Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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Rebelión en la jaula

Érase una vez… una jaula. ¿Una gran jaula de zoológico, con pájaros y pájaras, con hienos e hienas, con panteros y panteras? No, no, una humilde jaula con ratas (y ratos, claro está), una pequeña solución habitacional para ratas utilizada en un trabajo de laboratorio. Pero, con todo, no era una jaula cualquiera, un mero depósito de animales de experimentación. En realidad, era como un trasunto de la aldea global a escala de laboratorio, en seguida veremos por qué.

En un extremo de esa jaula, los investigadores mantenían siempre dispuesto un trozo de queso rancio, que es, como saben todos, el caviar de las ratas. Y más arriba, la alcachofa de una potente ducha, invento que las ratas consideran abominable. Queso y ducha: tal era el material didáctico necesario para enseñar conductismo a estas mártires de la ciencia. Cuando alguna de ellas intentaba acercarse al queso, la ducha se activaba automáticamente y las regaba a todas, incluso a las más alejadas y ajenas a la maniobra de aproximación. A lo largo del día y de la noche, el mecanismo adiestrador funcionaba implacable: cada vez que una rata se aventuraba en dirección al queso, todas las inquilinas de la jaula sufrían las inclemencias de la ducha. Poco a poco, las ratas acabaron relacionando ambos hechos y empezaron a atacar colectivamente a todo miembro -o toda miembra- del grupo que hiciese ademán de tocar esta nueva fruta prohibida y desatar la cólera del dios de la lluvia. Es decir, llegó un momento en que todas las ratas habían comprendido la relación causa-efecto existente entre el acercamiento al queso y la activación de la ducha. ¡Prohibido acercarse al queso!

Entonces empezó la segunda fase del experimento. Progresivamente, las ratas del grupo inicial empezaron a ser sustituidas por otras. Las recién llegadas a la jaula desconocían la prohibición e inmediatamente se sentían atraídas por el olor del queso, pero, ¡ay! cada vez que una de ellas trataba de probar el manjar prohibido, sus compañeras de encierro desencadenaban un furioso ataque contra la transgresora. Poco a poco, las ratas nuevas fueron aprendiendo a castigar una infracción cuyo trasfondo desconocían y empezaron a reproducir ese comportamiento aparentemente absurdo. Al cabo de cierto tiempo, en la jaula no quedaba ninguna rata del grupo inicial, pero el grupo reconstituido atacaba implacablemente a toda compañera que cediese a su debilidad por el queso. Para entonces, la ducha hacía tiempo que había dejado de funcionar y ninguna de las ratas nuevas conocía siquiera su existencia.

Y ahora viene la moraleja peliaguda del cuento. Como habréis adivinado, nosotros los pueblos (We the peoples) somos las ratas, con perdón. Jaula propiamente dicha no tenemos, porque el mundo es un pañuelo del que no se puede huir. Los señores de la bata blanca son el Poder uno y trino. La ducha, los medios de comunicación y su constante lavado de cerebros. En nuestra sociedad de la información, casi todas las grandes convicciones son fruto de la ducha colectiva, no de la razón individual. Cuando alguien dice: "Pues yo opino…", lo que viene a continuación suele ser agua de la ducha. Concienzudamente aplicada, la ducha mediática puede infundirnos todo tipo de creencias y actitudes, incluso las más reñidas con la lógica, el sentido común y la verosimilitud. Entre la absoluta identificación con una tesis y la comunión a ultranza con la contraria sólo media una generosa ducha de preceptos y consignas. Una vez adquirido nuestro reflejo pavloviano, nos mantendremos prudentemente alejados del queso, o sea, de la realidad enriquecedora y nutritiva, y nos abalanzaremos contra quien trate de acercarse a ella. ¡Ay, de quien venga con ganas de alterar nuestra rutina mental, acotada y pautada con precisión por el brazo mediático del Poder!  

Pero, siquiera por una vez, seamos ratas curiosas y atrevidas. Acerquémonos un poco al queso. Como ejemplo de beligerancia ciega, similar a la descrita, podemos tomar un clásico: la mal llamada violencia "de género", o peor aún, "machista". Gruyère o camembert, la verdad es la que es, dígala Ulises o su porquero: la violencia en el seno de la pareja es ejercida a partes iguales por hombres y mujeres, incluso un poco más por las segundas, e iniciada en mayor medida por ellas. El número de estudios que corroboran la veracidad de ambos fenómenos es abrumador (ver recopilación). Incluso tenemos dos ojos en la cara que, bien abiertos, deberían bastarnos para ver la realidad cotidiana tal como es y tal como la veíamos hace treinta años, es decir, antes de que instalaran la ducha. Pero nos han repetido tantas veces, con agua fría, templada o caliente, los dogmas de la ideología, que nadie los pone en duda, y los más fanáticos, es decir, los más adictos a las certezas dadas y menos aficionados a pensar por sí mismos, morderán de buena gana a quien sostenga otra cosa. [Agitación vagamente perceptible al fondo de la jaula]

Como hemos dicho, la jaula de las ratas es una metáfora de la aldea global, y ambas comparten los mismos espasmos y reflejos maquinales. Por más que la violencia de género no exista, o mejor dicho, exista, pero sin ser de género, la aldea global proseguirá, imperturbable, su cruzada contra esa violencia de género inexistente, aplaudiendo unas políticas y leyes cuyo único efecto visible y contraproducente es la incentivación de la propia violencia. Estamos ante el borracho tautológico de El Principito, que bebía para olvidar… para olvidar que sentía vergüenza… que sentía vergüenza… de beber.

Pero, ¿y las muertas por sus parejas? Es la objeción por antonomasia, la escalera de color que no admite réplica. Acerquémonos también a este queso, más intocable que ninguno. En el conjunto de la sociedad hay más asesinatos de hombres que de mujeres, aproximadamente tres veces más, pero sólo los asesinatos de mujeres y, entre ellos, el subconjunto de asesinatos de mujeres a manos de sus parejas tienen valor político añadido. El haz de luz mediático se proyecta con toda su fuerza sobre las víctimas femeninas "de género"; el resto del escenario –incluidas las víctimas femeninas no "de género"- queda en la penumbra. ¿Con qué legitimidad moral se establece ese apartheid de muertos? En realidad, para todas las formas de muerte violenta, el hecho de ser hombre es un factor de riesgo. La mortalidad masculina es el doble que la femenina en los accidentes de tráfico; tres de cada cuatro suicidios consumados corresponden a hombres; las víctimas mortales de la siniestralidad laboral son hombres en el 97 por ciento de los casos; y los homicidios se cobran la vida del triple de varones. [Agitación sorda al fondo de la jaula]

Sí, ya sé, se me dirá que los homicidios a manos de la pareja son especialmente condenables, se me repetirá lo de dormir con tu enemigo, etc. Y yo les contestaré que, hasta mediados de los setenta, antes de que empezaran a funcionar las políticas de género, el número de perpetradores y víctimas de homicidios de pareja estaba bastante equilibrado entre ambos sexos (al menos en la sociedad estadounidense, que es donde se han recopilado datos al respecto1). Y que la inmensa mayoría de los actuales homicidios de pareja (al menos entre ciudadanos españoles2) se cometen en contextos de divorcio tremendamente injustos para el varón. Y que el repertorio de homicidas "de género" sería predominantemente femenino si se diese a la mujer el trato legal que se da actualmente al hombre en los casos de divorcio. Y que las cifras de muertas seguirán aumentando mientras se mantengan en vigor determinadas leyes y prácticas judiciales que, por su falta de equidad, favorecen la toma de justicia por propia mano3 [Agitación amenazadora en la jaula].

Pero la inercia social es demasiado fuerte para cambiar de rumbo. Los intereses políticos y económicos en juego son gigantescos. Las partidas presupuestarias asignadas a nivel europeo, nacional, comunitario y municipal se han convertido en medio de vida para un numeroso colectivo que, al defender con encono las tesis de género, está luchando fieramente por su mendrugo.  La ducha ha hecho su efecto: la multitud ratonil considera socialmente aceptable el endurecimiento abusivo de las medidas contra el varón, creando el caldo de cultivo para las peores formas de violencia. [Ira en la jaula]. Las leyes inicuas generan violencia, y la violencia generada sirve de pretexto para promulgar leyes aún más inicuas. El borracho bebe para olvidar que bebe… La eterna cadena de producción sigue funcionando sin solución de continuidad. Los resultados son cada vez peores, pero justifican cargos políticos y partidas presupuestarias. [Hierve la jaula]. La violencia de género es rentable, una lacra muy lucrativa para las garrapatas del presupuesto… ¡Eeeh! Cuidado, nos atacan...¡Ay, ay! ¡Mardito roedore!


NOTAS

1Véase, por ejemplo, el siguiente resumen del Departamento de Justicia de los Estados Unidos: según los datos del cuadro final, en 1976 fueron asesinados por sus parejas 1.357 hombres y 1.600 mujeres.

2Según noticia del diario El Mundo (23/11/2007), la tasa de mujeres inmigrantes asesinadas es seis veces mayor que la de españolas.

3El 14 de octubre de 2008, la Corte de Apelaciones de California dictó una histórica sentencia por la que declara inconstitucional la exclusión de los hombres de los programas de protección frente a la violencia doméstica. Ellos están ya en el camino de vuelta, mientras que nosotros iniciamos con entusiasmo el de ida, como prueba la sentencia del TC  del 14 de mayo de 2008, que declara constitucional la doble vara de medir de la Ley Integral contra la Violencia de Género.

[25-12-2008]

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