Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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La deriva de género

En términos náuticos, se llama "deriva" a la desviación de su verdadero rumbo que experimenta un barco por efecto de los vientos, las corrientes u otros factores de la navegación. Si no se corrige y rectifica esa desviación del rumbo, el barco, sujeto a las fuerzas lentas, pero inexorables, de la deriva, nunca llegará a su destino.

Del mismo modo casi imperceptible, sin golpes bruscos de timón, lo que llamaremos "deriva de género" ha ejercido durante decenios su presión oblicua y constante sobre la acción de gobierno, hasta el punto de que, en todo Occidente, y en particular en Europa, el Estado se halla cada vez más alejado de su trayectoria y sus funciones naturales, como ponen de manifiesto los ejemplos siguientes:

  • el Estado ha renunciado a su función protectora de la familia nuclear -integrada, antes y después del divorcio, por el padre, la madre y los hijos- al adoptar políticas de divorcio que favorecen la monoparentalidad, el expolio material y afectivo del padre,  la orfandad artificial de los hijos, la confrontación y la litigiosidad;

  • subsidiariamente, el Estado ha incentivado el divorcio, al constituir a uno de los ex cónyuges en "parte ganadora" (razón por la que el más del 70% de los procedimientos de divorcio son iniciados por la mujer);

  • al adoptar políticas negativas favorecedoras del aborto (cuyos efectos demográficos equivalen a la mortalidad infantil del siglo XVIII en Europa) en lugar de políticas positivas favorecedoras de la vida (sensibilización social, disuasión no penal del aborto, adopción por terceros, ayudas económicas, bolsas de estudios, etc.), el Estado se ha desviado de su obligación de velar por el interés colectivo de protección de la vida humana, fortalecimiento de la población y reemplazo generacional;

  • previamente a la adopción de sus políticas proabortistas, el Estado ha cedido a una interpretación hipócrita de los conceptos de "vida humana" (según la cual, un feto fotográficamente casi idéntico a un niño recién nacido es un simple conglomerado de células) y "grave peligro para la vida o la salud física o psíquica de la embarazada" (peligro, al parecer, endémico en el siglo XXI);

  • la aplicación de esas políticas, junto con la indiferencia estatal -también reforzada por la deriva de género- ante el descenso de la natalidad por debajo del umbral de reemplazo, han hipotecado demográficamente el futuro de las naciones europeas y, tal vez, su supervivencia como civilización;

  • el Estado ha favorecido la politización de la violencia doméstica, olvidando que tres de cada cuatro víctimas de homicidios son varones, y que ningún principio ético o moral justifica la mayor valoración política, legislativa o penal de unas víctimas frente a otras por razón de su sexo u otras consideraciones similares;

  • el Estado se ha desviado también, en los conflictos de pareja, del principio secular de la presunción de inocencia, procediendo de forma automática contra todo hombre acusado por mujer de abusos o violencias y transigiendo con las falsas denuncias urdidas como estrategias de divorcio;

  • el Estado se ha apartado del principio de equidad judicial, adoptando leyes especiales sobre violencia doméstica con baremos más rigurosos para los casos en que el perpetrador sea varón;

  • el Estado ha renegado del principio constitucional de igualdad y no discriminación por razón de sexo, sustituyéndolo por el concepto intrínsecamente contradictorio de "discriminación positiva", que antepone el sexo de las personas a sus méritos; y

  • el Estado se ha subyugado implícitamente a la teoría de género, que considera que la condición de hombre o mujer es una adquisición cultural, fruto de la educación, y no guarda ninguna relación con el sexo biológico del individuo, lo que sienta las bases para todo tipo de distorsiones de la realidad y experimentos sociales de consecuencias imprevisibles.

Como muestran estos ejemplos, que podrían acompañarse de muchos más, el Estado se ha alejado, por efecto de la deriva de género, de principios tan consustanciales a su naturaleza como los de protección de la familia, defensa de la vida humana o garantía de una justicia imparcial. En la historia ha habido revoluciones que han impuesto cambios bruscos de rumbo a las sociedades. Ninguno, probablemente, de efectos tan devastadores a largo plazo como el impuesto por esta lenta, obstinada, y tal vez ya irreparable, deriva de género.

[2006]

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