Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

>>>Croniquillas de opinión
aumentar feed 

No existen... pero haberlas, haylas

Hace una temporada, todos los medios de comunicación acogieron un estudio del Grupo de Expertos y Expertas del Consejo General del Poder Judicial con titulares tan categóricos como éstos: "El Poder Judicial descarta la existencia de denuncias falsas por malos tratos", "El CGPJ rompe el mito de las denuncias falsas", "Los jueces rompen el mito de las denuncias falsas: sólo una de 530 lo era en caso de maltrato", "Un estudio revela que sólo el 0,19% de las denuncias son falsas", etc. Moisés bajando del Monte Sinaí con las tablas de la ley no hubiera recibido una acogida más entusiasta y subyugada. ¡Uf, qué alivio! -debieron pensar por su parte los lectores- por fin las aguas vuelven a su cauce.

Y es que no pasa un día sin que algún caso de denuncias falsas se cuele en las secciones secundarias de cualquier periódico, y eso siempre es causa de desazón para el lector. ¿En qué quedamos –se pregunta, incómodo-, en que las denuncias falsas existen o en que es otro embeleco conspiranoico? Al lector no le gusta que le digan una cosa y la contraria, ni que le quiten de golpe "la cómoda almohada de las certezas dadas". El lector quiere encontrar en su periódico lo que de antemano espera encontrar.

Análogamente, si me pidieran una definición persuasiva del término "periodista", respondería que es la persona que siempre está deseando decir lo que su público está deseando oír. Sí, ya sé, ésa es también la perfecta definición del político. Pero ahora hablamos de periodistas. En nuestro Absurdistán totalitario, los periodistas dicen lo que el público está deseando oír, y éste a su vez acepta y da por bueno lo que dicen aquéllos, y pide más de lo mismo para el día siguiente. De ese modo, víctima del síndrome del eco, la comunidad de informadores y lectores tiende a moverse en una especie de círculo vicioso en el que no se sabe con exactitud donde está el principio y dónde el final, como aquellas manadas de búfalos que los cazadores sioux hacían galopar en redondo, en una estampida sin fin.

Pero a veces la realidad deja de ser previsible y obliga al periodista a apartarse de la querencia compartida con sus lectores, aunque sólo sea momentáneamente. Desgarradora contradicción interna. Los grandes titulares afirman que las falsas denuncias no existen y, casi al mismo tiempo, la letra pequeña nos cuenta, y me limito a citar algunos casos reales, que tal o cual hombre pasó once meses en la cárcel por ocho denuncias falsas en Sevilla; o tres meses en la cárcel por una denuncia urdida como coartada en Torrejón; o un año en la cárcel por una supuesta relación sexual consentida, pero no deseada, meses antes de iniciarse el divorcio en Huelva; o cuatro meses en la cárcel por unas supuestas lesiones que luego resultaron autoinfligidas en Navalcarnero... Los expertos y expertas podrían tipificar esto como esquizofrenia del informador: dar los días pares una noticia y los impares la contraria. Dice un viejo axioma de periodistas que la noticia no es que un perro muerda a un niño, sino que un niño muerda a un perro. Sin duda, el axioma es aplicable a las mordeduras entre perros y niños, pero no es tan seguro que sea válido para otras situaciones. De hecho, en el caso de las falsas denuncias, ambos tipos de mordedura son, alternativamente, noticia.

Si salen un rato del círculo vicioso mencionado y dejan de correr en redondo como búfalos ofuscados, tanto lectores como periodistas encontrarán comprensible y razonable que no se permita a las mujeres hurgar a su antojo en los cajones de las joyerías, ni se les preste el dinero sin garantía, ni se les alquilen los pisos sin contrato. También reconocerán sin problema que algunas mujeres pueden tirar niños recién nacidos a la basura, militar en grupos terroristas, organizar redes de extorsión, traficar con drogas, asesinar o encargar asesinatos, y hasta formar parte de esa élite de la criminalidad que son los asesinos en serie.

En cambio, por un inexplicable escrúpulo cuyo secreto tal vez conozcan los expertos y expertas del CGPJ y su Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género (Observatorio que, dicho sea de paso, carece de plataforma giratoria y sólo observa en una dirección), al pisar el terreno de las denuncias falsas, todas las mujeres sin excepción se transmutan y pasan a estar hechas de la misma materia incorruptible que los ángeles, y se considera metafísicamente imposible que alguna de ellas ceda a la tentación de utilizar fraudulentamente el mecanismo que le puede reportar más ventajas con el menor riesgo: la denuncia falsa.

El prolijo y errático informe del mencionado Grupo de Expertos y Expertas, trufado de ideología de género y de modélicas sentencias redactadas con perspectiva de género, no tiene absolutamente nada que ver con la existencia o inexistencia de falsas denuncias. En realidad, se refiere a sentencias dictadas por Audiencias Provinciales como resultado de apelaciones contra sentencias condenatorias. Nada que ver con la denuncia falsa utilizada como catapulta para iniciar los trámites de divorcio despachando al marido por los aires. Como dijo el juez Francisco Serrano, las conclusiones de ese informe tienen la misma validez que podría tener un estudio sobre la pobreza… realizado en Beverly Hills. O en La Moraleja, por poner un ejemplo más cercano.

A pesar de todo, casi la mitad de esos fallos condenatorios se basaron exclusivamente en la credibilidad prestada a la palabra de la acusadora. O dicho de otro modo, los jueces decidieron asentar sus sentencias en el prejuicio de que las denuncias falsas no existen. Como reo ante la Inquisición, el acusado tiene que demostrar, en tales casos, que la denuncia es falsa, que los hechos juzgados no han ocurrido, que algo que es posible no ha existido. Es la prueba diabólica, llamada tal vez así porque, para salir airoso de ella, hay que tener pacto con el diablo. Como las meigas, oiga, que -al igual que las denuncias falsas- tampoco existen, pero haberlas, haylas.

[06/03/2010]

SECCIONES

TEMAS

PECERA DE IDEAS


********


Página inicial - Mapa del sitio - Contacto: c0rreo - Madrid, 2007-2013

Los contenidos de este sitio web podrán utilizarse o reproducirse libremente
para fines no lucrativos a condición de que se cite su procedencia.

Logotipo | ©Grupo Isegoría