Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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La generigonza

(o jerigonza de género y génera)

En sus talleres de neutralidad, llamados pretenciosamente así por el principio de no beligerancia ideológica en que se inspiran, cosa harto problemática, el profesor Alvarez Adá nos advierte sobre la esterilidad de todo esfuerzo intelectual encaminado a combatir dogmatismos, sean éstos del signo que sean, y en particular si vienen envueltos en ropajes pseudocientíficos. Como ejemplo pone esta especie de milenarismo tardío suscitado por el último cambio climático doscientos años después de haberse iniciado, y el riesgo estéril que entraña cualquier insinuación de escepticismo o reticencia al respecto. Viene esto a cuento de la renovada obsesión por desconstruir el lenguaje –mecanismo incluso más complejo que las interacciones del clima- para adaptarlo a los pareceres y sentires del feminismo. Cuando detrás se siente el respaldo y aliento de tantos libros y publicaciones, departamentos universitarios, partidas presupuestarias, políticas oficiales e iniciativas de alcance mundial y, por añadidura, se es feminista de toda la vida, ¡cómo no va a creerse una con toda la razón del mundo y el derecho a imponerla! Más vale no pedir peras al olmo.

Por eso –considera Álvarez Adá, tal vez con excesivo optimismo-, lo más sensato es tomarse por las buenas estos sarampiones y fiebres estacionales e incluso compartir por anticipado el regocijo que experimentarán las generaciones futuras a costa del lenguaje preconizado actualmente desde las instancias oficiales. Al fin y al cabo -razona nuestro pensador-, ningún poder político, por mucho que se empeñe, logrará pervertir y corromper la lengua hasta el punto de hacer desaparecer uno de sus principios esenciales, que es la economía, es decir, la tendencia natural del hablante a prescindir de vocablos y redundancias superfluos, y más conseguirán nuestros próceres incurrir en un ridículo histórico que ninguna otra cosa de sustancia.

Vamos, que nunca la gente de a pie hablará en su lenguaje ordinario de "ciudadanos y ciudadanas" o de "vascos y vascas", y mucho menos llegarán a construir frases tan exquisitamente imparciales como "los sevillanos y las sevillanas hijos e hijas de padres y madres cordobeses y cordobesas", por más que las abanderadas del llamado "lenguaje no sexista" hayan conseguido, mediante desdoblamientos innecesarios, que haya juezas y presidentas (a la espera de que también lleguen las representantas, estudiantas, ponentas y conferenciantas), e incluso empiecen a diferenciar a las maridas, las jóvenas y las miembras de sus homólogos masculinos. Aunque sus promotoras se consideren investidas de la misión histórica de torcer el curso natural del idioma, todo eso no serán más que verduras de las eras y rocío de los prados, dice Álvarez Adá con hondura manriqueña.

Asombra también a Adá la facilidad con que se ha transmitido el falso mensaje de "peyorativización" de los vocablos femeninos por el hecho de serlo, según los ejemplos recurrentes de zorro/zorra, fulano/fulana o cojonudo/coñazo, sin que nadie preste atención a los análogos de cabra/cabrón, merluza/merluzo o mona/mono. Mientras que cabra o merluza carecen per se de connotaciones negativas y una chica muy mona es una preciosidad, un cabrón o un merluzo son gente a evitar, máxime si hacen el mono o el oso. El mismísimo término "macho" -nos recuerda Athini Glaucopis en un mensaje- aparece en el DRAE con la acepción de "mulo, animal de carga", bien alejada de cualquier connotación "machista". En cualquier texto es posible hallar numerosos casos de uso peyorativo de uno u otro género gramatical, pero en esta ocasión, como en tantas otras, las catedráticas de victimismo han recurrido al monoscopio para analizar la realidad. Sí, sí, las mismas catedráticas que tachan de misógino a Molière por haber escrito Las preciosas ridículas o Las mujeres sabias y se olvidan de tacharlo de misándrico por haber escrito Tartufo, El avaro, El misántropo, El médico a palos, El burgués gentilhombre o El enfermo imaginario.

Así que, convencido de la esterilidad de toda argumentación contra tales prejuicios y dogmas, el profesor Alvarez Adá ha tratado de quitar hierro a la cuestión y hacer pedagogía del humor a su manera, con estos versos entreverados de Romancero viejo:

Romance de las igualas

Juntáronse las expertas

de la tribu absurdistana,

doncellas de credo y dogma,

amazonas de butaca,

científicas de la cuota,

doctoras generis causa,

hiedra de los ministerios,

muérdago de antesalas,

de los presupuestos, liendres,

del erario, garrapatas,

y, gobierne quien gobierne,

perejil de toda salsa.

 

Una a una, dos a dos

juntado se ha gran compaña.

Allí habló una viejimoza

zurcida y recauchutada,

veinte años le han quitado

con remiendos y puntadas,

le quitaron otros veinte

con siliconas y plasmas,

con los veinte que le quedan

se ha ligado a una cubana:

-¿Por qué nos llamaste, prima;

prima, qué fue esta llamada?

 

-Os he convocado, reynas,

azote de los patriarcas,

porque llegada es la hora

de desconstruir la fabla

y poner un cascabel

a la lengua castellana,

que andando el gato con él

a salvo estarán las gatas.

 

Aquí, las mis cuatrocientas,

las que cobrades mi paga

las trescientas de la nómina

y las cien subvencionadas,

que hoy vamos a hacer oficio

de quevedas y cervantas.

Empecemos por los nombres,

construcciones milenarias:

mujer es poco visible,

mujeras somos y machas;

maridas, e non esposas,

caballeras, e non damas.

Si el hombre es un ser humano,

nosotras, seras hembranas;

si él mamífero, nosotras

mamíferas y primatas.

Y si percas, somos pezas,

y reptilas, si lagartas.

Otrosí, dos adjetivos

pongamos donde hagan falta:

oh, lectores y lectoras

aplicados y aplicadas,

y señores y señoras

elegantes y elegantas.

Seamos miembras y jóvenas,

vulgaras y extravagantas.

Y no nada cojonudas:

¡coñudas y con dos mamas!

 

Válame santa Simona,

patrona de proletarias,

su compañero Juan Pablo,

y el resto de la naranja.[1]

Reconstruyamos la historia:

¡de segundo sexo, nada!

Quédese el Cid en Cardeña,

Jimena gane batallas;

llámense, en los nuevos libros

de educación ciudadana,

Don Quijote, del Toboso,

Dulcinea, de la Mancha.

Hagamos en el pasado

poda a fondo y tala rasa.

 

-Para tan ruda tarea

dineros nos harán falta.

 

Ya suben las cuatrocientas,

ya enfilan la Castellana,

ya a los Nuevos Ministerios

en tropa llegan cerrada.

 

-Ministro Jesús Caldera,

asómate a la ventana,

desata la faltriquera,

que estamos todas sin blanca.

 

-Mirad, fijas, cuáles tengo

de ruina llenas mis arcas,

sólo queda calderilla,

aunque Caldera me llaman;

ganadas las elecciones,

daros he buena soldada.

 

-Villanas, Jesús, te voten,

villanas, que non fidalgas,

labriegas del Campo Charro

non burguesas de Aravaca,[2]

si no cumples tu promesa

ni mantienes tu palabra.

Pasados los carnavales,

las elecciones ganadas,

volveremos por dineros

para hacer buena campaña:

tanto para macroencuestas,[3]

tanto para propagandas,

y el resto, en galas y cenas

exclusivas para damas.

 

Queremos de aquesta guisa

tomar cumplida venganza

de cuatro o cinco mil años

sin remar en las bancadas,

ni enterrarnos en las minas,

ni morir en las batallas;

y de otros mil ochocientos

de estar tranquilas en casa.

Queremos, en adelante,

ser en todo muy igualas,

trabajar de sol a sol

en andamios y fachadas,

y tener el monopolio

de víctimas laboralas.[4]

Y en el próximo Titanic

queremos ser las ahogadas.[5]

 

Así termina, algo abruptamente, porque la inspiración es caprichosa, su romance el profesor Adá. Hay constancia de que pensaba abordar también otras facetas del victimismo feminista, pero debió de sentirse súbitamente hastiado, o quizás involuntariamente alejado del tema central, y cortó en seco el poema. O tal vez haya reservado nuevas reflexiones para una segunda parte con la que nos sorprenderá otro día. En tal caso, ¡temblad, musas oficiales!

 [2007]

 


NOTAS

[1] Este verso, algo oscuro, parece encerrar una alusión, más trasnochada que maliciosa, a los numerosos amantes interpuestos entre las dos medias naranjas teóricas que eran Simone de Beauvoir, autora de "El segundo sexo" y fundadora del feminismo moderno, y Jean-Paul Sartre, su compañero.

[2] Invocación de fácil cumplimiento, ya que el Sr. Caldera es diputado por Salamanca desde la II Legislatura (1982).

[3] Esto parece otra malicia del autor, muy crítico con la célebre macroencuesta de los dos millones de maltratadas, que se aplicó sólo a mujeres para evitar la abochornadora constatación de que en España hay también dos millones de maltratados.

[4] Se refiere el autor a los desiguales efectos de la siniestralidad laboral en ambos sexos. Según el Anuario de Estadísticas Sociales y Laborales del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, las víctimas mortales de accidentes laborales fueron 913 hombres y 34 mujeres en 2006, último año para el que existen datos.

[5] Recuérdese que, en el hundimiento del Titanic, los hombres cedieron a las mujeres los botes salvavidas, que podrían haber retenido para ellos valiéndose de su mayor fortaleza física. Como resultado de ese caballeroso gesto, se salvaron el 74% de las mujeres y el 20% de los hombres embarcados (véanse los datos del informe oficial hecho público el 30 de julio de 1912 por la comisión británica de investigación del naufragio).

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