Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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Memorias de una octogenaria

Ahora reconozco que, en realidad, no fue el patriarcado el que nos derrotó. Ni siquiera estoy segura que nunca haya existido tal entelequia: el patriarcado, convertido por la cosmogonía feminista en caja absoluta de Pandora y fuente inagotable de todos los males y de todas las torpezas. Más bien me inclino a pensar que ha prevalecido con mayor frecuencia la realidad contraria: un sexo más robusto, diseñado evolutivamente para dar protección a los miembros más vulnerables del grupo, aún a costa de jugarse las gonadas; y un sexo físicamente más débil, pero dotado por la evolución de todos los palos y zanahorias necesarios para mantener al asno conyugal tirando del carro con las orejas gachas.

El caso es que, cuando nosotras, que durante milenios hemos aceptado la protección como la cosa más natural del mundo, decidimos cargar sobre los varones la responsabilidad de todos los errores antepasados y presentes, ellos adoptaron nuestro punto de vista sin rechistar, entonaron un mea culpa universal y se dedicaron con ahínco a protegernos contra ellos mismos con el mismo rigor con que nos habían protegido durante siglos contra los extraños. El victimismo resultó nuestra arma más eficaz contra el sexo opuesto, y con ella nos lanzamos a la guerra más absurda jamás librada, porque, al atacar y destruir lo específicamente masculino y renegar de lo específicamente femenino, destruimos los nudos cruciales de nuestra urdimbre social.

Nuestra gran paradoja fue que, llegadas a un momento histórico en el que el desempeño de las funciones ancestrales masculinas no requería ya la especialización evolutiva (fuerza física, arrojo, valor…) quisimos ser como ellos y competir con ellos en sus terrenos, renunciando a nuestras propias especializaciones evolutivas, en particular a la más específica de todas: la maternidad. En nuestra nueva misión histórica de competitividad con el varón, los embarazos y los hijos empezaron a ser una carga. El hedonismo y el culto exacerbado a la belleza y la eterna juventud hicieron el resto. Nos resultó muy fácil imponer a una sociedad consumista y apoltronada nuestras teorías antirreproductivas y abortistas.

Occidente admitió sin rechistar la vieja monserga de Engels de que la familia constituía un marco de opresión para la mujer, en la que ésta era el proletariado, y el hombre, la burguesía. Curiosa burguesía de mineros, pescadores, soldados y albañiles, y curioso proletariado, encargado de administrar los bienes y capitales aportados por el "burgués". Lo tuvimos todo. Lo que los hombres jamás concederían graciosamente a otros hombres, nos lo regalaron a nosotras sin rechistar. En nombre de la igualdad, conseguimos cuotas de participación en los gobiernos, los parlamentos, las altas instituciones de la vida política y empresarial... Impusimos nuestra ideología a toda la sociedad, sin tolerar la crítica ni la discrepancia. Implantamos leyes de doble rasero, con distintos baremos penales para hombres y mujeres. Por ley, convertimos a todos los hombres en presuntos culpables, y a todas las mujeres en presuntas víctimas. Fuimos un verdadero "lobby feroz", ante la sumisión acomplejada de los hombres y la pasividad desconcertada de las mujeres, utilizadas por nuestra reducida casta de victimistas profesionales para acaparar cada vez más poder y recursos en detrimento de la justicia y la equidad, y a costa de grandes abusos legales.

La ceguera y sumisión de las instituciones ante nuestras reivindicaciones superó el umbral del escándalo y entró de lleno en los terrenos de lo paranormal. A nosotras mismas nos costaba creer que el hombre, histórico desafiador de los riesgos más extremos, hubiese llegado a tales niveles de domesticación y falta de amor propio. ¡Ay del que se atreviera a contrariar cualquier exigencia feminista! En política, por ejemplo, criticar a una ministra era automáticamente considerado expresión de machismo, el peor sambenito que podía caerle encima a cualquier contricante.

Al cabo de varios decenios, nuestro movimiento se había convertido en una deriva histórica irreversible. El Estado, conducido por especialistas del corto plazo, miopes históricos cuyo horizonte visual acababa siempre en las elecciones siguientes, optó por la vía fácil del bienestar inmediato y su rentabilidad electoral, y se desentendió de cualquier inversión en valores demográficos para el futuro. El problema no fue la incorporación de la mujer a la vida laboral. El problema fue la falta de voluntad política para armonizar trabajo y maternidad, o para fomentar la adopción en lugar del aborto. El problema fue que, en el ideario feminista, el sitio de honor lo ocupaba la mujer competidora, y el peldaño menos valorado, la madre.

No, no fue el patriarcado el que nos derrotó. O al menos, no fue "nuestro" patriarcado, difunto y enterrado por obra nuestra. Las verdaderas artífices de nuestra paradójica derrota fueron ellas, las mujeres del niqab, llegadas desde el fondo de otro patriarcado lleno de vigor. Ellas, las mujeres que deseábamos "redimir" y que prefirieron pasar de nuestras redenciones. Las que nos dejaron con dos palmos de narices cuando siguieron vistiendo el burka tras la caída del régimen talibán.

Nosotras luchábamos por feminizar a nuestros hombres; ellas los querían con su masculinidad intacta. Nosotras mirábamos con desprecio a las madres prolíficas: ellas con admiración. Nosotras anteponíamos el éxito profesional a la familia; ellas al revés. Nosotras dábamos prioridad a la libertad sexual y la belleza física; ellas daban prioridad a la cohesión familiar y la maternidad. Fue así como se cumplió la premonición del presidente argelino Houari Boumediène, que, en un discurso pronunciado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1974, había profetizado:

"Un día, millones de hombres abandonarán el hemisferio sur e irán al hemisferio norte. No como amigos, sino para conquistarlo. Y lo conquistarán con sus hijos. El vientre de nuestras mujeres nos dará la victoria."

Nadie puede saber mejor que nosotras lo que significa llorar el paraíso perdido. ¡Cómo añoro los buenos tiempos de poder y orgullo! Un poder tan ilimitado y un orgullo tan desmedido que nos condujeron a este definitivo infortunio, a este luto sin fin. Nunca me acostumbraré a reconocer a estas mujeres sin rostro. Aun sabiendo que son mis vecinas y mis amigas de juventud, a las que he tratado durante medio siglo, me resulta difícil identificarlas con esa especie de bultos negros desde cuyo interior me escudriñan unos ojos. Al verlas me dan ganas de arrancarme estos ropajes medievales que me convierten en otro bulto negro. Pero me contengo. A fin de cuentas, para un viejo rostro cubierto de arrugas, el niqab tiene ya más de refugio que de cárcel.

(En algún lugar de Eurabia, hacia 2050)

(Recreación futurista inspirada en el modelo de probabilidad vigente; por fortuna, los imponderables históricos siempre dejan un resquicio para la esperanza - marzo de 2009)

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