Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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Sexo y poder en la historia

(Amaury de Riencourt)

"Sólo el enfermo siente sus miembros y órganos. La clara conciencia de la dificultad existente en las relaciones entre los sexos es, probablemente, el elemento más significativo de la crisis general de la civilización contemporánea, porque engloba a todos los demás." (Amaury de Riencourt, en la Introducción de "Sexo y poder en la historia")

Amaury de Riencourt publicó su libro "Sexo y poder en la historia" en 1974. En los decenios transcurridos desde entonces, la publicación de libros históricos sobre la mujer no ha cesado: la historia ha sido, más que nunca, panegírico. Incluso ha habido historiadores que, como consumados surfistas, supieron coger oportunamente la ola y pasaron de ser especialistas de la España imperial "una, grande y libre, por el imperio hacia Dios" a hacerse hueco en los escaparates de las librerías a base de heroínas (puras o adulteradas, que más da; a fin de cuentas, el libro es un producto que se vende mucho, pero se consume poco). Bueno, pues antes de iniciarse esa adición a la historiografía femenina, Amaury de Riencourt había publicado ya esta larga reflexión sobre la intervención femenina en la historia de la humanidad. "Por primera vez, en las siguientes páginas, el estudio de la evolución humana se centra primordialmente en la hembra de la especie y presenta una visión exhaustiva de la influencia, la posición social, la situación económica y la influencia cultural de las mujeres a través de los tiempos", nos dice en la introducción. Sin embargo, "Sexo y poder en la historia", obra a contracorriente de la historiografía de la época, no llegó a granjearse las simpatías  necesarias, y de ese modo, mientras los folletos más virulentos que se hayan escrito nunca contra una parte de la especie humana -como por ejemplo el "Manifiesto SCUM", a cuyo lado palidecen los alegatos racistas del período nazi- gozaban del beneplácito de amplios sectores del público y se traducían y publicaban en numerosos idiomas, la incómoda obra de Riencourt caía en el más inmerecido de los olvidos.

La gran victoria estratégica del feminismo ha sido lograr que la sociedad identifique sus intereses de grupo con los intereses de la mujer. Ha sido una tarea relativamente fácil, ya que se ha limitado a utilizar resortes infalibles de la psicología, y tal vez de la genética, de la especie humana: la propensión varonil a brindar protección y la tendencia femenina a aceptarla con la mayor naturalidad. El paradigma del Titánic (ellos ceden los botes y se ahogan, ellas aceptan los botes y se salvan) es excepcional por sus circunstancias y su escala, pero no por su naturaleza y significado. En general, Amaury de Riencourt pone a la mujer bajo una luz muy favorable, pero deja al descubierto los inconvenientes de los desencuentros históricos entre los sexos y el saldo negativo de pasadas experiencias feministas. En ese sentido, su obra era "políticamente incorrecta" ya cuando se escribió, aunque por entonces no se hubiese popularizado aún tal expresión.

La tesis central de la obra de Riencourt es que la falta de armonía en las relaciones entre los sexos ha sido históricamente el síntoma inequívoco de decadencia de las civilizaciones, y expone como ejemplos más ilustrativos los casos  de Grecia y Roma. En el extremo opuesto sitúa las culturas india y china, donde la armonía de las relaciones entre los sexos ha coincidido con una extraordinaria capacidad de adaptación a choques culturales e invasiones que ha mantenido la cohesión interna de ambas culturas durante milenios. Así nos describe Riencourt el ocaso de la civilización griega:

"La rebelión feminista cobró impulso a medida que la sociedad griega empezó a deslizarse por la pendiente de la decadencia. […] En medio de ese vacío creciente, el feminismo surgió e impuso sus propias metas sociales. La educación se generalizó, pero perdió en profundidad lo que ganó en extensión; en algunos Estados (Teos y Quíos) se establecieron escuelas mixtas basadas en el modelo de Esparta. […]  Se dio prioridad a los atributos de seducción de la mujer, más que a su dignidad como madre; la consecuencia fue la aversión a la maternidad. El aborto y el abandono de los recién nacidos se hicieron muy comunes y contaron con la aprobación de los filósofos del momento, que afirmaban que, de ese modo, se reducía el peligro de la superpoblación, con el resultado de que las tasas de mortalidad empezaron a ser superiores a las tasas de natalidad. El ansia de comodidades y placeres no estaba ya sujeta a ningún temor religioso; el Olimpo desaparecía lentamente tras la cortina de humo intelectual de los filósofos. Todos los ingredientes de una decadencia clásica se hallaban presentes; la prueba más destacada fue el acusado descenso demográfico" (Pág. 115).

Una pauta que se repite siglos después en Roma:

 "El prestigio legendario de las matronas romanas se basaba en su inigualable dedicación a sus hijos y la recíproca devoción de los hijos por sus madres. Cayo Graco, que inició la gran revolución social de Roma, siempre siguió los consejos políticos de su madre y retiró los proyectos de ley que ella desaprobaba; de hecho, incluso el Estado romano se inclinó ante ella y erigió en su honor y con cargo al erario público una estatua con la inscripción Cornelia, madre de los Gracos. Julio César estuvo sometido a la aplastante influencia de su madre, Aurelia, hasta que ésta murió en el 52 a.C. El carácter romano y el destino histórico de Roma fueron indudablemente moldeados por las grandes matronas romanas, cuyas entrañas alumbraron a los hombres que conquistaron y gobernaron el mundo civilizado" (Página 121).

Y pasa Riencourt a explicar cómo la revuelta inicial de las mujeres (contra la Ley Oppia), consistente en transgredir la tradicional sobriedad romana para acceder a los artículos de lujo que puso a su disposición el contacto con el Oriente helenístico, pasó pronto a ser también una revuelta erótica contra la severa y puritana moralidad de los primeros tiempos de la República:

"A medida que el imperio ganó en extensión, la sociedad romana sufrió una extraordinaria mutación con asombrosa rapidez, pasando del sano estoicismo y la simplicidad a una vida de libertinaje desenfrenado. [...] La prostitución aumentó a pasos agigantados, la homosexualidad se importó de Grecia, y las mujeres se liberaron pronto de cualquier traba. No contentas con suprimir la autoridad absoluta del paterfamilias, las mujeres romanas empezaron a abandonar sus hogares para desempeñar un papel cada vez más importante en la vida política del Estado." […]

"Fruto de la cultura grecorromana desequilibradamente masculina, esta rebelión feminista adoleció de un defecto decisivo: al revolverse contra la autoridad masculina y la supremacía de los valores viriles en términos estrictamente masculinos, las mujeres romanas destruyeron en definitiva los cimientos de su propia sociedad y civilización. [...] Inconscientemente, las mujeres romanas destruyeron con sus propias manos sus bastiones femeninos en una sociedad patriarcal; las altivas, respetadas e influyentes madres de los primeros tiempos de la República pasaron a despreciar su función biológica primordial en la época imperial y comenzaron a competir con los hombres en términos masculinos. En ese proceso, fracasaron y no hicieron ninguna contribución significativa a la cultura romana; y al no ser capaces de restablecer el respeto por los valores específicamente femeninos contribuyeron a corromper la vida romana bajo el dominio imperial de los Césares sin lograr siquiera participar directamente en el poder político, cada vez más sujeto al influjo de las legiones y de la guardia pretoriana. En contraste con el imperio bizantino, no proporcionaron ni una sola gobernante; ninguna emperatriz llegó a gobernar nunca en Roma." (Pág. 124)

En la época de Julio César, el proceso de disolución de la familia ya se había consumado, y la mayor parte de las funciones disciplinarias y judiciales ejercidas antiguamente por el paterfamilias empezaron a transferirse a un Estado cada vez más burocratizado. Ahora el matrimonio consistía simplemente en el consentimiento mutuo, sin necesidad de ceremonias o formalidades. A medida que la autoridad de los emperadores era cada día más absoluta y el promedio de libertad de los ciudadanos más reducido, las mujeres intervenían cada vez con mayor frecuencia en la política local, como atestiguan los carteles electorales colgados por mujeres políticas que se han descubierto en las paredes de Pompeya.

Un instrumento decisivamente eficaz en manos de las mujeres fue la religión. En Roma fueron sobre todo mujeres las adeptas más fervorosas de los nuevos cultos importados de oriente, incluido en cristianismo. Y fueron sobre todo mujeres quienes indujeron la conversión religiosa de los reyes bárbaros y determinaron el curso de la historia en Europa occidental, lo mismo que, con anterioridad, habían convertido a los emperadores romanos. En 493 d.C., el rey franco Clodoveo se casó con la cristiana Clotilde, que pronto logró la conversión de su marido al cristianismo junto con otros 3.000 nobles francos. Aunque Riencourt no los cita, la historiadora Régine Pernoud nos recuerda que los casos de Italia, España e Inglaterra fueron similares: la católica Teodolinda logra la conversión al catolicismo de su hijo, el rey lombardo Adaloaldo; Teodosia hace lo propio con su esposo, el rey visigodo Leovigildo; y Berta de Kent obtiene la conversión del rey Etelberto. Tales conversiones significan el paso a la nueva fe de los reinos respectivos. Regine Pérnoud constata evoluciones similares en Alemania, Rusia, Polonia y los Países Bálticos. (La femme au temps des cathédrales, cap. I) 

Según Riencourt, la excesiva influencia de las mujeres fue en parte responsable de algunos de los aspectos menos atractivos de la civilización bizantina y de su notable esterilidad cultural a partir del siglo VII, precisamente en la época en que la cultura árabe empezó a florecer. La exagerada influencia femenina debilitó la fibra moral de esos griegos tardíos y fue responsable de los interminables sutilezas que llegaron a conocerse como bizantinismo, puesto de manifiesto por la interminable controversia de sus principales teólogos acerca de si los ángeles podían bailar en la punta de una aguja, mientras que Constantinopla se hallaba cercada y luchaba por su supervivencia. En realidad, concluye Riencourt, tal vez la bizantina haya sido la civilización más afeminada que ha habido sobre la tierra desde la revolución patriarcal.

Y Riencourt establece una curiosa comparación entre esas dos civilizaciones en pugna (la bizantina y la musulmana) y los dos grandes credos religiosos (el católico y el protestante) que dividen Europa en el siglo XVI. Para Riencourt, la cristiandad ortodoxa bizantina representa el aspecto "católico" de la religión, y el Islam es su aspecto "protestante". Para explicarlo de otra forma, la cristiandad ortodoxa griega representa el polo "femenino" y el Islam el polo "masculino". El rasgo más importante de esa diferencia es el extremo ritualismo de la Iglesia ortodoxa griega, con su impresionante pompa y su lujoso despliegue de casullas brillantes y ornamentos bordados de oro, que producían una atmósfera casi mágica, en contraste con la práctica inexistencia de predicación. En cambio, el Islam daba prioridad a los sermones y excluía cualquier otro aspecto, de modo muy similar al practicado siglos después por la Reforma protestante occidental. Psicológicamente, esta tendencia significa que la cristiandad ortodoxa hacía poco hincapié en la moralidad y la ética, ese elemento primordialmente "masculino" y poco atractivo para las mujeres, cuya imaginación y emociones respondían mejor al despliegue y el ritual mágico de la liturgia. En cambio, el Islam, masculino hasta la médula, prefería la simplicidad máxima en su ceremonial y su rígida ética, y excluía los rituales complejos, la parafernalia deslumbrante y todo el despliegue emocional de los ceremoniales grandiosos; era el equivalente al puritanismo occidental con su típica preferencia por los sermones y la ética. Por el contrario, en Bizancio, el compromiso entre los principios masculino y femenino se desplazó lentamente, a lo largo de los siglos, hacia el polo femenino, hasta el punto de causar la muerte de una civilización.

A diferencia de las culturas greco-romana y bizantina, en las que las tensiones entre los principios masculino y femenino minaron la sociedad hasta provocar la destrucción de esas civilizaciones, en las culturas de China y la India se mantuvo siempre la armonía y el equilibrio entre ambos principios, y eso garantizó su supervivencia hasta nuestros días. Ambos países siguieron siendo patriarcales en lo relativo a sus estructuras socioeconómicas, pero sus valores culturales fueron tales que el principio femenino recibió su debido reconocimiento en la asociación entre varón y mujer. Cada una a su modo, las culturas india y china preservaron la igualdad metafísica básica entre los sexos, aunque nunca otorgaron a las mujeres la misma igualdad en la vida social y política, ni existe indicio alguno de que las mujeres exigiesen tal igualdad. Ni en la India ni en China existe rastro alguno de revuelta de las mujeres tal como la que tuvo lugar en el mundo grecorromano y en la moderna civilización occidental. Ambas culturas orientales aceptaron como premisa fundamental que las dos entidades distintas pueden funcionar únicamente mediante la cooperación: en ninguna de las dos civilizaciones hubo nunca una competencia real entre los sexos.

A finales del siglo XVIII, un viajero occidental, el padre Dubois, afirmaba: "una mujer hindú puede ir adondequiera sola, incluso en los lugares más abarrotados de gente, sin temer nunca las miradas o bromas impertinentes de los paseantes. Esto me parece realmente notable. Una casa habitada en exclusiva por mujeres es un santuario que el más desvergonzado libertino nunca soñaría en violar. Con frecuencia he pasado la noche en albergues comunes, en los que hombres y mujeres yacen casi unos al lado de otros; pero nunca tuve conocimiento de que nadie perturbase la tranquilidad de la noche mediante un acto o una palabra indecentes."

Tampoco la competencia entre los sexos ha puesto en peligro la supervivencia del Islam. No obstante, el carácter excesivamente masculino del Islam ha tenido, a juicio del autor, efectos esterilizantes para esa civilización. "Con las pocas excepciones mencionadas, uno busca en vano mujeres que sobresalgan en los 1.300 años de historia islámica; el paisaje musulmán está desnudo de cualquier tipo de influencia femenina. En cierto sentido, el violento antifeminismo del Islam ha sido tan nefasto como el exagerado afeminamiento de Bizancio, y ambos han sido responsables de la decadencia económica y cultural que empezó a corroer el Oriente Medio pocos siglos después de la muerte del Profeta", afirma Riencourt.

A semejanza del Islam, la Reforma protestante, en particular la calvinista, con su ascetismo sexual y su limitación de la sexualidad a los fines reproductivos, fue esencialmente antifeminista. Cuando el ascetismo sexual prevalece en una sociedad, la mujer gana en dignidad, pero pierde poder, ya que gran parte de su poder reside en su capacidad de influencia en los hombres a través de su atractivo sexual, dice Riencourt. La mujer ya no es un objeto sexual, y pasa a ser un instrumento económico. El puritanismo calvinista convierte el trabajo en un sacramento, pero a la vez proscribe el lujo y limita la actividad adquisitiva al mínimo necesario para la subsistencia. La combinación de esa gran actividad laboral y la limitación del consumo da lugar a una gran tasa de ahorro y acumulación de capital. El éxito en este mundo es símbolo de superioridad moral. Esa acumulación de capital y esa capacidad de ahorro están en la base de la revolución industrial y el nacimiento del moderno capitalismo. El sistema intensamente dinámico y competitivo resultante de la ética puritana calvinista es profundamente masculino. Las propias mujeres anglicanas adquieren rasgos poco femeninos que las distinguen claramente de sus hermanas católicas.

Hasta la llegada de la revolución industrial, la familia era una unidad económica integrada, y ambos sexos tenían mucho trabajo. Con la revolución industrial se produjo la dislocación económica de la familia como unidad de producción, y muchas mujeres empezaron a trabajar en las fábricas al mismo tiempo que sus maridos e incluso en competencia con ellos. Las mujeres de las clases medias encontraron mucho tiempo para el ocio. En el pasado, todas las mujeres, al igual que todos los hombres, habían trabajado; ahora, algunas mujeres trabajaban independientemente de sus maridos y otras, las mujeres privilegiadas del entorno burgués que podían permitírselo, no trabajaban en absoluto. De esa disparidad surgieron los primeros elementos del movimiento feminista. El trabajo asalariado de muchas mujeres de las clases bajas sirvió de materia intelectual para la elaboración de las primeras reivindicaciones feministas por las mujeres de las clases medias acomodadas, mantenidas en el ocio y la comodidad por sus maridos.

Esta situación de ocio de toda una clase (las mujeres de clase media y alta) constituye un giro radical en términos históricos. La idea de que uno de los sexos sea mantenido íntegramente por el otro es una extraña aberración que exige que las mujeres sean criaturas sin utilidad, simples consumidores de los bienes producidos por los hombres. La moda de las mujeres acomodadas es no trabajar. Incluso las esposas de los agricultores ricos empiezan a considerar que trabajar es algo impropio de una dama. La nueva mentalidad burguesa de las clases medias en ascenso empiezan a considerar a la mujer ociosa como símbolo de éxito social. En otras palabras, la nueva mujer burguesa producida por la revolución industrial sacrifica su condición de mujer, que siempre había incluido el trabajo intenso en cualquier sociedad, por una feminidad artificial definida con arreglo a los nuevos cánones de la sociedad industrial. Según el concepto victoriano, el trabajo del varón debería bastar para mantener a la familia. El orgullo de la esposa de clase media dependía del estatus logrado o heredado por su marido.

Desde siempre, el ocio ha sido fuente de todos los males, y una sensación de profunda insatisfacción empezó a embargar a esas mujeres que tenían una gran cantidad de tiempo para pensar en su condición y en la falta de sentido de sus vidas. Para agudizar el malestar social, la revolución industrial empeoró la situación de la mujer en otro aspecto: la pérdida de los derechos de propiedad. En el pasado, las mujeres habían disfrutado de un poder considerable en la aristocracia, la pequeña nobleza y la artesanía independiente; en cambio, los nuevos tipos de inversiones en la industria, el comercio y los negocios correspondían a un mundo enteramente masculino que ellas apenas comprendían y en el que ya no eran invitadas a participar. Reflejo de esa mentalidad es la frase pronunciada por Sir William Blackstone, uno de los principales juristas de la época, que afirmaba: "el marido y la mujer son uno, y ese uno es el marido". La educación de las mujeres pasó también a segundo plano, de forma que las damas acomodadas de la época eran más ignorantes que sus antepasadas del reino isabelino, dos siglos antes.

En resumen, en los países de habla inglesa, en los que el poder y la influencia de la mujer habían sido siempre notablemente inferiores al de sus coetáneas de la Francia prerrevolucionaria, y donde la dislocación social de la revolución industrial se inició antes, sobre todo en Inglaterra, las condiciones estaban maduras para una revuelta feminista. Mary Wollstonecraft fue la pionera. Detrás vinieron otras y, al cabo de un siglo de actividad feminista en Inglaterra y los Estados Unidos, se llegó, en ambos países, a una situación bastante igualitaria de ambos sexos en lo que respecta a la educación, la situación jurídica y los derechos políticos. El sufragio femenino se estableció en 1893 en Nueva Zelandia, y en 1902 en Australia. En el Canadá y los Estados Unidos, el sufragio femenino empezó en los estados del oeste y se extendió desde allí hacia el este. A finales del siglo XIX, Wyoming, Colorado, Utah e Idaho lo habían establecido, mientras que el Québec tuvo que esperar hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Una de las principales razones que retrasó el sufragio femenino fue la inclinación de las sufragistas a prohibir el alcohol: más que una actitud antifeminista, fue una reacción contra el puritanismo de las sufragistas lo que retrasó el proceso. Simultáneamente, se modificaron las leyes que mantenían a las mujeres bajo la tutela económica de sus maridos (Ley de Propiedad de la Mujer Casada de 1870, en Inglaterra).

Si contemplamos la cultura occidental -prosigue en su análisis Riencourt-, parece incuestionable que las mujeres se han mantenido, en todo momento, en la periferia de la creación plural, lo que es también aplicable a cualquier otra sociedad. Con excepción de su contribución a la literatura, en particular a la novela y la poesía, su producción original ha sido escasa por falta de imaginación creativa. En épocas de grandes gobernantes del sexo femenino, tales como Isabel I de Inglaterra, Cristina de Suecia, María Teresa de Austria y Catalina la Grande de Rusia, no hubo una sola mujer que destacara en los terrenos de la filosofía, la pintura, la escultura, las matemáticas, la arquitectura, la ciencia o la composición musical. La causa no fue ninguna presión social, falta de educación, costumbre o tradición, sino más bien de tipo psicológico. Cada vez son más abundantes las pruebas de que las funciones mentales están influidas por el sexo, y que el cerebro femenino no funciona igual que el masculino. El genio creativo se sitúa a veces cerca de la locura, y esa constatación de la sabiduría popular se ve confirmada por la ciencia moderna, ya que, mientras que los coeficientes de inteligencia promedios de varones y mujeres son aproximadamente equivalentes, las variaciones son mucho mayores en el caso de los varones, en los que son más frecuentes los casos de retraso mental o genialidad. Hay más hombres en ambos extremos de la escala. Ni siquiera el caso de María Curie puede considerarse excepcional, ya que el verdadero talento fue el de su marido, ampliamente reconocido antes del encuentro y matrimonio de ambos. Pierre Curie era un científico genial mucho antes de casarse, mientras que toda la labor creativa de María tuvo lugar en colaboración con su marido, y la obra desarrollada por María tras la muerte de su marido sólo fue continuación de los descubrimientos fundamentales hechos en vida de Pierre.

La explicación de que la mujer nunca ha tenido oportunidades creativas no se sostiene, según Riencourt, ya que supone olvidar las condiciones extremadamente adversas en las que algunos hombres han alumbrado obras maestras: sordera, ceguera, falta de enseñanza formal, pobreza, persecución política, etc. En muchos casos, las mujeres han tenido mayores oportunidades educativas que los hombres en determinadas materias, como por ejemplo la formación musical, incluida en la educación de todas las jóvenes de las clases nobles, al contrario de los jóvenes, que no solían recibir ese tipo de formación. Sin embargo, todos los grandes compositores han sido hombres. Otra comparación elocuente es la de los monasterios, en los que, durante siglos, hombres y mujeres llevaron un régimen de vida y estudio similar. Ningún prejuicio impedía a las monjas dedicarse a la ciencia, al arte y a la literatura, y de hecho así lo hicieron muchas de ellas. Sin embargo, casi todos los nombres célebres surgidos de la vida monacal son masculinos.

La explicación de Riencourt para este fenómeno es que las mujeres se orientan hacia lo subjetivo, personal y concreto, y carecen de la agresividad biológica y mental que requiere el impulso creativo. Más que a crear, tienden a conservar. No es una cuestión de inteligencia o de comprensión intelectual; las mujeres son tan inteligentes como los hombres, pero su inteligencia está más orientada hacia la emoción que hacia la imaginación. La creatividad de la mujer es de un orden totalmente distinto, fundamentalmente misterioso, derivado de la fuente misma de la vida. Sin embargo, aunque la mujer no sea intelectual o artísticamente creativa, el hombre no puede crear sin ella; por eso la parte femenina en el proceso cultural, aunque indirecta, es esencial. Ambos sexos son como los dos polos de un campo eléctrico de fuerzas magnéticas: la correlación entre los dos polos da lugar al poder creativo; y ninguno de los polos, masculino o femenino, puede lograr nada sin la contribución del otro.

La concesión del sufragio a la mujer, la constante alteración de la legislación para favorecerla, todos los derechos sociales y políticos que se han hecho extensivos a la mujer no sólo tienen significado práctico, sino también un valor simbólico: el reconocimiento por el hombre de un mundo fuera de control. Aun cuando se haya preservado un patriarcalismo rígido, la inevitable deriva hacia el estatismo del bienestar, el creciente antimilitarismo de las naciones occidentales, y la preocupación cada vez mayor por los problemas ecológicos y la contaminación ponen de manifiesto el irresistible predominio del principio femenino de conservación. Tras haber pisoteado su nido planetario, el hombre occidental ha de enfrentarse al nuevo espíritu de la Madre Tierra, generador no sólo de estabilidad civilizada, sino también de cólera revolucionaria.

La mujer, con su creciente insatisfacción y rebelión social se ha convertido en uno de los principales disolventes de la sociedad contemporánea occidental. En nuestros tiempos, estamos reconstruyendo, a una escala mucho mayor, el sistema social que, a partir de Eurípides, sacudió los cimientos del mundo grecorromano y, con el tiempo, acabó destruyendo su civilización desde dentro antes de que los bárbaros invadiesen el imperio desde fuera.

En el siglo XIX, Marx y Engels propugnaron abiertamente la abolición de la familia y la emancipación de la mujer como "proletariado" doméstico. Irónicamente, eso era lo que estaba haciendo el burgués, al suprimir la posición de las mujeres como meros instrumentos de producción y convertirlas, en cambio, en criaturas ociosas y pasivas, símbolos de una categoría social en la que el trabajo estaba ausente. Pero ni Marx ni Engels se preocupaban por esas realidades cuando deseaban imponer un aspecto doctrinal. Los socialistas de la época empezaron a comprender la importancia de ganarse a la mujer para su causa, posición expresada con este lema: que los socialistas abracen la causa de la emancipación femenina y las mujeres se convertirán en enemigos del capitalismo e incondicionales del socialismo.

En 1919, las autoridades soviéticas decretaron que la familia había dejado de ser una necesidad tanto para sus miembros como para el Estado. Sin embargo, el gran experimento de abolición de la familia empezó a fracasar desde sus inicios. Los hombres, despojados de sus anteriores atribuciones y responsabilidades paternas, se volvieron negligentes hacia sus familias y dejaron la carga de la crianza a la generación más joven de mujeres y sus parientes de más edad. La desaparición de la solidaridad familiar hizo crecer la delincuencia juvenil y, lejos de elevar el status de la mujer, la revolución resultó totalmente desmoralizadora. Más que liberar a la mujer, liberó al hombre de sus restricciones sexuales y su responsabilidad doméstica, las dos grandes ventajas del matrimonio estable para la mujer. De hecho la nueva mujer soviética estaba sexualmente oprimida como nunca lo había estado antes. Si alguna vez la mujer fue un objeto puramente sexual para el hombre, tal cosa ocurrió en la revolución rusa:

"Por el presente decreto ninguna mujer puede considerarse ya propiedad privada y todas las mujeres se convierten en propiedad de la nación... los ciudadanos varones no tienen derecho a utilizar a las mujeres con mayor frecuencia de la establecida, es decir, tres veces por semana y durante tres horas cada vez... Todo hombre que desee hacer uso de una mujer nacionalizada deberá estar en posesión de un certificado expedido por el Consejo administrativo",

dictaminaba un decreto oficial del soviet de Saralof en febrero de 1919. Y otro decreto del soviet de Vladimir decretaba, en 1918, que los varones podrían elegir a sus cónyuges "con independencia del consentimiento de éstas". A partir de los años 20, la actitud soviética comenzó a cambiar. En 1936 se promulgó una nueva legislación que restableció oficialmente la familia como base nuclear del Estado.

En agosto de 1943, las autoridades soviéticas suprimieron la coeducación en las escuelas elementales y secundarias justificando su decisión con el comentario siguiente:

"Un muchacho debe prepararse para servir en el Ejército Rojo mientras cursa sus estudios. Por eso recibe un entrenamiento físico y puramente militar especial para llevar una austera vida de soldado... ¿Y qué ocurre con las muchachas? Ellas son esencialmente madres. La escuela debe dotarlas de conocimientos especiales sobre anatomía humana, fisiología, psicología, pedagogía e higiene."

En otras palabras, la mujer soviética había vuelto a las funciones reproductoras, y ningún logro profesional podría proporcionarle tanto honor como la fertilidad biológica. En los años 60, la participación de las mujeres en el Comité Central del Partido Comunista era tan sólo del 3%.

Para Riencourt, lo que está luminosamente claro es la progresiva desintegración de los valores de la civilización occidental mediante el derrumbamiento general de su mitología tradicional. Lo que está ocurriendo a la civilización occidental, su verdadera revolución cultural, es lo que ha ocurrido una y otra vez a comunidades cerradas sobre sí mismas y repentinamente expuestas a una cultura ajena todopoderosa: que se derrumbaron al mismo tiempo que sus mitos, sus símbolos y sus cosmogonías; es decir, al hacerse añicos la posesión más preciosa del hombre: la coherencia mental. Durante siglos, los occidentales han visto cómo esto ocurría en civilizaciones exóticas y en comunidades primitivas; ahora está ocurriendo a su propia civilización, no mediante la inclusión brutal de una cultura exterior, sino como resultado de la deriva interna de su propia cultura. Nietzsche profetizó el destino inevitable de la cultura europea, la desaparición de todos los valores tradicionales y el triunfo del nihilismo, junto con el triunfo del espíritu dionisíaco y la plena aceptación de la decadencia. En la actualidad, podemos ver y sentir esa decadencia, aunque no la forma de superarla. El impulso prometeico occidental está llegando a su fin y todos sus componentes están empezando a deshacerse. De modo totalmente natural, uno de sus más importantes componentes, las relaciones relativamente armoniosas entre los sexos, está desintegrándose: ahora que los hijos de Prometeo flaquean, las hijas de Pandora se revuelven, no con suavidad al estilo femenino, como han hecho en otras épocas, sino con furia fría y revolucionaria, a la manera masculina.

Las hijas de Pandora

El feminismo del siglo XIX murió a comienzos del decenio de 1920; con la concesión del sufragio a las mujeres en la mayoría de los países de Europa y América, ese feminismo murió de la muerte natural que llega tras el cumplimiento de una misión. Treinta años después, Margaret Mead  escribía asombrada: "El éxito para una mujer consiste en hallar un buen esposo y conservarlo; eso es más cierto ahora que en la generación anterior". Pero la revolución se estaba fraguando bajo esa calma aparente. Y de esa forma, la mayor enfermedad que puede afligir al ser humano empezó a propagarse como una epidemia entre las amas de casa, cobrándose un enorme número de víctimas y destruyendo espiritualmente a quienes no estaban suficientemente embotadas para disfrutar de una existencia parasitaria y carente de sentido: sacudir el aburrimiento. Del aburrimiento a la revuelta no hay más que un paso, y ese paso se dio en los años 60.

El estado de ánimo general de las mujeres como madres en cualquier época halla eco en la generación de sus hijos; según afirma Hegel en su "Fenomenología del Espíritu", la mujer frustrada tratará invariablemente de predisponer a los hijos contra su padre. Este es el terreno donde radica la verdadera revolución: cuando la mujer, que es básicamente conservadora, está tan frustrada por su insatisfactoria relación con el otro sexo que, a pesar de la poderosa influencia de la maternidad, abandona su habitual resignación y predispone a una generación contra otra. Mientras que en los cuadros y retratos pictóricos de los siglos anteriores se ve que los niños y las generaciones adultas visten igual y adoptan las mismas actitudes, en nuestra época lo primero que preocupa a las generaciones jóvenes es distanciarse de la generación anterior. Los adolescentes varones de los 60 empezaron a mostrar violentamente todos los signos de una intensa crisis de identidad, en gran medida resultante de la imposibilidad para identificarse con sus padres. Por su parte las jóvenes veían con terror la perspectiva de repetir la frustrada vida de sus madres. La brecha generacional se ensanchó y, con ella, empezaron las primeras sacudidas del movimiento de liberación de la mujer.

En "El segundo sexo", de Simone de Beauvoir, se hallan compendiadas todas las contradicciones que van a ser la plaga de la nueva doctrina de liberación de la mujer: afirmar que nada es natural, sino sólo social y, al mismo tiempo, verse obligadas a aceptar las dominantes repercusiones de la realidad fisiológica; afirmar y a la vez negar todo tipo de destino anatómico; aceptar que determinada situación depende de la fisiología y, al mismo tiempo, que la fisiología depende de la situación; negar la inherente pasividad de la mujer, pero aceptarla en todas las cuestiones sexuales; negarse a aceptar que la personalidad de la mujer se vea afectada por secreciones endocrinas, pero aceptar su interrelación; pedir la neutralización de los sexos y, al mismo tiempo, afirmar que es imposible. No importa. Simone de Beauvoir sigue adelante sin amedrentarse por las contradicciones e incoherencias, hacia su meta: la famosa diferencia no existe genéricamente; es preciso negar a la mujer y la feminidad. En gran medida, en el contexto general de una exacerbación cultural de lo masculino, ésta será la posición de las futuras extremistas del movimiento de "liberación". La "diferencia" será rechazada, puesto que es una monstruosidad social perpetrada por los varones; la complementariedad de los sexos es una tontería, y también lo es la cooperación basada en ella; la maternidad es casi degradante. Todo lo que deriva de la "diferencia", es decir, las instituciones sociales, el Estado, el matrimonio, la familia, las restricciones sexuales, las tradiciones, debe tirarse por la borda. Y una vez el que el mundo esté totalmente despojado de sus anteriores estructuras, el feliz sueño de la anarquía podrá ser por fin verdad: el poder y la jerarquía serán destruidos.

Las similitudes entre la atmósfera del mundo occidental contemporáneo y del imperio romano en los estertores de la decadencia son asombrosas: la misma falta de verdadera fe religiosa y de fines éticos, la misma degeneración cultural y falta de creatividad, la misma brutalización y el mismo culto a la violencia sin objeto. El circo romano en el que los gladiadores derramaban su sangre para satisfacción sádica de las multitudes se sustituye ahora por el cine y la televisión, donde el ketchup sustituye a la sangre para satisfacción del mismo tipo de sofisticadas multitudes sicotrópicas. Pero el significado psicológico es idéntico en ambos casos. Incluso la rebelión de las mujeres en ambas civilizaciones tiene connotaciones idénticas y conlleva el mismo designio de destrucción para ambas sociedades, ya que en ambos casos la mujer se subleva dentro del marco masculino, en lugar de desplegar un enfoque creativamente femenino del problema fundamental de cómo restablecer el poder de la mujer y su influencia sin destruir la sociedad y cómo dar al componente femenino de nuestro ser colectivo su verdadero lugar. Por el contrario, el movimiento de liberación de la mujer trata de lograr la completa igualdad con el hombre en los terrenos político, social y económico, sin preocuparse por los valores femeninos, que han desaparecido casi por completo de nuestra sociedad occidental exclusivamente orientada a lo masculino. Su "liberación" se asemeja al intento de los artistas dedicados a la decoración interior mientras los cimientos del edificio están hundiéndose. ¿De qué les sirvió su "liberación" a las mujeres de Roma cuando las hordas visigóticas de Alarico asaltaron la ciudad y la saquearon?  En lugar de contrarrestar la tendencia masculina a la agresión y la dislocación, el movimiento de liberación hace suyos esos valores y tiende a la destrucción de los valores culturales y las instituciones sociales que tradicionalmente han protegido las mujeres.

El erotismo contemporáneo, explica Riencourt, trata de liberar sexualmente a la mujer, pero de acuerdo con una concepción masculina de la sexualidad. Reorientar la finalidad de la actividad sexual de la procreación a la recreación simboliza ese énfasis decadente en una forma de ser exclusivamente masculina. La moderna rehabilitación de lo erótico en su aspecto puramente sexual y despojado de afectividad choca frontalmente con la verdadera concepción femenina. Freud asimiló correctamente el erotismo puramente sexual y sin amor con el deseo de romper lazos y ataduras, y en consecuencia, con una tendencia final a la dislocación, la destrucción y la muerte –Thanatos- frente a Eros,  el erotismo impregnado de amor, unificador y conservador.

Lo que parece evidente a Riencourt es que la tendencia hacia una reducción drástica de las diferencias sexuales y la clara orientación hacia lo unisexual, lejos de ser progresista, es esencialmente regresiva. Margaret Mead también lo vio así:

"Cada ajuste que minimiza una diferencia,  una vulnerabilidad en un sexo, y una fuerza diferencial en el otro, disminuye las posibilidades de complementariedad recíproca de ambos y corresponde simbólicamente a sellar la receptividad constructiva de la mujer y la vigorosa actividad constructiva y extrovertida del varón, cambiándolos ambos al fin en una versión más sombría de la vida humana, en la que se niega a ambos la plenitud de la humanidad que cada uno de ellos podían haber tenido."

Es la sublimación del impulso sexual lo que ha llevado a la humanidad a su presente nivel de conocimiento y autoconciencia, ha creado las culturas que disfrutamos y nos ha acercado a un entendimiento de los destellos de la creación cósmica. Cortar de raíz ese impulso y su sublimación es suicida. En lugar de potenciar la verdadera feminidad dando a la mujer libertad para elegir, sin imponerle una obligación, la presente tendencia a la neutralización de los sexos mediante la reducción de las diferencias y de la tensión creativa entre ellos denota un deseo de muerte social, implícito en la depreciación de la maternidad que, una vez más, se justifica demasiado fácilmente por la amenaza de una explosión demográfica mundial.

Las "liberacionistas" son demasiado inclinadas a afirmar que "tras un largo período de celebrar las diferencias entre hombres y mujeres, nos encaminamos hacia un mundo andrógino". Pero eso significa que la civilización occidental se encamina en una dirección mortal. Reducir las diferencias, concluye Riencourt, es desvitalizarse y poner a la sociedad occidental en peligro de extinción biológica.

¿Tenía razón Riencourt en sus predicciones? ¿Es la guerra de sexos el principio del fin? En cualquier caso, treinta y tres años después de haberse escrito las palabras resumidas en el párrafo anterior, es imposible consultar las proyecciones demográficas y las pirámides de población previstas para mediados del presente siglo (por ejemplo, las correspondientes a España, Alemania o Italia) sin sentir un escalofrío en la espina dorsal. El tiempo dirá…

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Amaury de Riencourt: "Sex and Power in History", Delta Books, New York, 1975.

[2007]

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