Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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Lluvia dorada

Los Malvares, 16 de noviembre de 2009

Mil perdones por la tardanza en escribir, pero esta temporada he andado algo flojo de ánimo. A veces la gente dice: "¡Uf! He tenido una depresión de caballo", cosa sin sentido, porque nunca se ha visto deprimido a un caballo, especie tan dotada de arrogancia como desnuda de sensibilidad, que es la materia prima de la depresión. La verdadera depresión es la depresión de asno, que es la que me ha reducido al silencio durante estos meses. Pero vayamos al grano.

Queridos lectores, podéis creerme o no, pero, desde hace algún tiempo, en esta parte del Absurdistán no llueve como antes. O sea, parece que llueve, pero no llueve. Cae una especie de agua tibia, pero no es exactamente agua de lluvia. En realidad, lo que ocurre es que mean los pájaros. Antes llovía como en cualquier otro lugar, pero ya no. Ahora mean los pájaros.

¡Extraño fenómeno, pero verídico! Nada que ver con las famosas nieblas meonas del valle del Duero ni con ningún otro régimen de precipitaciones conocido. Son los pájaros. Por supuesto, nadie ha visto nunca un pájaro meando, ni hay constancia de que naturalistas u ornitólogos hayan captado el fenómeno en imágenes o probado fehacientemente su existencia de otro modo. No hay certidumbre empírica, pero cualquiera sabe por la tele que son los pájaros.

Todo empezó cuando el Instituto de Instigaciones, tan mimado en los aledaños del presupuesto y con tanta vara alta en las redacciones, aunque sin más función específica ni ocupación conocida que la de dar empleo a la militancia, formuló la teoría de los pájaros meones, nada más que por hacer algo novedoso y justificar su asignación presupuestaria, y decidió darle cierto respaldo social con una encuesta, qué digo, una Macroencuesta. Así que, en días de lluvia, mandaba por esquinas y encrucijadas a unos macroencuestadores muy serios que espetaban a la gente:

- Oiga, según los últimos parámetros del Instituto, esto no es lluvia, sino pájaros que mean. ¿Usted qué cree?

La gente, perpleja como está con lo del cambio climático, se quedaba muda de estupor. Pero como los macroencuestadores del Instituto son gentes de poca paciencia, que atosigan y confunden a sus interlocutores, y como estos se dejan guiar con facilidad por su hipertrofiado sentido de la corrección política, verdadera brújula de sus vidas, muchos de los interpelados respondían:

-Pues, bien mirado, sí que puede que sean los pajarillos, porque lo que es como antes ya no llueve.

Así que el Instituto seleccionó las respuestas afirmativas, desechó gran parte de las negativas por considerarlas desechables, hizo cuentas y proclamó: "El 80% de los absurdistanos respalda la teoría de los pájaros meones". Desde entonces, los medios de comunicación no han vuelto a hablar de la lluvia, sino de los pájaros, y nadie ha pedido más explicaciones. La verdad oficial ha pasado a ser: ya no llueve, son los pájaros que mean. Cosa que nadie pone en duda, y en esas estamos.

Y ahora relataré algo que parece que no viene a cuento, aunque, como se verá, todo son lobos de la misma camada.

En el selecto club social de Los Malvares, del que apenas me separan una tapia y un camino, se celebró hace poco un importante encuentro sobre violencia de género. En la conferencia de clausura y el posterior coloquio intervino una gran autoridad mundial, un tal Murray o algo así. Entre los asistentes había muchos políticos y no pocos parlamentarios, no sé qué estrella los guiaría hasta aquel belén.

Bueno, la ventaja de tener las orejas tan largas es que pude oír todo lo que allí se habló como si hubiera estado en primera fila. El señor Murray explicó a los asistentes que la violencia en la pareja era una calle de dos direcciones, que pegaban tanto las mujeres como los hombres, y que varios cientos de estudios respaldaban esa conclusión. (De eso bien puedo dar fe yo, que he visto soltar más coces con dos patas que con cuatro).

Tomó la palabra Violeta (o sea, mi dueña) y afirmó con mucho aplomo que la violencia de la mujer era siempre defensiva. (¡Ay, Violeta, si yo hablara!...). Pero, según los datos del viejo profesor, resultó que no, que casi todos los estudios registraban mayores niveles de iniciación de las agresiones físicas por las mujeres. Oí rumores de sorpresa y expresiones de incredulidad. Pero el profesor era categórico. Allí estaba la bibliografía, los cientos de estudios, fáciles de consultar a través de Internet.

Volvió Violeta a la carga y dijo que, si las cosas eran así, por qué había más muertas que muertos a manos de sus parejas. Con gran paciencia, el viejo profesor le explicó que eso era más bien el efecto de las equivocadas políticas de género. Que cuanto más rigurosas eran esas políticas, mayor era el número de víctimas. Que había que elegir entre las estadísticas o la ideología, entre la honestidad o los votos.

Eso -pensé yo para mis adentros- sin entrar a valorar hasta qué punto es moralmente lícito dar un trato político y penal distinto a los homicidios "de género" a causa de su mayor rentabilidad electoral. A fin de cuentas, el número de varones asesinados en el conjunto de la sociedad es cuatro veces mayor que el de mujeres.

Pero quien me dejó atónito fue un asistente que, de entrada, mencionó la recopilación de estudios publicados en 2009 que se presenta en esta web. Este asistente se mostró indignado por la imperturbable naturalidad con que la prensa insiste una y otra vez en que "la violencia de género causa más muertes de mujeres que el cáncer, la malaria, los accidentes de tráfico y la guerra juntos", afirmación que hasta un niño -incluso un niño periodista- sabe que es aparatosamente falsa. En particular, recriminó al partido gobernante su proyecto de endurecer la fracasada ley contra la violencia de género, algo que, en su opinión era ahondar en la discriminación y la arbitrariedad y tratar de apagar el fuego con gasolina. "En fin -concluyó como gavilán que se abate-, qué se puede esperar de una sociedad que cree que los pájaros mean".

Durante unos segundos reinó un silencio incómodo, y tal vez una verdad antigua y casi olvidada trató de aflorar bajo el sedimento de prejuicios más recientes. Pero nadie habló, y el moderador dio por finalizado el acto.

En seguida se sirvieron unos vinos, con el correspondiente aderezo comestible. Durante los primeros minutos, los asistentes fingieron cierto interés por las conclusiones de la conferencia que acababan de escuchar. Entre el rumor general, pude distinguir algunas frases que evidenciaban cierta comezón de actualidad, cierto afán por estar al día: "A veces las cosas no son exactamente como parecen", decía una profesional de la telebasura, gran experta en peleas y divorcios de famosos, cuya voz reconocí sin dificultad. Un catedrático se quejaba: "Lo que pasa es que aquí no hay estudios longitudinales" (¡como si hubiera de los otros!). En fin, las consabidas frasecillas de compromiso.

Al cabo de un rato, el rioja, el jabugo y la natural tendencia del ser humano a la modorra espiritual habían borrado por completo las impresiones del coloquio de todas las mentes, y las cómodas verdades oficiales habían vuelto a ocupar su lugar. Poco a poco, las conversaciones se alejaron hacia los grandes asuntos de la política, es decir, hacia el terreno de la ignorancia, que es el hábitat natural de los políticos, y del disimulo, que en ellos pasa por inteligencia.

Al volver a sus casas, los asistentes parecían ya plenamente repuestos de su breve indigestión intelectual. Los últimos en salir fueron un célebre periodista y un renombrado político que viven aquí cerca, en Los Malvares.

- Interesante debate, sí señor -decía el político-. ¡Menuda lacra: cinco mil años de violencia machista y no hay forma de acabar con ella!

- Suerte que gobiernan ustedes -respondía el periodista, obsequioso-. Por lo menos, el pandero está en buenas manos.

Y, mientras pugnaba por abrir el paraguas, añadía:

- Y encima con este mear de pájaros que tenemos, que no paran en todo el día.

- Sí. El cambio climático los pone locos...

Y se alejaron caminando calle abajo, bajo la lluvia pajarera.

Como lo oí, lo cuento.

¡Ah!, y no me preguntéis si la historia que acabáis de leer es real o inventada. Basta con que os preguntéis si es o no verosímil.

Lucius, primus inter pares

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