de los templos cristianos no es otra cosa que la respresentación patriarcal del aparato reproductor femenino, con su doble pórtico (labios mayores y menores), su profunda nave central (vagina), y sus ábsides semicirculares (ovarios), y que toda la liturgia cristiana es una escenificación de simbólicos coitos, violaciones y alumbramientos. Así que, inspirada por ese referente eximio de osadía e ignorancia, sin amilanarse por el qué dirán y dispuesta a hacer reparación y venganza contra tantos siglos de iconografía falocrática, Violeta decidió no ser menos visionaria que Steinem y colocó, en lugar de cuna, una especie de cesta vacía con el siguiente letrero explicativo: "Violada por el Espíritu Santo, María ha optado por ejercer sus derechos de salud reproductiva". ¡Casi nada! Como Steinem, Violeta acababa de reinventar el agujero de los macarrones al descifrar otro jeroglífico de la gran conspiración milenaria del machismo: la violación sobrenatural como mensaje subliminal para propiciar la otra, la natural, y perpetuar así la sujeción de la mujer, etc.

- Con tal modelo, no me extraña que la especie humana sea la única en la que los machos violan a las hembras -concluyó radiante.

Olvidó añadir que también es la única especie en la que las hembras se violan entre sí, y proporcionalmente con mucho mayor frecuencia. Y también la única en la que las hembras sacrifican a la cuarta parte de las crías antes de que nazcan. Y la única en que los machos ceden los botes a las hembras cuando los barcos se hunden. En fin, todas estas valoraciones dependen de que se quiera ver un islote de la realidad o su mapa completo.

Pero volvamos a nuestro belén, con sus reyes y castillos. Por supuesto, Herodes siguió siendo un patriarca malvado y sangriento de barba negra como la noche. Pero hubo Tres Reinas Magas (Melchora, Gaspara y Baltasara), que regalaban muñecas a los niños y coches todoterreno a las niñas (ni que decir tiene que enseguida se organizó un mercadillo de trueque en las afueras del recinto). La representación militar fue paritaria, y se configuró un pequeño ejército de soldados y soldadas romanos y romanas. Los soldados, con su zafiedad habitual de calzones y abarcas. Las soldadas, con elegantes coturnos y unas minitúnicas ceñidas como para poner en pie de guerra incluso a un asno. Este aspecto militar no se fraguó sin cierto debate previo, porque Violeta quería amazonas indómitas, y Pacífico hippies barbudos. Al final prevaleció un concepto híbrido, un ejército de paz y amor que, en vez de lanzas y espadas, portaba palmas y ramos de olivo.

Este fue, a grandes rasgos, el belén de Violeta. Durante tres tardes fui herramienta involuntaria de la gran obra de demolición de los valores llamados "patriarcales", es decir, occidentales. Ahora, mientras preparo esta crónica, contemplo la noche estrellada. Por un momento, bajo la espléndida luna de enero que torna intemporal el paisaje de casas bajas y cipreses y permite distinguir al fondo la línea accidentada de la sierra, me olvido de que estamos en el siglo XXI, y la noche me parece cuaquier noche de cualquier siglo. Nadie lo diría, pero mientras todo un hemisferio duerme confiado, el último asno de la comarca siente un punto de nostalgia y aprensión y se pregunta qué quedará cuando Violetas y Pacíficos hayan culminado su gran obra de desconstrucción, y qué nueva fábrica se alzará entonces sobre las ruinas del "patriarcado", es decir, del más espléndido marco de libertad, prosperidad y bienestar que ha sabido erigir la humanidad.

Lucius, primus inter pares

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