Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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Muertas con valor añadido

En principio, la vida de un hombre no debería ser menos valiosa que la de una mujer. Y la vida de una mujer no debería ser menos valiosa que la de otra mujer. No ocurre así cuando se entremete la perspectiva de género, que da un valor político añadido a unas vidas en comparación con otras.

Es cierto que son más las mujeres que los hombres que mueren a manos de sus parejas o ex parejas, pero también es cierto que tal tendencia empezó a ser discernible (al menos en los Estados Unidos) hacia mediados de los años 70, y probablemente guarda relación con las políticas de divorcio inspiradas desde entonces por el feminismo.

Es fácil imaginar que si las mujeres que se separan fuesen automáticamente expulsadas de sus casas con lo puesto, apartadas drásticamente de sus hijos y obligadas a asumir las cargas de la familia de la que acaban de ser expulsadas, hipoteca incluida, y en muchos casos abocadas a un proceso penal basado en una denuncia falsa, muchas se tomarían la justicia por su mano. Pregunten por ahí, y verán lo que contestan ellas ante esa perspectiva.

Es innegable que, en contextos de divorcio, existe un porcentaje anormalmente elevado de denuncias falsas, utilizadas como catapulta para despachar al marido por los aires y quedarse con todos los activos familiares. Y ello es cierto por una simple consideración estadística que veremos a continuación.

Con independencia de lo que diga la clase política, es científicamente tan seguro como la ley de la gravedad que la violencia psíquica y física en la pareja es perpetrada un proporciones similares por hombres y mujeres, algo más por las segundas. Y es una realidad científicamente contrastada que las agresiones físicas son iniciadas mucho más frecuentemente por las mujeres. La violencia de la mujer en la pareja es básicamente agresiva, no defensiva como pretenden las tesis feministas. Esta es una realidad corroborada por cientos de estudios científicos que, tarde o temprano, acabarán teniendo el reconocimiento social que les corresponde.

Por consiguiente, siendo mayores los niveles de violencia femenina, y siendo abrumadoramente mayores los niveles de denuncias por violencia interpuestas por la mujer, necesariamente muchas de esas denuncias han de ser falsas. Y aun cuando no lo fueran, ello se debería a la mayor propensión de la mujer a denunciar o la mayor receptividad de las autoridades respecto de sus denuncias, pero el efecto global de esa cultura de la denuncia seguiría estando en completo desacuerdo con la realidad de una violencia que es bidireccional. Es lógico que sea la mujer la principal denunciadora, porque su denuncia, aunque sea falsa, será casi siempre recompensada y rara vez sancionada.

El actual régimen de divorcio, junto con las peculiaridades de la legislación sobre violencia en la pareja, que penaliza en mayor medida al varón y otorga mayor credibilidad a la mujer, y con el imperante clima social de victimización de la mujer y culpabilización del varón, consituyen el perfecto caldo de cultivo para la denuncia falsa, que, de la noche a la mañana, convierte a la mujer en beneficiaria absoluta del divorcio. Por no hablar de otras ventajas como acceso a puestos de trabajo, vivienda, percepción del paro, permisos de residencia, cursos de formación, etc. destinados a supuestas maltratadas. Es decir, las denuncias falsas están poderosamente incentivadas, y acabarán restando credibilidad a las verdaderas.

Si realmente se desea reducir el número de mujeres muertas a manos de sus parejas o ex parejas, lo primero que debe hacerse es regularizar el marco legal, judicial y social descrito. El sentido común nos dice que el número de muertas descenderá cuando hombre y mujer reciban un trato legal y judicial verdaderamente igualitario.  De paso, también descenderá el número, mucho mayor, de suicidios masculinos relacionados con la brutalidad de las leyes de género y la inicuidad del régimen de divorcio.

Si pasamos al terreno de los principios, ninguno justifica que, en igualdad de condiciones, unos muertos (en este caso, muertas) valgan inmensamente más que otros. Lo explicaré con un ejemplo. La familia Pérez tiene un hijo y una hija. Un amigo mata al hijo, y el novio mata a la hija. Seguramente, la familia Pérez no considerará equitativo que el asesinato de su hija salga en todos los periódicos, desencadene reacciones de las autoridades, determine la asignación de partidas presupuestarias especiales y la creación de asociaciones encargadas de administrarlas, propicie leyes especiales, días especiales, medidas especiales …y, mientras tanto, el asesinato de su hijo suscite poco menos que indiferencia.

El Código Penal ya establecía determinados agravantes para los delitos en función de sus circunstancias, incluidas las de parentesco. Extender preventivamente esos agravantes y ese trato diferenciado a la mitad masculina de la sociedad, convertir a todos los hombres en potenciales maltratadores o asesinos y desvirtuar la presunción de inocencia no sólo no ha servido para reducir el problema de los asesinatos de mujeres, sino que ha causado un dolor innecesario e infligido un trato legal profundamente injusto a muchos hombres inocentes.

En la edición más reciente del informe Crime and Criminal Justice, del Eurostat, se indica que, en 2007, hubo 482 defunciones por homicidio en nuestro país, aunque las cifras de otros años son mas elevadas. Supuestamente, mueren a manos de su cónyuge algo más de 50 mujeres al año (54 en 2006, según el último Anuario Estadístico del Ministerio del Interior que ofrece datos al respecto). Tampoco las cifras oficiales sobre la materia me inspiran mucha confianza, en particular desde que, en el año 2001, los hombres oficialmente muertos por su pareja fueron tres y, sin embargo, una recopilación retrospectiva realizada a través de internet nos permitió enviar a los medios de comunicación, pocas horas después de haberse publicado esa cifra oficial, una lista de once hombres muertos a manos de su pareja en 2001, con sus correspondientes enlaces, aún activos, a las noticias originales. Por supuesto, esa lista de fortuna no despertó el menor interés en los medios de comunicación, ni siquiera en los que habían publicado los once casos mencionados en ella. El Absurdistán funciona así. Una vez que te pones las gafas verdes, toda la realidad es de color esmeralda.

Pero, incluso dando por buenas las cifras oficiales, el número de mujeres muertas a manos de sus parejas representa algo más del 10 por ciento del total de homicidios. Con todo lo lamentable que sea la cifra, e incluso aunque fuera más abultada, seguirían sin estar justificadas las leyes discriminatorias o las políticas oficiales que dan un deproporcionado valor político añadido a esas 50 muertas extraordinarias frente a los restantes 430 muertos y muertas… ordinarios.

La realidad es que, en nombre de esas mujeres muertas, se está haciendo una política oportunista y despojada de ecuanimidad que allana el camino para que, año tras año, se repita la misma triste cifra.

(07/09/2010)

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