Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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¡Ah del Tribunal!

El Tribunal Constitucional delibera actualmente sobre la legitimidad de la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, cuyo párrafo inicial dice así:

"La violencia de género no es un problema que afecte al ámbito privado. Al contrario, se manifiesta como el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad. Se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión."

Algo sé de tribunales de primera instancia -en mi caso tribunales de cuarto de hora, lo que tampoco da lugar para enterarse de mucho-, pero desconozco por completo el modus operandi de los tribunales constitucionales. En realidad, sólo soy un ciudadano atónito que, desde el otro lado del enorme foso jerárquico, grita "¡Ah del Tribunal", sabiendo de antemano que nadie va a asomarse a las almenas. Así que no sé lo que harán allá dentro los altísimos magistrados. Tal vez el procedimiento establecido mande pasar de largo ante ese párrafo inicial de la Ley e ir directamente al grano de las 180 cuestiones de inconstitucionalidad, en su mayor parte basadas en el distinto trato penal que la Ley dispensa a hombres y mujeres. Pero, a mi modo de ver, el meollo de la cuestión, la legitimidad, si no constitucional, al menos moral, histórica y social de la Ley depende de que se dé o no graciosamente crédito a ese arranque ideológico que se formula en la exposición de motivos e impregna toda la Ley, de que se acepte o no de balde que la llamada "violencia de género… se manifiesta como el símbolo más brutal de desigualdad existente en nuestra sociedad, etc.".

Porque, ¿cómo supieron nuestros legisladores de 2004 eso de la brutal desigualdad de una violencia dirigida sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo? ¿En qué rigurosas observaciones y valoraciones objetivas se basaron? Tengo buenos motivos para creer que no lo supieron en absoluto, pero lo dieron por supuesto. Lo mismo que los teólogos medievales sabían que la Tierra estaba en el centro del Universo y que el Sol orbitaba a su alrededor.

Hasta donde llega mi conocimiento, más de doscientos estudios científicos realizados a lo largo de los últimos treinta años demuestran que eso de la "brutal desigualdad" en el ejercicio de la violencia es una afirmación gratuita y falsa. Al contrario, esos estudios dejan fuera de duda que la violencia de pareja es bidireccional y -salvo ligeras diferencias en aspectos como la iniciación de las agresiones o la gravedad de las lesiones- simétrica. El problema es que, por cada uno de esos estudios objetivos, hay miles de panfletos ideológicos que afirman que el Sol gira alrededor..., digo, que la violencia es ejercida exclusivamente por el varón. Y ello, porque sí. Porque una nueva fantasía totalitaria ha dividido la sociedad en dos mitades: una de potenciales maltratadores y otra de potenciales maltratadas. Y porque una mentira repetida mil veces cada cinco minutos se convierte en una verdad incuestionable, y el que la ponga en duda es un machista, y punto. Para avalar esos prejuicios ideológicos se han llevado a cabo todo tipo de estudios parciales y sesgados, es decir, centrados únicamente en la violencia sufrida por las mujeres (como nuestra célebre Macroencuesta) o basados en muestras de conveniencia (por ejemplo, grupos de maltratadores en tratamiento de reinserción). Y se ha barrido bajo la alfombra la otra mitad del problema: los niveles similares de violencia femenina registrados por los estudios basados en muestras mixtas (hombres y mujeres) y representativas.

En mi lógica lega e ignorante de los vericuetos judiciales, digo yo que lo primero que debería aclarar el Tribunal Constitucional es ese aspecto de la "brutal desigualdad" formulado como verdad revelada en la exposición de motivos. Porque, ¿qué ocurre si, como dice la ciencia, esa "brutal desigualdad" no existe? ¿Qué ocurre si, como demuestran esos cientos de estudios científicos, la violencia de pareja es ejercida en proporciones similares por hombres y mujeres y, además, hay un mayor nivel de iniciación de conflictos por parte de las segundas, lo que descarta la tesis de la función meramente defensiva de la violencia femenina? ¿Qué ocurre si es la Tierra la que gira alrededor del Sol, mientras que la Ley se basa la hipótesis contraria? Pues ocurre que se mantiene abierta una enorme puerta hacia una nueva Edad Media, sin malolientes hogueras ni antiestéticos cadalsos, pero con falsas denuncias y decaimientos de la presunción de inocencia que arruinan vidas. Por eso creo que, antes de pronunciarse, los miembros del Tribunal Constitucional deberían, si no la tienen, recabar esa información mínima indispensable, y no dar por bueno, a ciegas, cualquier postulado ideológico.

Si no saben por dónde empezar, les propongo, con el debido respeto, que examinen, sin salir de este sitio web, el informe en el que se sistematizan los datos de 111 estudios internacionales sobre violencia doméstica, así como otros estudios recientes que se van publicando. Si el remedio les parece más bien casero, les sugiero que consulten los metaanálisis publicados por el profesor Archer (Universidad del Lancashire Central) en 2000 y 2002, mucho más científicos y rigurosos. Incluso dentro de España, y a pesar de las renuencias y apatías oficiales, contamos con algunos estudios universitarios que analizan y cuantifican la violencia en la pareja. Invariablemente, todos esos estudios y encuestas, incluidos los españoles, llegan a conclusiones similares: la violencia de pareja es ejercida en proporciones similares por hombres y mujeres. En todo caso, espero que los doce guardianes de la ortodoxia constitucional no se dejen guiar por la Macroencuesta y demás tocomochos similares, que parecen diseñados específicamente para justificar leyes como la que nos ocupa y otras medidas legislativas y económicas del mismo jaez. Una vez consultados los más de doscientos estudios, fácilmente accesibles a través de internet, que miden objetivamente la violencia ejercida en las dos direcciones y por ambos miembros de la pareja, y comprobado que la Ley Integral se ha elaborado sobre la hipótesis de que la tierra es plana, nuestros magistrados estarán, sin duda, en mejores de condiciones de juzgar la legitimidad de esa Ley.

Pero ¿y las muertas?, me dirán. Porque no nos negará usted, señor enteradillo de a pie, que hay más mujeres muertas por su pareja que viceversa. No, no se lo negaré, aunque sí creo posible corregir algunas cifras. Pero, en cambio, sí les diré que, a mi humilde entender, el incremento del número de mujeres muertas a manos de sus parejas es precisamente el efecto natural de esa Ley y otras de similar carácter discriminatorio. En realidad, el aumento del número de asesinatos responde a un conocido principio químico que dice que no se puede apagar el fuego con gasolina. Vean por qué lo digo.

En junio de 2007, la Oficina Nacional de Estudios Económicos de los Estados Unidos publicó un estudio comparativo en el que se analizan los datos sobre homicidios de pareja perpetrados en los Estados Unidos entre 1976 y 2003. En ese estudio se constata que, en los estados en los que a partir del decenio de 1990 se han aplicado leyes que establecen la detención obligatoria y automática de todos los denunciados por violencia doméstica, las tasas de homicidio por violencia de pareja han aumentado en el 60%, como promedio, en comparación con el período anterior a la introducción de esas leyes (página 3). Esas cifras deberían hacernos recapacitar, ya que miden los efectos contraproducentes de la ley en segmentos distintos de un mismo cuerpo social en función del tratamiento recibido. Algo así como si, sobre la piel de una misma persona cubierta de heridas, se probase la eficacia de dos medicamentos distintos; en este caso, el medicamento "genérico" parece claramente contraindicado. Por lo demás, el estudio se abona claramente a los postulados feministas, y su autora apunta, como hipótesis basada en el paralelismo con otros delitos del ámbito familiar, aunque no contrastada mediante encuestas directas, la posibilidad de que la certeza de la detención inminente del denunciado actúe como factor disuasorio y haga a las víctimas más renuentes a interponer denuncias.

Esa hipótesis no se sustenta en el caso de España, donde el aumento exponencial del número de denuncias ha coincidido con un marcado aumento de la cifra de mujeres asesinadas por sus parejas (35 en 1998; 54 en 2006, según el Anuario Estadístico del Ministerio del Interior), por lo que parece bastante más razonable pensar que son las propias políticas de género y su parcialidad legal y judicial las inductoras del incremento de homicidios. Obsérvese que, también en este caso, el aumento del número de víctimas se sitúa en torno al 60%. Y no se olvide que la mayoría de tales homicidios se producen en contextos de separación y divorcio en los que el hombre es atrozmente discriminado.

Una vez verificado el contraproducente efecto del uso de la gasolina como apagafuegos, conviene tener presentes otros tres principios de la química social:

  • Primero: que las vigentes leyes sexistas que, en particular en los casos de divorcio, menoscaban desconsideradamente los derechos de los varones inducen a muchos de estos a tomarse la justicia por su mano e incrementan los asesinatos de mujeres, perpetrados en su gran mayoría en contextos de separación o divorcio.

  • Segundo: que unas hipotéticas leyes sexistas que, en los casos de divorcio, dejasen a las mujeres en la calle con lo puesto, redujesen su contacto con los hijos a cuatro días al mes, les quitasen la casa y la mayor parte de su sueldo, y las pusiesen a merced de cualquier denuncia falsa y las consiguientes órdenes de detención y alejamiento de sus hijos, sin duda, ocasionarían un aumento desproporcionado del número de asesinatos de hombres a manos de sus parejas e invertirían por completo el desglose de víctimas por sexos.

  • Tercero: que unas hipotéticas leyes que dispensasen un trato igualitario y justo a hombres y mujeres, en particular en contextos de divorcio, reducirían los conflictos y, en consecuencia, los asesinatos. Sin duda, este último principio de equidad, nunca contrastado empíricamente en nuestro país, es el más recomendable de los tres.

Y ya les dejo en su torreón. Aunque no hayan podido oírme, espero que tengan presentes las enseñanzas de la historia sobre las cortas piernas de la mentira. Por más que una mentira repetida mil veces se convierta en una verdad, siempre será una verdad con fecha de caducidad. Tal vez servirá para salir del paso políticamente, pero su recorrido histórico será corto; y sus efectos sociales, nefastos. ¿Qué queda de las mentiras mil veces repetidas que fueron dogma de totalitarismos y otros fanatismos? El recuerdo de un inmenso dolor y la reprobación de toda la humanidad.

[20-04-2008]

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