Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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Los monólogos de la vagina

(Eve Ensler)

¡Cómo lamento ahora no haber "encontrado un hueco", durante las cuatro temporadas de representación de los "Monólogos de la vagina" en Madrid, para acudir al teatro a verla. Cuando, casi por azar, ha caído en mis manos el libro, mi estupor es tanto que me no me perdono haber perdido la oportunidad de ver el prodigio sobre las tablas. Si alguna vez en mi vida he tenido ocasión de ver un buey volando, ha sido esta, y me la he perdido.

Los "Monólogos de la vagina" han sido uno de los grandes éxitos mundiales del teatro reciente, y ése es, sin duda, uno de los grandes enigmas sociológicos de nuestro tiempo. Tras haber leído el folleto, mi estupor es total. Ahora me reafirmo más que nunca en la idea de que no debo escribir en esta web para tratar de convencer, sino para compartir con los ya convencidos. Los "Monólogos" son un puro acto de fe, un valor sentado de antemano que no se analiza ni se cuestiona, la plegaria de un nuevo culto universal. Sólo así se explica que algo tan informe y banal se haya convertido en un éxito teatral mundial y haya acabado siendo símbolo planetario -¡cómo no!- de la cruzada feminista contra la violencia "machista". El V-day (V de Valentín, Vagina, Victoria y Violencia, cuatro en uno) se celebra, con mayor o menor fortuna, en cerca de 100 países. Al viejo patrón de los enamorados nos lo han convertido en una especie de San Jorge contra el dragón masculino y han colocado debajo un cartel que advierte: chicas, cuidado con ese dragón violento que acecha a la entrada de vuestras vaginas y que un día os devorará. Un San Valentín sangriento.  

Sobre todo, no os perdáis el prólogo de Gloria Steinem, una de las plumas más conspicuas del feminismo mundial.  Un prólogo que te abre el apetito como el aceite de hígado de bacalao que nos daban de pequeños: remedio amargo, pero infalible. Desde las primeras líneas, uno se siente como se sentiría un fotógrafo de escenas típicas que, al llegar a un pueblo, se encontrase con que el regidor en persona disfrazado de Alcalde de Zalamea y rodeado de corchetes. ¿Buscabas tipismo absurdistano? Pues aquí llega la flor y nata del costumbrismo indígena.

Gloria Steinem, nacida en 1934, se queja de pertenecer a la generación "de ahí abajo", según ella, única manera familiar y escolar de referirse a los órganos genitales en presencia de los niños de su generación. Lo de siempre, ya se sabe que, cuando hablaban con sus hijos varones, las madres no se referían a lo "de ahí abajo", sino que iniciaban una fluida conversación sobre prepucios, glandes, orgasmos y eyaculaciones. Para empezar, el victimismo irredento. Y a continuación, la inevitable carrera cuesta abajo hacia la sobrevaloración de lo femenino. La vulva por doquier. Por ejemplo, nuestra forma esquemática de dibujar el corazón no es más que un "vestigio" del símbolo genital femenino. O sea, que "antes" la gente dibujaba vulvas (no se sabe dónde, no se sabe cuándo) y, poco a poco, acabaron dibujando corazones. Pero no espontáneamente, faltaría más. Ese símbolo genital femenino "fue reducido, por siglos de dominación masculina, de ser un símbolo de poder a ser un símbolo de mero sentimentalismo". Y, al parecer, habría que dejarse de pintar corazoncitos y empezar de nuevo a sustituirlos por vulvas. Helo, helo, por do viene...  "Cuando las feministas imprimíamos "¡COÑOS AL PODER!" en chapas y camisetas como una manera de reivindicar esa palabra desprestigiada, yo podía reconocer la restauración de un antiguo poder". Y eso porque, según ella, la palabra cunt (en inglés, "coño") designaba antiguas diosas indoeuropeas y está emparentada con kin (parientes) y country (pais). Curiosa etimología que no he visto corroborada en ninguna parte. Probablemente, el cunt inglés comparte un origen más modesto con nuestro coño hispano (del latín cuneus, cuña). Como es habitual, las exaltaciones feministas son más imaginarias que históricas.

Luego da una vuelta de tuerca al victimismo endémico y enumera las distintas formas de "violencia ejercida contra el cuerpo femenino", a saber: "violación, abusos sexuales infantiles, violencia contra las lesbianas, malos tratos físicos a mujeres, acoso sexual, terrorismo contra la libertad reproductiva o el delito internacional de mutilación de los genitales femeninos". Vano sería, a estas alturas, explicar que los niños varones también son objeto de abusos y malos tratos, que la mayor violencia de pareja es la ejercida por las lesbianas entre sí, que los malos tratos físicos a mujeres tienen una correspondencia bastante aproximada en los malos tratos físicos a hombres, que el acoso sexual es una calle de dos direcciones, que el terrorismo contra la libertad reproductiva es uno de los eufemismos más vergonzosos de la historia o que la mutilación de genitales femeninos es mayoritariamente ejercida por mujeres.

Pero la perla está por llegar. En un libro sobre arquitectura religiosa, cuenta Steinem, leyó que "el trazado tradicional de la mayoría de los edificios patriarcales de culto imita el cuerpo femenino. Así, hay una entrada exterior y otra interior, los labios mayores y los labios menores; una nave central vaginal que conduce al altar; dos estructuras curvas ováricas a ambos lados; y, por último, en el centro sagrado está el altar o útero, donde sucede el milagro: donde los varones dan a luz". Y añade: "Si bien esta comparación era nueva para mí, me abrió los ojos de golpe". Y empieza la autora a sacar conclusiones del mismo tamaño que la comparación citada, es decir, monstruosas. "Simbólico o real, todo está destinado a controlar el poder que reside en el cuerpo femenino", concluye.

Si le hubiesen preguntado al maestro que diseñó la catedral de Santiago cuál era la razón del pórtico, probablemente hubiera respondido que la lluvia. Y en la de León, el viento racheado. ¡Qué océanos de ignorancia, entre la ideología y la realidad! Habiendo tantas razones para diseñar un templo de tal modo, ¡ir a discurrir que los templos "patriarcales" son trasuntos del aparato reproductor femenino! Por lo menos, algo de fálico habrá en la torre con las campanas, ¿no? ¿Y las iglesias de tres o cinco naves, que representan, aberraciones anatómicas? ¿Y el bosque de columnas de las mezquitas, patriarcales por antonomasia para los cánones feministas? Hum, tal vez vello púbico rodeando al minarete enhiesto. Eso en cuanto al prólogo.

En lo que respecta a la obrita de Ensler, es tan trivial que resulta difícil hablar de ella. Uno tiene la sensación de que la autora confunde vulva con vagina constantemente, no se sabe si adrede o por pura ignorancia. Una mujer cuenta que a su marido le gustaban las "vaginas" (sic) afeitadas y que, finalmente, tuvo que resignarse a afeitarse la suya, cosa imposible si no damos por supuesto que se refiere a la vulva o tal vez un poco más arriba. En el capítulo siguiente, la autora copia las respuestas de sus entrevistadas a esta interesantísima pregunta: "Si tu vagina se vistiera, qué prenda se pondría?". Y contestan: medias de seda, un pañuelo, lentejuelas, una boina, etc. Con eso llena dos páginas. "Si tu vagina pudiera hablar, ¿qué diría?". Otras dos páginas de respuestas, esta vez más ingeniosas: más despacio, ñam, ñam, quédate en casa, gracias, etc.

También se recurre al victimismo retrospectivo (inventándose una epidemia de clitoridectomías en el siglo XIX para corregir la masturbación) o de trasposición cultural (las mutilaciones rituales africanas... ejecutadas por las madres). La autora nos cuenta que a lo largo de diez años ha entrevistado a centenares de mujeres y que sólo dos de ellas, ¡sólo dos!, no habían sido "sometidas a incesto de niñas o violadas de muchachas". En cambio, cuando las mujeres entran en el mundo lésbico, todo es un camino de rosas. Y ahí llegamos a la guinda del pastel. Porque también se nos cuenta la experiencia de una niña de 13 años que es seducida sexualmente por una mujer de 24 y se describen con todo lujo de detalles la experiencia sexual de una noche febril. Todo en esa experiencia es maravilloso, lejos del mundo masculino. La adulta seductora dice a la menor seducida: "Tu vagina, que ningún hombre ha tocado, huele tan bien, es tan limpia... ¡Ojalá pudieras conservarla siempre así!". Y cuando ya está un poco más satisfecha, enseñando a la menor a masturbarse: "Me dice que siempre debo saber darme placer a mí misma para así no tener que depender nunca de un hombre".  Y la conclusión final: "Ahora la gente dice que aquello fue una especie de violación. Yo sólo tenía trece años y ella veinticuatro. Bueno, les digo, pues si fue una violación, fue una buena violación".

(Eva Ensler, "Monólogos de la vagina", Emecé Editores, Editorial Planeta, Barcelona, 2004)   

[2006] 

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