Crónicas del Absurdistán

Territorio inmenso, porque, como dijo un sabio antiguo, no hay absurdo que no haya sido propugnado por algún filósofo (y abrazado con entusiasmo por algún político).

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El segundo sexo

(Simone de Beauvoir)

"Puesto que la opresión de la mujer tiene su causa en la voluntad [masculina] de perpetuar la familia y mantener intacto el patrimonio, la mujer se librará de esa dependencia absoluta en la medida que se libre de la familia; si la sociedad, negando la propiedad privada, rechaza la familia, la suerte de la mujer mejorará considerablemente." (Simone de Beauvoir)

El rasgo común que caracteriza a las ideólogas del feminismo es su manía de análisis monoscópico, su costumbre de escribir con un ojo tapado, su tendencia a ver únicamente la porción del escenario iluminada por el círculo de luz que ellas manejan, desconociendo sistemáticamente el resto de la realidad. Ese método de mirada selectiva es indispensable cuando los hechos y la naturaleza estorban y, sin embargo, hay que mantener a toda costa conclusiones preestablecidas. Una ideología tan insólita y desmesurada como el feminismo, que pretende explicar la historia de la humanidad, desde los orígenes de la civilización hasta nuestros días, como un proceso ininterrumpido de opresión de todos los hombres sobre todas las mujeres, por fuerza tiene que dejar en la oscuridad enormes porciones de la realidad histórica y social para que su argumentario conserve cierta coherencia. Engels dejó fuera de su ángulo de visión enormes trozos de la realidad para sacar adelante su teoría sobre los orígenes de la familia, y sus discípulas han aplicado sistemáticamente ese principio de exclusión en todas sus formulaciones. El método de análisis histórico y social del feminismo es la mirada monoscópica. 

La gran Biblia feminista es, sin duda, "El segundo sexo", publicado por Simone de Beauvoir en 1949. En ese libro se retoman las teorías de Engels y, sin abandonar su primitivo enfoque económico, se les da tanta amplitud y se las envuelve en tal ramaje de erudición, que las teóricas de los feminismos posteriores han encontrado prácticamente acabada su obra de cimentación ideológica y, en cierto modo, se han limitado a ser epígonas de la escritora francesa, alfa y omega del feminismo.  Sin embargo, el libro parece más destinado a vencer que a convencer, a aplastar al lector con erudición no siempre bien aquilatada y casi siempre sesgada, a brillar más por la intensidad de su propaganda que por su honradez intelectual. En todo caso, su publicación fue una manzana de la discordia innecesaria, porque el clamor sufragista llevaba varios decenios extinguido y la mujer hacía mucho tiempo que había emprendido el nuevo rumbo propiciado por la evolución de la economía moderna. La mal llamada "emancipación" de la mujer se habría producido igualmente sin el feminismo resucitado por Beauvoir (a buen seguro, la odontóloga "emancipada" que revisaba mi dentadura infantil en los años 50 no había oído nunca hablar de la autora francesa) y, de paso, sin sus demonios, es decir, sin sus manipulaciones políticas, sus discriminaciones "positivas", sus abusos judiciales, su postergación de la maternidad -en aras de la competitividad, el placer y la estética-, la gran miseria moral del aborto y, en última instancia, el peligro de extinción -moral y demográfica- de la cultura occidental en Europa.

Si Engels tenía ya poca excusa, a la luz de los conocimientos de su época, para distorsionar a su conveniencia la prehistoria de la humanidad, las explicaciones de Simone de Beauvoir sobre las relaciones entre los sexos en las comunidades primitivas alcanzan niveles de gratuidad escandalosos. Por ejemplo, cuando afirma:  "Es especialmente difícil hacerse una idea de la situación de la mujer en el período que precedió al de la agricultura. Ni siquiera se sabe si, en condiciones de vida tan diferentes a las actuales, la musculatura de la mujer y su aparato respiratorio estaban tan desarrollados como los del hombre".  Para salir de la duda, la autora no habría necesitado siquiera consultar a alguno de sus alumnos sobre los mecanismos elementales de la evolución de las especies; le habría bastado con observar, en cualquier escena cinematográfica, la musculatura y el ritmo respiratorio de los nietos o las nietas de las indias norteamericanas que, cien años antes, integraban las tribus paleolíticas de las Grandes Llanuras. Algo tan elemental no se podía escapar a una escritora tan culta. 

En realidad, todo su análisis histórico está lleno de gratuidades similares, así como de constantes idas y venidas a través de las épocas y las culturas. Hablando del "régimen matrilineal" de ciertas tribus primitivas nos indica que la presencia de una mujer al frente de una tribu (prehistórica) no significa que todas las mujeres sean soberanas y, para ratificar su aseveración con un ejemplo, da un salto de varios milenios en el tiempo y explica cómo Catalina de Rusia (siglo XVIII) no contribuyó en nada a mejorar la suerte de las campesinas rusas, tras lo cual vuelve a saltar por encima de su abismo cronológico para seguir hablando sobre la organización de la vida conyugal en los clanes y tribus prehistóricos. 

Casi nunca sabemos exactamente a qué lugar y época está refiriéndose, ya que los celtas se mezclan con los babilonios y los polinesios en una misma línea argumental consistente en repetir de cien maneras diferentes que las mujeres han sido siempre una simple moneda de cambio para los hombres, sin que uno llegue nunca a comprender muy bien cuál era el interés del padre en desprenderse de tal riqueza para entregársela al marido. Obstinada en reinventar la Prehistoria y en desconocer los ejemplos coetáneos, nos indica que el hombre neolítico y agrícola –situado en un peldaño cultural muy posterior al mencionado referente de las tribus norteamericanas- conoce "más o menos la utilidad del acto sexual" en la procreación y que "son los misteriosos efluvios que emanan del cuerpo femenino los que atraen a este mundo las riquezas ocultas en las fuentes misteriosas de la vida". Esta cotización de la mujer como talismán de fecundidad rural, capaz de multiplicar los granos de las espigas con sólo sentarse un rato en un mojón, es uno de los lugares comunes predilectos de nuestro tiempo, pero pretender que los neolíticos galos o iberos, o los paleolíticos sioux no sabían si los niños venían de París o los traía la cigüeña sólo puede ser ceguera deliberada. 

Fiel a la monomanía engeliana de hacer del paleolítico un paraíso comunitario y de situar en el neolítico, con sus nuevas formas de propiedad privada, la fuente de todos los males, Beauvoir nos enseña, sin el menor asomo de sonrojo, que "los instrumentos de la edad de la piedra no exigen un esfuerzo intenso, por lo que la economía y la mística coinciden en dejar en manos de la mujer el trabajo agrícola" y que, no siendo éste muy pesado, las mujeres son con frecuencia quienes "presiden los intercambios de mercancías: el comercio está entre sus manos". Si las hachas de piedra eran tan manejables, no entendemos la necesidad de inventar las de bronce y hierro, aunque tampoco cabe excluir que haya sido otra artimaña del patriarcado para sojuzgar a la mujer. 

Algo así parece subyacer en esta formulación de altos vuelos que encontramos unas páginas más adelante: "No basta con afirmar [como hizo Engels] que la invención del bronce y del hierro haya modificado profundamente el equilibrio de las fuerzas de producción y que, con ello, se haya hecho realidad la inferioridad de la mujer; esta inferioridad no basta para explicar la opresión que ha sufrido. Lo que le resultó nefasto fue que, al no convertirse en compañera de trabajo del obrero, quedó excluida del mitsein humano: que la mujer sea débil y de capacidad productora inferior no explica esa exclusión; es el hecho de que ella no compartiese su forma de pensar y de trabajar y de que permaneciese subordinada a los misterios de la vida lo que hizo que el hombre no reconociese en ella a su semejante".  Luego aparecieron las esclavas, y el hombre prefirió el trabajo de las esclavas "por ser más eficaz que el que podía desempeñar la esposa, por lo que ésta perdió su función económica".  Con lo cual Beauvoir, siempre empeñada en demonizar la propiedad privada, nos descubre que la mujer empeora de condición cuando pasa de cavadora y segadora a señora de la casa. 

Todas estas transformaciones ocurren "en los tiempos primitivos", "entre los nómadas", "según algunos historiadores", "en las hordas primitivas", "en los regímenes de transición, que son los más extendidos", etc. El lector tiene la sensación de que el advenimiento del patriarcado se produce en un limbo de arenas movedizas donde todos los espacios geográficos, las culturas y las épocas se hunden y reaparecen mezclados en un caos sin contornos ni límites.  Las afirmaciones más osadas se exponen con carácter general, haciéndose así extensivas a todas las épocas, a todas las culturas, a todos los rincones de todos los continentes, en una verdadera catarata de veredictos condenatorios inapelables.  "En el régimen estrictamente patriarcal –afirma Beauvoir imperturbable-, el padre puede condenar a muerte a sus hijos e hijas desde que nacen; pero en el caso de los primeros, la sociedad limita con más frecuencia su poder: a todo recién nacido varón de constitución normal se le permite sobrevivir; mientras que la costumbre de abandonar a las hijas estaba muy extendida; entre los árabes había infanticidios masivos; nada más nacer, las niñas eran arrojadas en fosos". ¿A qué régimen patriarcal se refiere, al "caudillista" de los germanos, donde se tenía por gran delito "dejar de engendrar y contentarse con cierto número de hijos o matar alguno de ellos", según nos cuenta Tácito, o al régimen "comunista" de Esparta, caro a la autora, donde los recién nacidos considerados poco fuertes eran arrojados desde el monte Taigeto, según relata Pausanias? ¿Qué árabes renegaban tanto de los preceptos del Islam como para arrojar a las niñas recién nacidas en fosos, y cómo se las arreglaba la generación siguiente para seguir reproduciéndose sin ellas? 

Tampoco sabemos exactamente dónde o cuándo ocurrían estas atrocidades que relata líneas más abajo: "Puesto que la mujer es su propiedad como una esclava, una bestia de carga o un objeto, es natural que el hombre pueda tener tantas esposas como desee; sólo las razones económicas limitan la poligamia". Pero un poco más adelante parece haber cambiado de opinión y nos brinda este prodigio de aritmética feminista: "El mantenimiento de un harén ha sido siempre una pesada carga; sólo el fastuoso Salomón, los sultanes de Las Mil y Una Noches, los reyes, los jefes, los ricos propietarios pueden darse el lujo de un vasto harén; el hombre medio se contentaba con tres o cuatro mujeres; el campesino apenas si poseía más de dos". 

En la reescritura de la historia que se hace en El segundo sexo, el victimismo feminista se da estrechamente la mano con las teorías de Marx y Engels.  Al igual que ellos, Simone de Beauvoir se inventa una "sociedad matrilineal" en la que "la propiedad comunal se transmite a través de las mujeres" y "se puede considerar que la tierra pertenece místicamente a las mujeres". La tribu paleolítica es el edén perdido de la mujer, "destronada por el advenimiento de la propiedad privada" y cuya historia "se confundirá, en lo sucesivo, con la historia de la herencia".  Como de costumbre, no se nos dice nada sobre el cuándo y el dónde de esa evolución. Del anatema se salva Esparta, prefiguración de un paraíso feminista y comunista descrito por S.B. como un "dos en uno" de propiedades milagrosas: 

"Puesto que la opresión de la mujer tiene su causa en la voluntad [masculina] de perpetuar la familia y mantener intacto el patrimonio, la mujer se librará de esa dependencia absoluta en la medida que se libre de la familia; si la sociedad, negando la propiedad privada, rechaza la familia, la suerte de la mujer mejorará considerablemente. Esparta, donde prevalecía un régimen comunitario, era la única ciudad en que la mujer gozaba de un trato casi igualitario con el hombre. Las hijas eran educadas como los hijos; la esposa no estaba confinada en el hogar del marido: éste sólo estaba autorizado a hacerle furtivas visitas nocturnas; y su mujer le pertenecía tan poco, que cualquier otro hombre podía reivindicar su derecho a unirse a ella: la noción misma de adulterio desaparece cuando desaparece la herencia; cuando todos los niños pertenecen colectivamente a toda la ciudad, las mujeres no están sujetas celosamente a un dueño: o dicho a la inversa, al no poseer bienes ni descendencia propios, el ciudadano tampoco posee a su mujer. Las mujeres sufren las servidumbres de la maternidad al igual que los hombres las de la guerra: pero, salvo el cumplimiento de ese deber cívico, ningún impedimento restringe su libertad". 

Es decir, los obstáculos a la felicidad femenina son la familia y la propiedad privada, emanaciones ambas del patriarcado. A falta de una tribu paleolítica en eterna trashumancia detrás de los búfalos, lo ideal es la vida espartana: los hombres sujetos a un servicio militar vitalicio (desde los 20 a los 60 años), alojados en barracones o ausentes en campaña, y beneficiarios de furtivas incursiones nocturnas en el lecho de sus esposas; y las mujeres, mientras tanto, holgando en sus casas, ya que una multitud de ilotas trabaja para ellas en régimen de esclavitud. Ése es el paraíso "comunista" y "feminista" ensalzado por Engels, Beauvoir y sus herederas.

En Esparta (o Lacedemonia), el Estado era el propietario de la tierra cultivable, distribuida en unos 10.000 lotes (de unas 20 hectáreas cada uno), que asignaba individualmente a cada uno de los 8.000 a 10.000 ciudadanos de pleno derecho que integraban la casta dominante (los denominados "iguales", que, a semejanza de los del Animal Farm de Orwell, eran más iguales que los demás). El cultivo de esos lotes de tierra era función de unos 120.000 ilotas, que debían entregar al dueño de cada lote la mitad de los productos obtenidos y estaban "fijados" a su lote correspondiente, como los siervos de la gleba medievales. En consecuencia, la función esencial de los 10.000 "iguales" (se ve que no puede haber comunismo sin "nomenklatura") era mantener sojuzgados a los 120.000 ilotas y reprimir cualquier insubordinación.

Mal que le pese a S.B., en ese supuesto régimen prefeminista, la mujer no era compañera ni ciudadana, sino simple ama de casa en el sentido más estricto y patriarcal de la palabra.  Todas las costumbres que distinguían a las espartanas de sus coetáneas de la Hélade (el ejercicio físico de las jóvenes, la exención de los trabajos manuales, encomendados a las esclavas, el espaciamiento de los encuentros sexuales con su marido, el matrimonio con hombres jóvenes) tenían una única finalidad: parir hijos robustos, capaces de perpetuar el poder de la casta superior, y así lo explican los autores antiguos. En cuanto a lo que Beauvoir considera libertad sexual de las espartanas, veamos si esa "libertad", tal como la describe Jenofonte, se ajusta a los cánones feministas:

"Sin embargo, podía darse el caso de que un hombre viejo tuviera una mujer joven; y observó [se refiere a Licurgo, el legislador espartano] que los viejos son muy celosos de sus mujeres. Para tales casos, instituyó un sistema totalmente distinto, obligando al viejo a introducir en su casa algún hombre al que admirase por sus cualidades físicas y morales, para que engendrase hijos. Por otra parte, el hombre que no desease cohabitar con una esposa, pero quisiese tener hijos de los que estar orgulloso, podía, según la ley, elegir una mujer que fuese madre de una familia saludable y de origen distinguido y, si obtenía el consentimiento del marido, engendrar hijos en ella." (Jenofonte, Constitución de los Lacedemonios, cap. I).

Es muy probable que las espartanas estuviesen satisfechas y orgullosas de sus funciones exclusivamente reproductoras y criadoras y, a buen seguro, no cambiarían su vida de amas de casa por los rigores castrenses de sus maridos, pero no creo que haya muchos ejemplos de sociedades en las que la condición de la mujer se distancie más del ideal feminista, por más que las feministas, siguiendo a ciegas a su maestra, hayan decidido adoptarlo como referencia histórica.

[2006]

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