Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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El primer sexo

(Éric Zemmour)

"¿A que se parece el hombre ideal?", se pregunta Éric Zemmour en este libro que, resumido a grandes rasgos, es una reflexión sobre la feminización de la sociedad occidental. "El hombre ideal se depila, compra productos de belleza, lleva joyas, sueña con el amor eterno, cree a pie juntillas en los valores femeninos, prefiere el compromiso a la autoridad y, más que de la lucha, es partidario del diálogo y la tolerancia. El hombre ideal es una verdadera mujer."

Ése es, según nos explica Zemmour, el resultado de un proceso contradictorio de aceptación a medias y rechazo también a medias del feminismo por la mayoría de las mujeres. Habiendo descartado, tras varios decenios de tanteo, la poco seductora perspectiva de comportarse como hombres, la mayoría de las mujeres "han sacado de esa paradoja una conclusión radical pero, sin embargo, lógica: ya que ellas no han logrado transformarse en hombres, es preciso transformar a los hombres en mujeres". 

Esta es la explicación y el análisis del fenómeno que nos proporciona Zemmour, estableciendo un paralelismo muy oportuno con los regímenes comunistas de los que el feminismo es deudor ideológico a través de Engels y Beauvoir: 

"Se dirá que es América y el puritanismo norteamericano. O, como señala Élisabeth Badinter, que se trata del feminismo radical, igualmente norteamericano, inspirado por grupos de lesbianas. También durante un tiempo los comunistas distinguieron a Stalin -sus errores y sus crímenes- de Lenin, que habría tenido razón. La distinción acabó por derrumbarse. El estalinismo se hallaba ya dentro del leninismo. Del mismo modo, el feminismo es un bloque. Es una visión del mundo, una voluntad de cambiar la mujer y el hombre. Una ambición prometeica. 'Borrar 5.000 años de distinción de roles y universos', como ha escrito muy bien Élisabeth Badinter. En suma, destruir la herencia judeocristiana. Por eso, precisamente, el feminismo es un '-ismo' del siglo XX que no puede escapar a sus demonios totalitarios". 

Como ejemplo de ese trasfondo totalitario, valga esta referencia que nos ofrece Zemmour en la página 54 de su libro: "He visto en la televisión un debate entre un joven agricultor, que confesaba algo avergonzado que, sin la prostitución, nunca habría conocido mujer, y Anne Hidalgo, adjunta socialista al alcalde de París que, con mirada asesina, le recriminaba: "¡Usted necesita tratamiento médico!". 

Haciendo un poco de historia, Zemmour nos recuerda que, ya en el siglo XVIII, Montesquieu y Rousseau denostaban el poder de las mujeres y la sociedad afeminada. Las mujeres de la alta sociedad adquirieron entonces un poder considerable. Por ejemplo, el verdadero gobernante del reinado de Luis XV fue Madame de Pompadour, inspiradora de la gran inversión de alianzas (a favor de Austria, el enemigo tradicional de Francia, y en contra de Rusia, aliada desde los tiempos de Richelieu). Olvida Zemmour de cargar en su cuenta el papel desempeñado en el desencadenamiento y la evolución de la Guerra de los Siete Años, alentada por la Pompadour, que, siendo una simple favorita, mantenía correspondencia con los jefes militares en campaña y les daba instrucciones. También fue ella la artífice de la caída en desgracia de los jesuitas, para regocijo y aplauso de la izquierda filosófica de la época.  "En los salones de entonces –nos explica Zemmour- son las mujeres quienes organizan el encuentro profético de las dos élites: la aristocrática o del nacimiento y la burguesa o de la inteligencia. Mezcla verdaderamente revolucionaria. Son ellas quienes seleccionan a los afortunados elegidos, según sus propios criterios, en detrimento de un Rousseau que nunca complace." 

Sin embargo, las feministas actuales no consideran suficiente esa participación femenina en el poder político del siglo XVIII, y "repiten maquinalmente que sólo las mujeres de la alta sociedad tenían algo que ver con esa evolución -¡es bien sabido que el rey pedía su opinión a los campesinos varones!- y que las mujeres tenían que pasar por el lecho del rey para tener influencia", nos dice Zemmour con sentido del humor. Y añade, en una aseveración sin duda sorprendente para los españolitos de a pie y de montura, acostumbrados a la castidad oficial de nuestra clase política, que "podrían contarse con los dedos de una mano las mujeres políticas de estatura nacional que no hayan pasado por los brazos de uno de los tres monarcas franceses de los últimos 30 años: Giscard, Miterrand, Chirac". A renglón seguido denuncia que, en aras de la paridad y no habiendo suficiente competencia femenina, las listas electorales se han recargado de esposas, amantes, hermanas, primas, secretarias, antiguas novias y adjuntas de prensa. 

Muy interesantes son las observaciones históricas que hace Zemmour en relación con el Código Civil redactado por Napoleón e inspirador de una legislación civil europea que se ha mantenido vigente hasta bien entrado el siglo pasado y en la que el feminismo ha encontrado uno de sus blancos preferidos. Tras el breve paréntesis de austeridad encarnado por la Revolución Francesa comienza, con el Directorio, un nuevo período en el que las mujeres vuelven a ocupar un lugar preponderante. En la sociedad de los increíbles y las maravillosas, la libertad de las mujeres asombra a toda Europa: "las mujeres cambian fácilmente de amante; se casan y se divorcian con la misma rapidez; las tasas de divorcio (que, en París, pone fin a uno de cada tres matrimonios) son casi similares a las actuales; las familias se destruyen y la educación de los hijos es deficiente. [...] Es esta sociedad 'decadente', como aún se atrevían a decir entonces, la que Napoleón tiene ante sus ojos cuando comienza los trabajos del Código Civil. Ante sus ojos, exactamente, ya que su propia mujer, Josefina, más ligera que sensual, es la encarnación de esa sociedad." En ese contexto, el Código Civil impone un marco más estricto a la libertad social de la mujer y, con ello, y sin renunciar al principio del divorcio, logra frenar el vertiginoso ritmo de disolución de las familias. La crítica retrospectiva siempre es fácil. Pero, sin el Código napoleónico, ¿cómo habría evolucionado la sociedad francesa del siglo XIX con una tasa de divorcios similar a la actual? 

La sociedad moderna finge creer en los principios de igualdad y respeto en las relaciones entre hombre y mujer. Pero, mientras que jamás se ha visto a una actriz colgada del brazo de un dependiente de carnicería –nos recuerda Zemmour-, es frecuente ver a hombres muy feos, al volante de fabulosos coches deportivos y acompañados de seductoras personas del sexo femenino. Y las estadísticas demuestran que el divorcio, solicitado por la mujer, es más frecuente cuando el hombre está en paro, sin que ello se deba necesariamente a un problema material, ya que la mujer trabaja y se gana la vida. Esto nos recuerda el juego de palabras de Warren Farrell, según el cual la mujer es sex object [objeto sexual] para el hombre en la misma medida en que el hombre es success object [objeto de éxito] para la mujer. 

La pérdida de vigencia de los valores masculinos tradicionales comienza desde la primera enseñanza, territorio acaparado ya casi en exclusiva por la mujer. El Ministerio de Enseñanza ha pasado a ser, en casi todas partes, Ministerio de Educación. "En lugar del proyecto paternal de instruir [instruere significa 'armar para la batalla, equipar, dotar'] se adopta el proyecto maternal de educar [educare significa, en su primera acepción, ¡alimentar!]. La instrucción, que recurre a la inteligencia, a la capacidad racional, es sustituida por la educación, con su dimensión afectiva y su orientación a la expansión de la personalidad del niño". 

Otra conquista histórica ha sido el aborto. En los años 70 el eslogan de moda era "mi cuerpo es mío". Los hombres, obsesionados por el sexo, pensaban que, con esa frase, las mujeres reivindicaban su derecho a acostarse con quien quisieran, sin ser molestadas por sus padres o maridos, nos explica Zemmour. O tal vez la reivindicación era de tal alcance que a los hombres no se les pasaba por la cabeza su verdadera trascendencia. Lo que las mujeres querían decir era que sus hijos les pertenecían, que tenían derecho de vida y de muerte sobre ellos. Y, en efecto, los hijos, que antes tenían un derecho inalienable a nacer y, como mucho, pertenecían a Dios o al Estado, a partir de los años 70,  en las sociedades occidentales, pertenecen a las mujeres. Atención al análisis de Zemmour: 

"El número anual de abortos se ha estabilizado en torno a los 200.000, respecto de 764.500  nacimientos, según los últimos datos. En un artículo reciente de Le Figaro, Emmanuel Le Roy Ladurie  señala que esa proporción (uno de cada 5) corresponde a las tasas de mortalidad infantil, en el sentido clásico, existentes en el reinado de Luis XV. 'En suma, todo ocurre como si se hubiese retrocedido para saltar con más fuerza, quiero decir, retrocedido del primer año de existencia del bebé hacia las primeras semanas de gestación de la futura criatura'. 

Dos siglos para eso. Estas cifras tendrán consecuencias en el destino de nuestros países. Los principales demógrafos nos advierten sobre el futuro de Alemania o de Italia; en el caso de este segundo país, la población habrá descendido a 20 millones de personas dentro de algunos decenios. Desde hace 30 años, todo el mundo se extasía ante el control perfecto de la fecundidad por las mujeres gracias a la contracepción y al aborto. Lo que nunca se dice es que el fin de esa historia es funesto y se conjuga exactamente con el fin de la Historia, con la desaparición programada de los pueblos europeos. Como si un espectro inspirase esta feminización de las sociedades occidentales, que comenzó bajo auspicios tan favorables, como si esa llamada a la vida, al amor, al "make love not war" debiera terminar trágicamente por la desaparición colectiva." 

Aunque Zemmour se olvida de citar el caso español, no hay que alarmarse. Nosotros, los eternos rezagados de Europa, por una vez, y aunque sea para correr hacia el despeñadero más próximo, les hemos tomado la delantera. Por un lado, la costumbre cada vez más arraigada de esperar al penúltimo óvulo del ciclo reproductivo para iniciar las tareas de fecundación y, por otro, la aterradora y disuasoria perspectiva del divorcio por desahucio -del varón- garantizan para mucho tiempo nuestra posición de cabeza en la alegre y confiada carrera europea hacia el suicidio. 

Frente a esta rara depresión demográfica, nos dice Zemmour, los progresistas consecuentes y los tecnócratas competentes tienen una solución: la inmigración. Pero ahí las feministas se han encontrado una piedra inesperada en el zapato.  Al término de varios decenios de feminismo y gestión de las secuelas postcoloniales, el joven árabe es el tabú más pesado de la sociedad francesa, a la vez rechazado y adorado, odiado y deseado. "Las feministas lo vomitan, aunque no se atreven a decirlo por herencia anticolonialista. Están furiosas al ver que las ciudades vuelven a la edad de la piedra antifeminista."  Un verdadera contrariedad, ya lo creo. ¡Haber planificado con tanta ilusión una arcadia feminista, purificada de sus segregaciones masculinas, para acabar recluidas en una Eurabia o una Euráfrica rebosantes de testosterona! 

Es la gran ironía de la historia de una feminización que, en realidad, no ha sido más que una desvirilización, según la tesis de Zemmour. Uno de los motivos recurrentes de su análisis es la contraposición entre lo que el llama "pulsión de vida" femenina y "pulsión de muerte" masculina.  Según ese esquema, las mujeres no destruyen, sino que protegen; no crean, sino que mantienen; no inventan, sino que conservan; no fuerzan, sino que preservan; no infringen, sino que civilizan. Por ello, la feminización de los hombres ha traído consigo una descompensación del tradicional equilibrio entre ambas pulsiones. "Al feminizarse –dice Zemmour-, los hombres se esterilizan, se prohíben toda audacia, toda innovación, toda trasgresión; se contentan con conservar". Entre otras cosas, la feminización de la sociedad y el consiguiente debilitamiento de las pulsiones masculinas explicarían el estancamiento intelectual y económico de Europa. 

Zemmour, que no parece haber reparado en el parentesco y los antepasados comunes del feminismo y el comunismo, llega, sin embargo, a emparejarlos en su desenlace previsible.  Según sus postulados, la feminización de los hombres obedece a una voluntad de escapar "a la tiranía de una Razón que ilumina, para lo mejor y lo peor, la historia de Occidente. La feminización de los hombres y de la sociedad se vive como una alternativa feliz, la búsqueda de una nueva edad de oro, la parusía universal. El sueño feminista ha sustituido al sueño comunista. Y ya se sabe cómo acaban esos sueños."

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Éric Zemmour: Le premier sexe, Editions Denoël, 2006

[2006]

(En 2007, el libro de Éric Zemmour: Le premier sexe ha sido editado en español con el título "Perdón, soy hombre y no lo puedo evitar" por Ediciones Áltera, que ofrece gratis su primer capítulo)

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